martes, 27 de mayo de 2014

Etapa 46 (288) Cala Mastella-FORMENTERA-Es Cavall d'en Borràs

Etapa 46 (288) 18 de julio de 2011, lunes. Infausto día, ¡a ver si este año no me rompo nada!
Cala Mastella-Cala Llenya-Cala Nova-Platja des Canar-Cala Pada-Santa Eularia del Riu -Cala Llonga-Golf-Jesús-Eivissa-FORMENTERA-Es Cavall d’en Borràs.

Hoy, aborreciéndola, huiré de la isla de Ibiza, me cabrearé con caminos que parece que me van a llevar a algún sitio y por los que deberé retroceder por falta de continuidad y por una Santa Eularia recomendada de la que, horrorizado, también escaparé.

Amanecer en Cala Mastella
Me despierto a las 6:40 h y, como ayer no me gustó el fondo de piedras de la orilla, por la mañana, ni me baño. 

Saco foto del lugar junto a las hamacas, donde he dormido y también otra de la playa hacia la bocana de Cala Mastella. Aparentemente la entrada al agua es de arena, pero en cuanto te introduces un poco, la arena se convierte en piedras y no son cantos rodados amables. Recojo todo y continúo hacia el Sur. A las siete tomo la pastilla y ya estoy en marcha. 

 
Voy hacia el restaurante por el que pasé ayer cuando ya estaba cerrado y veo un camino que intuyo me puede llevar hacia la cala de los barcos, pero el camino se va complicando y me acaba metiendo entre fincas de propiedad privada. 
El pequeño puerto que no he visto pero sí los mástiles de algún velero, me hace pensar que también puede ser privado. Paso por piscina particular. 

 


Para salir hacia el mar me meto en terreno privado que me lleva a unas rocas. Desde allí saco foto de la costa que voy a tener que recorrer a continuación. El paso entre rocas me resulta difícil y tengo que volver al terreno privado. 

 

 Saco foto del cartel que pone Propiedad privado. Este cartel me hace pensar que no son nativos sus habitantes, sino extranjeros, ya que confunde el femenino de “propiedad” con el masculino de “privado”, aunque el propietario sea alemán, por poner un ejemplo. Es entonces cuando veo una valla que me lleva a otras rocas y, retrocediendo consigo, ¡por fin!, salir a camino que me llevara a la playa de Cala Llenya.
Cala Llenya
Por las rocas llego a un lugar en el que hay un Club que, a través de un callejón, me lleva a unas escaleras y éstas a un camino descendente que va por las rocas hacia una playa curiosa pues, la primera parte es de acantilado brusco que, con la marea alta casi se queda con toda la arena sumergida. Tiene luego un arenal, si no muy largo, al menos con la suficiente profundidad como para convertirla en una hermosa playa. 
 
Las hamacas de la primera parte están apiladas y bien arriba, para que no se las lleve el mar. Es así evidente que con la marea alta esta parte primera de la playa se queda sin arena seca. En la foto se ve claro el camino que me lleva hasta la arena. Bajo, dejo las mochilas junto a las hamacas, me desnudo y me doy el primer baño del día. Son las ocho de la mañana y el baño me sabe riquísimo, aunque se nadar sin tragar agua y no la bebo. 

El agua está clara y el fondo es de arena, aunque en zona más profunda se nota que hay rocas más grandes. Me seco paseando por la orilla mientras, en el espacio central, los empleados de la playa, colocan las hamacas y las sombrillas. Un corredor matinal que entrena con gran zancada pasa por delante de mí, sigue por el camino y asciende las escaleras por las que yo he bajado hace un rato. Una vez seco, me visto, cargo las mochilas y me voy hacia la siguiente cala. Primero paso por el lado Sur de la bocana de la cala en que estoy y saco foto de despedida de Cala Llenya, como recuerdo del rico baño, y para tener una perspectiva que complemente la de la primera foto de la llegada. En el tiempo que he estado, sobre un cuarto de hora, no hemos dado apenas tiempo a que baje la marea, aunque la bajamar ya se ha iniciado.

Cala Nova. De nuevo la posidonia
Doblando el cabo entro Cala Llenya y Cala Nova, saco una foto hacia ese Norte que ayer me pasé sin ver, por haber ido hacia el interior. Así se pueden ver, a lo lejos, el Cap Roig y la Illa de Tagomago, isla que ayer también fotografié desde lejos, desde la Cala de Sant Vicenç, pero hacia el Sur. Ayer fotografiaba la cara Norte de la isla y hoy su cara a Levante. 

Entre las dos calas de esta mañana, la costa baja de rocas se va a ir volviendo más abrupta y, en la cima, ya se empiezan a ver construcciones típicas de hostelería de veraneo, blancas y con terrazas. En el mar aparece ya la illa des Canar y otros islotes. El arbusto es bajo y amable y los árboles son de conífera, siendo la mayoría pino mediterráneo. El acantilado que había ido ascendiendo hasta la altura en que está enclavada la construcción que he comentado, vuelve a descender a medida de que me voy acercando a la siguiente playa de Cala Nova. 
 

