lunes, 5 de mayo de 2014

Etapa 34 (276) Cap Gros-Cúber

Etapa 34 (276) 06 de julio de 2011, miércoles.
Cap Gros-Port de Sóller-(Sa Calobra)-Port de Sóller-Sóller-Mirador de Ses Barques- Cúber.


Vivir es un riesgo. El que no se arriesga no vive. ¡Arriésgate a vivir!

Far de Cap Gros. Amanecer en el refugi de La Muleta
A las 6:30 h me levanto y bajo al piso intermedio para darme una ducha fría con jabón líquido de manos. Cuando me voy a afeitar, la mallorquina vecina ya se ha levantado. Lleva demasiada mochila, con ropa innecesaria. 
 

Bajo y me pongo en una mesa del rincón y, tras tomar la pastilla, retomo el diario para tratar de terminar el día de ayer. Termino de beber el último Acuarius. Algún pedito aéreo es buena señal para pensar que la descomposición ha remitido pero, por si acaso, no como nada. Tengo el York y el queso de ayer en la reserva. Llevo dos días de grandes caminadas y, de seguir así, en dos días más voy a llegar a Pollença. La recomendación de hacer tranquilo y disfrutando el recorrido por la Serra de Tramuntana, no la voy a cumplir. Se confirma que soy hombre de costa y no de montaña. Hoy, si puedo llevar a cabo el plan de visitar Sa Calobra, parece que puede ser un día tranquilo, pero ya se verá. Tal como va mi itinerario, trataré de visitar el Monasteri de Lluc, pero no será hoy. Me van a asignar un barco tardío. Me ofrecían para mañana un barco más tempranero, pero no me conviene estar aquí más tiempo y menos dormir otra noche más con el faro metido en mi cama. Saco una foto del albergue o refugi, donde la segunda planta la ocupa el gran dormitorio general para todos, mujeres y hombres. En primer término está la mesa que he elegido para mi escritura matutina del diario, donde aparece el mismo, la visera volada y recuperada del agua en mi visita al archipiélago de Cabrera, la funda de mis gafas, para compensar mi presbicia y que sólo me acompañarán un año más, y lo que me queda del último Acuarius. 
 

A la vez, saco foto del faro del Cap de Gros que tanto me ha molestado, sobre todo en las primeras horas de la noche. Amanece por la derecha, puesto que este Oeste de la isla, que se va escorando hacia el Este, empieza a tener ya visos de Norte. Cuando a mediodía esté ya en Sa Calobra, prácticamente estaré a la misma altura de paralelo que cuando inicié en Alcúdia la vuelta a la isla. Todo lo que comienza acaba donde empezó, y esto se confirma en una vuelta costera por una isla. Me quedan cuatro días para llegar a Alcúdia.


Escribiendo el diario
Cuando aparece el hombre de recepción, le digo que he bajado temprano para escribir el diario y no pone ningún inconveniente en que continúen en la mesa que he elegido. No quiero ser rencoroso, pero tampoco quiero mostrarle confianza ni contarle nada de mi viaje. Mientras he estado escribiendo sin nadie más en la terraza, han ido apareciendo, primero una cabra y luego unos cabritillos. Dejo de escribir para observarlos cuando han aparecido y cómo se han marchado. También he dicho adiós a mi compañera vecina de cama y de experiencia mochilera. Me voy a ir sin decir nada al de recepción pero sale y quiere ser amable. Le empiezo a relatar mi experiencia en el hotel RIU de Domingos Petite y sin dejarme terminar, ya adivina que me invitaron a cenar. Él también me dice que sufre el faro, que le da en el lucero y que no le deja dormir en toda la noche. ¿Quién pudo tomar la decisión de poner un refugio aquí? Me despido del recepcionista, cargo con mis mochilas y me voy.

Port de Sóller desde la altura
La bajada al puerto desde el faro es rápida ¡Si hubiese sabido ayer! Hay varias curvas que suponen una forma grata de ir acercándome paulatinamente al puerto. Saco foto del faro que, a pesar de los pesares, me gusta. Ahora está bien asoleado, no casi en penumbra como lo he visto a las siete de esta mañana. 

 









En una de las primeras curvas que bajan del faro, saco fotos con tres visiones del puerto de Sóller, que también contiene una playa que comienza muy estrecha y. poco a poco, va ganando en profundidad. 
 

Al fondo, potente, se enseñorea la Serra de Tramuntana. Otra foto la dirijo hacia la bocana del puerto, donde, en penumbra, puesto que es la parte donde todavía no puede pegar el sol, se aprecia el faro menor del otro lado. 
 


A esa zona no me acercaré en mi deambular por el puerto a la espera del barco que me va a llevar a sa Calobra. Más hacia el mar, asoma Punta Llarga, por la que luego pasaré en el barco. En la última, ya sacada de otra curva de más abajo, también se dirige a la bocana, pero ahora, al otro lado, el faro ya es más visible, ya recibe los primeros rayos solares, pues el astro rey ha superado la montaña. Un hermoso velero sin velas al viento está entrando al puerto. Una vez que ya os he dado una visión de conjunto del port de Sóller, bajo a ras de mar.

Daniel, bonaerense, y el cáncer de su mamá
Enseguida llego a una playa, donde ya son las