En la segunda punta, saco foto hacia el sur, donde ya se ve parte de la playa de la cala a la que estoy llegando y, más a lo lejos, los altos y feos edificios de Es Canar, por donde luego pasaré. Menos mal que ayer no escuché la recomendación de que allí tendría sitios para pernoctar. Cuando consigo divisarla, saco otra foto de la playa de Cala Nova al completo. Como se ve, la marea alta la está dejando sin arena y, aunque está ya iniciada la bajamar, se nota poco el bajón. Luego sabremos el por qué. 
 
Un poco antes de entrar en Cala Nova, dos extranjeras duermen bajo un pino bajito. Cuando pasen por la playa les saludaré y les diré: “antes os he visto durmiendo,  no os he querido despertar”. Cuando ya estoy en la playa, compruebo que han arrancado la posidonia y la tienen acumulada bastante cerca de la orilla, en el rincón más al Norte. Sólo han dejado tres muñones en la orilla. Paro a un hombre y le transmito mi teoría sobre la función de la posidonia. 
 

Me dice que el que regenta el chiringuito que está detrás de la playa, pagó mucho para que le cedieran la concesión y el permiso de explotación y que, como esta alga no gusta a los turistas, él se ha encargado de quitarla. “La ley del dinero”, me dice y yo le respondo que puede ser “pan para hoy y hambre para mañana”. No creo que sea difícil conseguir las dos cosas, placer, belleza y utilidad, sin necesidad de quitar toda la posidonia de raíz. Quizás estaría bien oír voces expertas y hacer una reducción selectiva. ¿Qué negocio hará el del chiringuito si se quedan sin playa? Y no sólo el chiringuito, sino toda la urbanización de Cala Nova. Cuando estoy terminando de hablar con el hombre, pasan las dos bellas durmientes. El hombre se va y yo las alcanzo. “Se duerme bien en el pinar”, me dicen en el argot de extranjeras que conocen algo del idioma castellano, y se dirigen hacia Es Canar. Saco una foto de la playa de Cala Nova desde el extremo Sur. 
 
Como yo no la he conocido con posidonia, no sé si ya se pueden observar los estragos de tamaña fechoría, o se verán a más largo plazo. Sería conveniente conocer la situación actual de la playa, después de pasados tres años. Si alguien lo puede comunicar que lo indique al final de esta página. No vaya a ser que estemos haciendo ciencia-ficción.


Platja des Canar
Las extranjeras ya me han abandonado y yo continúo por la costa. Es siguiendo el paseo marítimo como voy acercándome a la playa des Canar. Me encuentro con un bombero que va con su chica y retomo el tema de la posidonia. Me apetece tener más opiniones sobre esta alga. Me habla de que desde hace años se produjo una plaga de posidonia, pero llegamos a un acuerdo: Los dos extremos son malos. 

Un exceso de posidonia aleja a los turistas, pero quitarla drásticamente nos deja sin playas. Habría que decidir hasta dónde quitar el alga, sin que se pierda la playa. Y, así, volvemos a los expertos. Desde la playa saco una foto con isla del Canar al fondo y unos islotes más que la acompañan.

Club Punta Arabi
Casi sin ver, sin mirar más bien, los rascacielos de Es Canar, arribo al Club Punta Arabi, pero al llegar aquí me meto por la carretera y no sigo por el acantilado. 
 

Hamacas orientadas al mar, en una playa sin veraneantes. Unos jóvenes van colocando en la orilla las velas que engarzarán a las tablas para hacer windsurf. Pero la realidad es que apenas hace viento favorable para este deporte. Sigo avanzando por la playa y, a lo lejos, empiezan a asomar ya las construcciones de Santa Eularia del Riu. Lo que en castellano se llamó siempre Santa Eulalia del Río. Poco a poco se van imponiendo los nombres en catalán, quizás habría que decir en balear, o matizando, en ibicenco de Eivissa. La costa la vuelvo a retomar en calas Martina y Pada.

Cala Martina
Cuando llego a esta cala, las hamacas están muy bien ordenaditas pero, si en la de Punta Arabi había poca gente en la playa, en ésta no hay nadie. Hacia la mitad de la playa, sale una pasarela que, por su estructura, parece que cumple la función de lugar de embarque.
 

Como no veo a nadie embarcando, tampoco puedo adivinar para montar en barcos de qué calado es esta pasarela. Cala Martina, aunque empieza con rocas y posidonia, luego es de arena fina y voy paseando por la orilla, pero no me apetece darme más baños, me gustaría llegar cuanto antes a algún sitio para desayunar.

Cala Pada
Avanzo hacia la siguiente cala que me viene a ofrecer un panorama similar al de Cala Martina. 
 
Hamacas ordenadas y sin gente. Saliendo ya hacia Santa Eularia, me encuentro con una extranjera que ha sacado a su perro a pasear, a dar su vuelta diaria, y caminamos juntos por la parte más vieja del pueblo. Me dice que la parte de casas viejas, lo que era más bonito y característico de Santa Eularia, las han tirado para construir hoteles. Como consecuencia, me dice, “Santa Eularia ahora es horrible”. Me quedo con esa copla.

Santa Eularia del Riu
Ya me he despedido de la extranjera que tan quejosa está de un lugar al que llegó con ilusión hace años y ahora desespera porque decidió venirse a vivir aquí y ya no le gusta. Primero paso por un entrante de mar que, al abrigo de las olas, sirve como puerto natural, donde se amarran embarcaciones de recreo. En el lado del Norte son rocas y posidonias las que predominan, en el lado Sur será un cañaveral. Las embarcaciones que se acercan al cañaveral serán las más difíciles para embarcar, salvo que el embarque se haga desde el agua. No sé si esto que llamo entrante de mar no es la salida del único río que hay en Eivissa, el ríu de Santa Eularia, pues el resto son torrenteras y, la mayoría, secas.  


Está claro que desemboca en esta ciudad, pero lo que no sé es dónde. Estaré atento. Sigo avanzando y desespero porque van a ser las diez de la mañana y aún no he encontrado un lugar para desayunar. No empiezo bien la semana. Desde un extremo de la bahía saco una foto hacia la Punta des Faralló, donde se encuentra el Hotel RIU de Santa Eularia. Unos operarios municipales están hablando sobre cárceles. Pregunto a uno que está algo apartado del grupo, por donde está lo más antiguo del lugar y me orienta. Me habla de dos iglesias en una loma y un museo pero, sin encontrar nada de lo que me ha dicho, poco después encuentro un sitio para desayunar.

Cafetería Isla Blanca
El lugar de desayuno elegido es Isla Blanca y hago un desayuno que me cuesta 8,30 €. Será un desayuno raro. Un vaso grande de leche con sobre descafeinado, que me lo bebo bien caliente, cinco alitas de pollo acompañadas de una copa de vino y, mientras escribo el diario, bebo dos tónicas. La segunda, la pago aparte 1,50 €. Hay un camarero, una camarera que atienden a clientes habituales y un extranjero que será con el único que hablo de mi viaje. Lo que más le sorprende son mi salud y mis ganas de hacerlo. 

Cuenta un chiste repetitivo y los camareros le ríen la gracia. Es un extranjero peculiar. Terminado de escribir el diario, salgo decidido a huir de Santa Eularia y con primer objetivo Cala Llonga que, en principio, tampoco me atrae nada. Pero todavía me queda buena parte de Santa Eularia por recorrer.

Puerto deportivo
Primero llego a la entrada del puerto, que fotografío. Se trata del puerto deportivo.
 
En la primera parte destaca la zona de pequeñas embarcaciones, pequeños yates. Los grandes yates se encuentran cerca del malecón de defensa del puerto y, al fondo, los altos mástiles de los veleros. Quizás, el más alto, se encuentra al inicio, en dique seco, como podréis comprobar en la primera foto. Luego, avanzando saco una segunda foto del mismo puerto, pero ya con los yates y veleros amarrados y bien ordenados, eso no quiere decir que los de la primera foto no lo estuvieran, si no, este puerto sería un caos. La apariencia de orden o de desorden la da la perspectiva.

Paseo marítimo y playa
Sobre las doce y media ya voy por el paseo marítimo, que me va llevando hacia una montaña, cuya ladera más próxima a la ciudad, ya se está cubriendo de casas, villas y mansiones que, por su lugar estratégico, es probable que ofrezcan unas magníficas vistas a sus moradores. 
 
El paseo es bonito, por ser costero, pero no tiene nada especial que destacar. Por fin llego a la playa que, aunque en la primera parte también está repleta la orilla de algas, tiene más zonas de arena que de posidonia. Bordeando la playa, continúa el paseo marítimo que me va llevando hacia la montaña de la que ya os he hablado hace un momento. 



Pero esa sensación que percibo en la distancia de que el paseo marítimo me va a llevar directamente al pie de la montaña, se verá desmentida por la realidad, ya que al finalizar la playa, llego a unas rocas y es entonces donde encuentro la bocana, la desembocadura del río Santa Eulalia. Es de más envergadura que el entrante de mar anterior que había visto con pequeñas embarcaciones al entrar en el pueblo.

Ríu de Santa Eularia
Por fin, he llegado a la desembocadura del río. Desde la bocana Norte del río saco foto hacia el margen derecho, donde hay playa con chiringuito, sombrillas, hamacas y hasta un coche que circula por ella. Ya siguiendo hacia la montaña que, luego, comenzaré a vadear, hay una bonita alameda de árboles, aunque casi seguro que son pinos y no álamos. La otra foto que saco es siguiendo esta misma arboleda y hasta donde la montaña se choca con el mar.
 
La suma de esas dos fotos, compondrían una sola que sería más explicativa del lugar, pero todavía no he aprendido a ensamblar haciendo coincidir una con otra. Voy por la margen izquierda del río hasta que llego a un puente que lo cruza. Lo paso y ya estoy al otro lado. Es desde este lado que un alto mástil sujeta por tirantes el puente que acabo de pasar. Lo podéis ver en la foto ilustrativa que os ofrezco. Una mujer garbosa hace de avanzadilla. Por su vestimenta, podría ser del Atlethi, o del Atlético. 


Me parece que la voy a seguir, pero me va a sacar mucha ventaja pues me paro en mitad del puente para sacar fotos del ríu de Santa Eularia, la primera hacia el interior, donde hay motoras amarradas a cada vera del río y otra hacia la desembocadura donde, en el primer tramo ocurre tres cuartos de lo mismo. En el margen izquierdo está muy justificado, puesto que el último tramo del izquierdo es de playa. 
 

Continúo por el paseo marítimo que, bordeando la montaña, que ahora ya sé que es el Puig de Pep (232 m), en el acantilado hay un chiringuito, donde la mujer de rojo y blanco va a visitar a alguien y, al parar, hablamos. Se ha metido en un terreno inadecuado, con poco borde para pasar. 

 



Llegamos a la explanada de acantilado, donde se ubica el chiringuito y a él nos acercamos hablando. Le estoy diciendo que me voy de la isla con una mala impresión, de la mala señalización de los caminos, de la desidia de los políticos y eso que lo peor aún me queda por pasar. A lo mejor es que ya estoy intuyendo lo que me viene. 

La situación económica no ayuda y ahí, aunque poco, algo pueden hacer. Pero sí debieran poner mayor empeño en la salvaguarda del paisaje común, defenderlo de las tropelías de algunos y de los capitalistas avariciosos. La mujer me desea suerte en lo que me queda del viaje y se queda con sus amigos del chiringuito. Ella es ibicenca. (Cuando esto escribo, ha arrancado el barco del atardecer y ni me molesto en mirar hacia atrás a la Eivissa que estoy abandonando. La bonita Ibiza amurallada).

De Santa Eularia del Ríu a Cala Llonga
Dicho adiós a la ibicenca y al chiringuito, el camino va muy bien por el acantilado. Fotografío una pequeña construcción de piedras del mismo color que la tierra que piso y que podría ser considerado una fita baja. Poco a poco, el acantilado va volviéndose más abrupto y se va poniendo precioso, aunque me va alejando del mar en altura. Llega un momento en que lo debo abandonar para coger senda. Pero previamente me he encontrado con una pareja. Ella es catalana y él francés al que, el primer día que llegaron, le dio dos latigazos una medusa. Le pegó con sus tentáculos en la frente y tiene dos marcas horizontales muy bien señaladas. Al pasar he fotografiado un pino con una enfermedad. Es como un cáncer que crece y crece, y cuelga de sus ramas. 



Ellos también se habían fijado en él al pasar. Tras dejar a la pareja, el camino se complica. A la señal roja que traía hasta ahora, se le añade otra blanca y verde que me lleva a confusión. ¡Cuando más necesito las señales! Cuando la pierdo, grito “¡mierda!”. Retrocedo, la vuelvo a encontrar y rectifico. Ahora voy por interior, entre pinos, apenas consigo ver a trechos el mar. Lo recupero cuando llego a una vaguada que no me va a quedar más remedio que bajar y volver a subir. Abajo veo una cueva y un camino que va hacia el mar pero, cuando llegue, me obliga a ir hacia el interior. 
 

Mi esperanza de continuar a Cala Llonga por el acantilado se empieza a esfumar. (Dejo el bolígrafo, porque el movimiento del barco, que me transporta hacia Formentera, no me permite escribir). Finalmente llego al camino que he visto desde arriba. En el suelo mucha púa de pino. Tengo tres opciones. Ir hacia el mar, pero vamos camino de las dos del mediodía y se está haciendo hora de comer. 2ª opción, trepar hacia arriba, hasta dar con otro camino que, al ser más elevado, pueda llevarme a Cala Llonga por arriba y la 3ª, que es por la que decido optar, es coger el camino hacia el interior y llegar por carretera a Cala Llonga. 


Cuando he llegado al camino, no aparece señal alguna. Otra vez falta en un momento vital. Cuando llevo un rato por ese camino suave ascendente, me topo con otro camino horizontal que va hacia el acantilado. Me atrae, me parece que ese puede ser el bueno, el definitivo. Y lo tomo y me lleva, sí, al borde del acantilado, pero allí muere ¡Otra vez mi gozo en un pozo! Trepo un poco más, entre rocas y tierra, hasta dar con otro camino paralelo y más alto, pero me ocurre lo mismo. El comportamiento de mis sandalias nuevas es bueno, aunque no sean tan apropiadas para trepar y pisar por roca como las Vibram. Ahora ando mejor con las nuevas que con las Vibram desgastadas que llevaba. Sólo debo tener cuidado al bajar para no resbalarme al pisar púa seca de pino. Saco fotos de arriba, hacia el mar. Una hacia delante, orientada a punta Roja, otra hacia atrás, orientada a punta Blanca. Roja o Blanca, como el vestuario de la ibicenca que he dejado en el chiringuito.


La tercera foto que saco es hacia el interior, tratando de ver, entre pinos, por donde me va a sacar el camino que me vuelve a llevar hacia enlace incierto. Este último camino horizontal me lleva a otro de tierra y piedra y, ¡por fin!, llego a una urbanización no cerrada. Justo arriba, en la carretera, un niñato con un HFL, para matar el silencio que no soportan los niñatos, pone esa música de chumpa-chumpa, que tanto deleita al caminante. Le digo: “no contamines el silencio de los sonidos del bosque”. Pero pone esa cara de bobo, como pensando: “¿qué me está diciendo este viejo?”. La bajada por carretera es muy pronunciada y me obliga a correr. Veo en la carretera un anuncio de restaurante y trato de buscarlo. Cuando llego al lugar, una casita, leo que lo abren a las 16:00 h. ¡Podían ponerlo en el anuncio! Tampoco puedo comer en otro. En el restaurante Valverde no tienen menú. Me voy tras oír un “lo siento” displicente de la dueña, como diciendo: “tú no encajas en la categoría de mi restaurante”. Cuando llego, sólo tienen una mesa con presuntos comensales que estudian la carta. Como la sigan estudiando mucho, a lo mejor se marchan sin comer. Yo, sin molestarme en mirarla, me voy.

Cala Llonga. Comida rápida
Siguiendo cuesta abajo, por fin, llego a Cala Llonga, me meto en un establecimiento que ofrece pizza, pasta y ensalada y pido espagueti boloñesa y ensalada mediterránea. “Tienes que esperar porque tenemos una mesa grande”, me dicen y la mesa grande resulta ser una para cuatro comensales. Finalmente, no es tanto lo que tardan en servirme. Quizá el tiempo sea excesivo si tenemos en cuenta que es un establecimiento de comida rápida. Me traen todo a la vez. Empiezo por la ensalada, así hago que se enfríe un poco la pasta, luego me centro en la boloñesa y acabo con la ensalada. Así parece que he comido ensalada, principio y postre. No dejo ni rastro y acompaño todo con dos latas de cerveza, una de Fanta limón, con lo que me hago dos Shandy y finalizo con un té verde. No admiten tarjeta Visa y tengo que pagar en metálico 18,20 €. 
 

Dos chavalillos extranjeros esperan que les pongan dos copas de helado con nata y sirope, para ellos y sus padres. Pasan más de 20 minutos esperando a que el parsimonioso camarero sudamericano les pueda atender. Ha venido el cocinero y de debajo de los recipientes de los helados ha sacado un gran paquete de croquetas congeladas.

Cala Llonga. Playa
Salgo hacia la playa, pero veo imposible hacer nudismo aquí. Subo por escaleras a las rocas, pero no reúnen las condiciones para baño. El acceso al agua es malo y tampoco hay buen sitio para quedarse. Llego a un pequeño malecón de madera, donde está pescando un chaval. Además del cartel prohibiendo allí el baño, la altura es considerable como para tirarme al agua y, sobre todo, para ascender del agua hasta el malecón. 
 
Salgo por la playa y, antes de abandonarla definitivamente, saco una foto con hamacas, sombrillas y el camino entablillado que conduce directamente hacia el alquiler de pedalos neumáticos acuáticos con tobogán. Es así como digo adiós a la playa de Cala Llonga. Nada más salir de la playa encuentro indicadores hacia Sol d’en Serra.

Sol d’en Serra
Acortando por el istmo que forma el Puig den Toni Maso (218 m.) pronto llego al mirador. Si hubiera tenido que bordear el puig a ras de mar, que no sé si es posible, habría tardado mucho más. 

 

Pronto me sitúo sobre el mirador y veo una terraza muy coqueta, con hamacas, la mayoría vacías, sombrillas, pocas, todo a propósito para encuentros amorosos. Ya en la playa se ve un We-corazón-Jonny (Todos/todas amamos a Jonny), hecho con piedras blancas que contrastan con la arena oscura, y otras manifestaciones de amor. Lo mismo ocurrirá en Córcega, en 2014, en la playa de Nonza. La montaña que está más al Sur es Roca Llisa y es por ese lado por donde bajo a la playa. El chiringuito y la terraza ni siquiera los piso. 


La poca gente que está en las hamacas está tirada displicentemente en actitud muelle y acompañada de bebidas. Todavía arriba, encuentro dos bicicletas de trotamundos y, al asomarme al acantilado, veo a sus dos ocupantes tumbados entre sabinas. Son belgas y están dando la vuelta a la isla. Ya en el acantilado, en playa de piedras, voy avanzando, en realidad retrocediendo, hacia Cala Llonga, hacia el Cap Llibrell y, cuando llego a una roca que me va a facilitar la entrada al agua, me desnudo y me meto en el agua. El baño no es demasiado placentero por la incomodidad del fondo de piedras pero, al menos, me refresca. Aunque alguno se asoma a la terraza, nadie baja del chiringuito a imitarme. Me seco tumbado al sol. Me visto y desando el camino, ahora ascendente. Los belgas ya han desaparecido.

Roca Llisa. Perdido en el Golf
Salgo a camino que, por interior, me va llevando hacia una urbanización y a sus campos de golf. Durante un buen rato voy paralelo al green verde precioso y al recorrido por los hoyos con banderín, para que los vea un ciego. Me resisto a entrar en la urbanización, pues mi experiencia me demuestra que es fácil entrar pero suele ser dificultoso salir, y yo necesito avanzar hacia la capital de la isla. Estoy decidido a marcharme hoy mismo, si puedo, de Eivissa. Como todos los accesos están cerrados, acabo entrando a la urbanización, que está pensada como punto de atracción para las vacaciones de los amantes de este deporte, un deporte de habilidad y destreza, más que fuerza, que trata de pegar con el palito a la bolita y meterla, con el mínimo de golpes, en el agujerito. En realidad, lo que de más saludable tiene este deporte es que obliga a dar unos cuantos paseos por el verde de los distintos hoyos, sin dañar la hierba. A veces este tanto caminar deja bien fatigados a corazones que, normalmente, están acostumbrados a una vida sedentaria. Yo, para hacer lo mismo que ellos, caminar, no necesito ni palito, ni bolita. Ya estoy dentro de la urbanización y estoy tratando de continuar, pero me meto entre unas casas y cojo un camino que me lleva a una nueva barrera. Cuando me doy contra una reja, compruebo que mi decisión ha sido errónea, grito “¡mierda!” y regreso. Cuando estoy en el dilema de querer salir, llega una taxista que acaba de llegar para trasladar a un cliente, que todavía no ha salido de ninguna casa. Le digo: “¿Me puedes decir cómo salir de esta puta mierda?” y pongo tono de enfado y de complicidad. Ella reacciona bien. Cuando la taxista me está dando instrucciones para salir hacia Ibiza, ha salido la clienta de una casa y se impacienta. Agradezco a la conductora del taxi su información, monta su clienta y se van. 
 

Tengo el humor de sacar foto a una bonita buganvilla que aflora de un patio privado por encima de sus tapias. Todavía en el entorno, dos empleados municipales me ayudan y me informan que me quedan 8 km para llegar a Eivissa. Uno de los empleados, me quiere evitar la carretera sin nada de arcén por la que estoy caminando y me invita a hacer un recorrido campo a través con caminos alternativos más bonitos pero yo ya estoy resquemado y no me arriesgo a nuevas aventuras. Tras hacer un recorrido por carretera con muros laterales que no permiten que me desvíe un ápice, llego a las barreras de control de entrada en la urbe. Un guarda vigila y no tengo ningún problema para seguir por la carretera. ¡Salir, salir! Es mi único objetivo del momento. Si no hubiera estado tan a deseo de salir, algo le habría dicho al guardabarreras. Pero, cuando paso, ya ni tengo ganas. He visto señalizaciones que, si hubiese hecho plan de quedarme esta noche, habría ido a curiosear, pero no es el caso y me olvido de las dos direcciones de calas: Olivera y Espart. Estas dos calas están en el entorno costero del golf y de la urbanización Cala Llisa que, con tantas ganas, acabo de abandonar. He estado media hora en la prisión.

Un recorrido feo por carretera de interior
Una vez fuera de la cárcel urbana, decido ir seguro por carretera que me va llevando cada vez más alejado de la costa y me olvido desde ya del Cap Martinet. Enseguida paso por un lugar de tratamiento de residuos no peligrosos, como pone en el cartel, se trata del Abocador de ca na Putxa. No serán peligrosos, pero el olor que se respira en este entorno, es muy desagradable. Un aliciente más para escapar a paso ligero por carretera sin arcén. 


Saco una foto bajando del Puig d’En Salleres y, muy a lo lejos todavía, se ve algo de la ciudad de Ibiza. Por el borde de la carretera veo manzanitas inmaduras, que no cojo. Son las seis de la tarde cuando paso a la altura de una cantera. 



Se ve muy bien en la foto el hueco horadado a la montaña, de donde extraen el material para construcción. No sé si lo que extraen es grava o cemento. La zona de tratamiento y de obtención final del producto está más abajo, en una plataforma inferior bajo la cantera. Allí se observan silos elevados y grandes hormigoneras. Me alegro de pasar lejos de allí, porque normalmente cerca de estas canteras van carreteras por las que circulan vehículos pesados, ruidosos y que lanzan residuos polvorientos.


Jesús
Después de tantas poblaciones con nombres de santas y santos, llega el jefe, el que faltaba, Jesús. Jesús es un pueblecito, quizás un barrio, previo a Platja Talamanca. Paro a tomar una caña en el bar Bon Lloc (1,60 €). Antes de entrar en el bar ya ha aparecido la acera pero no va a dejar de sur un espejismo pues, al salir de Jesús, la acera volverá a desaparecer. Desde Jesús, todavía con algo de acera, saco foto en la distancia de la ciudadela amurallada de la capital. Además las cosas se complican y la carretera ofrece un gran atasco, probablemente sea debido a que todos quieren volver a la misma hora a la capital, tras un lunes en las playas, aunque no haya hecho una jornada demasiado brillante.

Lenta entrada a Eivissa
Cuando la carretera se acerca a Platja Talamanca y a Puig d’En Valls, ni me entero. Voy la mar de entretenido. Al ir a pie, tengo la ventaja de que voy adelantando a todos los vehículos. ¡Qué envidia pasan algunos conductores!, ¡qué a gusto abandonarían sus vehículos en medio de la carretera y se vendrían conmigo! A un conductor con coche matrícula LO le digo “voy a llegar antes que tú a La Rioja.” Tendremos una conversación entrecortada en sus avances y paradas, hasta que él se queda definitivamente atrás. No va sólo y les voy contando mi viaje y los días que he estado en cada isla, pues Ibiza ya la doy como finalizada. Llegué a mediodía del 10 y no dormiré hoy, 18 de julio, en la isla; ocho días y unas horas más. Una vez dentro de la ciudad, al pasarme los del coche riojano, con circulación más diáfana, me saludan con el claxon.

Regreso a Eivissa-Ibiza capital
Pregunto a un chico la forma más sencilla para llegar al puerto y me parece que me ha orientado bien. Llego a las taquillas de Eurolíneas Marítimas, para montar en la nave. Me dicen que allí sólo puedo coger billete para ir a Formentera pero, antes de decidir si sacar ida o ida y vuelta, debo resolver desde dónde voy a regresar a la península, si desde Formentera o desde Ibiza. No tengo información suficiente, ya que no sé precios, para tomar la decisión. Allí no me ofrecen los precios ni los horarios de Balearia. Como ya sé dónde está Balearia, puesto que el barco atracó en un lugar cercano al puerto, donde comí al llegar, me dirijo hacia allí. Me dicen que ellos me pueden hacer el billete para el día que quiera, pero siempre que vaya a Valencia. Si quiero ir a Denia, el billete lo tengo que sacar desde Formentera. Son muchas las variables que inciden en esta toma de decisiones. Todavía no tengo claro si al finalizar el viaje visitaré a Arturo en Castelló. Me faltan los precios de los billetes y aquí no me pueden (o no quieren) decir el precio del tramo Formentera-Denia, aunque son de la misma compañía. 
 

Me voy aborreciendo Ibiza, y no me gustaría tener que volver, así que tomo la decisión más acorde a mi nivel de conocimientos de este momento. Por si acaso, cojo horarios de transbordador a Valencia, pero los voy olvidando según voy regresando a la estación portuaria primera, donde solo venden billetes para Formentera. Luego resulta que sí los venden. Ya tengo ahora claro que sólo quiero billete de ida. Aunque todavía tengo margen para el barco de las ocho, prefiero coger para el de las 8:30 h y, si por algún casual me fallara, podría aún coger, con el mismo billete, el de las 9:30 h. Una vez el billete en mi mano, me dan un gran disgusto. El precio del billete Formentera-Denia es de 118,40 € y junto al tramo de Formentera, pago con Visa 136,40 €. Coger ya los dos billetes me ha obligado a decidir que sólo voy a estar tres días en Formentera. A toro pasado, un día o dos más, no me habrían venido nada mal. Lo peor de este viaje a Denia es que el barco sale muy tarde lo que me obligará a llegar a la ciudad alicantina de madrugada. Menos mal que estamos en verano. “¿Daré con el hostal que conocí en verano de 2009?”, pienso.

Es Port des Mariner
Ya con todo el programa de ida a Formentera y de regreso a Denia que, hasta hace unos minutos estaba en el aire, como un elemento más de la bonita incertidumbre de mi viaje, de repente todo ha quedado resuelto. Aunque voy algo disgustado por el alto precio pagado, también me voy a gusto y contento por dejar Ibiza. No tendré que volver aquí. Ya con los billetes, voy en busca del restaurante donde comí al llegar y a contarle algo de mis aventuras por la isla a la mujer que me sirvió la comida. Se trata, como sabéis, de Es Port des Mariner (El Puerto del Marinero). Me cuesta encontrarlo, pero doy con él. “Ella no está”, me dice otro encargado, al que ahora le toca el turno, “no llegará hasta dentro de media hora”. Esa es la hora en que sale mi barco, el Maverick. Digo al camarero que le dé recuerdos de mi parte, que comí allí el día 10, que ya he dado la vuelta a la isla y que luego cojo el barco para Formentera.

A Formentera en el Maverick
Cuando llego a la estación marítima, ya está amarrado el barco y con la pasarela puesta lista para que embarquemos. Llego comiendo un trozo de pizza que he comprado en el frontal (3 €) y ahora me bebo la caña de cerveza más cara de todo Ibiza (3 €), en la estación. Se han pasado tres islas. Subo al barco y asciendo al piso de arriba y me pongo en un rincón. Última fila, con ventana, al lado izquierdo. Así no veré el lado Este, el que recorrí el primer día y a la mañana siguiente: 1ª Torre, Dén Bossa, 2ª Torre, Cavallet… Según se va alejando el Maverick, despedida de Ibiza extra e intramuros, la zona portuaria, donde queda sin soltar amarras un Balearia.  Tras pasar la isla fantástica de Es Vedra, se verá algo de la puesta de sol. Luego pasamos las illas de s’Espardell y de s’Espalmador, atracamos en la última isla del Sur de las Baleares, Formentera, donde ya ha oscureciendo. No merece la pena sacar ninguna foto según me voy acercando.


F O R M E N T E R A



Anochecer en Formentera
Llega el Maverick y atraca en el puerto. Ya estoy en Formentera, en la isla grande, la que acoge a la capital, Sant Francesc Xavier. Aunque sea el nombre de mi petrono, seguimos con nombres de santos. El primero que baja es un padre con niño dormido.

El Port de la Savina
En el propio puerto de desembarco, busco un bar para tomar un vaso de leche con Nesquik. Es el Hostal Bahía (1,80 €). Saliendo del puerto hacia la platja es Cavall d’en Borràs, me encuentro a un chico. Va algo bebido y va recitando el mismo discurso repetitivo que apenas entiendo. Sin embargo, al preguntarle me orienta bien hacia el camino que me acaba llevando hacia las playas de arena que a estas horas me interesan más para dormir alejado del puerto. “Tienes que pasar la primera casa”, me dice “y sales del puerto por la cuesta final”. El joven se queda atrás y saludo a un hombre con aspecto de clochard, como si fuera uno de los últimos hippies que abordaron la isla en los años sesenta, cuando surgió el movimiento que fomentaba el amor libre, la libertad para fumar cannabis, la práctica del nudismo y el regreso a la naturaleza. Muchos fueron niñatos de papá que sabían que cuando quisieran volver tenían la casa del padre abierta para recibirlos de nuevo. Algunos papás fomentaron la experiencia para que sus hijos gozaran de la apariencia de libertad que el movimiento ofrecía y que ellos, con dos guerras mundiales, no habían podido tener la oportunidad de experimentar. Tiempo tendrían de volver al cauce, al trabajo a que estaban predestinados. Pero el cannabis afecta a la mente y, muchos de ellos, quedaron condenados y confinados para siempre a ser perpetuos marginales. No sé qué pasaría con los niños que tuvieron aquí o que trajeron consigo. ¿Comerían bizcocho o magdalenas con cannabis? Como no voy a sacar nada en claro del movimiento hippy y me da la impresión de que este hombre busca, como yo, otro sitio para dormir al aire libre, me olvido de él y que cada cual busque el que más le apetezca y convenga. Muchos de los hippies que llegaron a Ibiza, después se refugiaron en Formentera, una isla más virgen que la primera.

Es Cavall d’en Borràs
Paso el primer restaurante y me dirijo por camino hacia la playa. Regresa de ella un grupo de cuatro chicos que me dicen: “Si vas a ir por el paso a la isla del Espalmador, aprovecha que el agua llega hasta el pecho”. Al desviarme, paso a zona de arena. Una pareja no acaba de despedirse. Cuando el chico pasa a mi lado, se queja de lo que estaba tardando ella en dejarle tranquilo. Me pongo al lado de un cajón donde, los que hacen la limpieza de playa y montan hamacas y sombrillas, guardan los objetos que necesitan para hacer bien su trabajo. Los utilizan todos los días. Es cuestión de que mañana lo deje libre. Aunque el último chico, cuya chica se ha ido en una dirección y él en otra, me ha dicho que con viento no hay mosquitos yo, por si acaso, me embadurno de repelente. No en vano la playa está muy próxima al estany Pudent, muy propicio, por sus aguas semiestancadas, a la proliferación de mosquitos picones. Me quedaré sin ver el Sepulcro megalítico. También me doy masaje de Aloe-Vera en los pies, pues hoy he andado un porrón de kilómetros en Ibiza. Ya preparada la cama, me meto en el saco. Si hubiese llegado antes, me habría dado un baño. Ya tumbado, localizo la Osa Mayor. La luna no saldrá hasta medianoche. Entre la caña en Ibiza y el vaso de leche en el puerto de la Savina, me tengo que levantar dos veces a orinar. No hay apenas humedad y se levanta un poco de viento.

Balance de un día que amanezco en Ibiza y duermo en Formentera
Lo más destacado del día ha sido la huída de la isla ibicenca. La primera parte del día, entre el lugar de dormida en Cala Mastella y la despedida de la mujer de rojo y blanco tras pasar el puente sobre el río Santa Eularia, ha ido bastante bien. Desayuno raro incluido. Los caminos inconclusos antes de llegar a Cala Llonga y el golf de cuya urbanización no había manera de salir, me ha animado a abandonar la isla con mayor rapidez. Sin encuentros brillantes, puede ser un día como para olvidar. Para colmo el precio de pasaje a Denia me ha parecido desorbitado. No guarda ninguna relación con lo que pagué entre Barcelona y Ciutadella, donde el recorrido fue mucho más largo y donde la hora de llegada era más racional. Una buena hora para desayunar. Buen final de 18 de julio para olvidar. La primera dormida en Formentera, quizás sea lo mejor del día y preludio de los bonitos tres días que voy a pasar en esta isla.


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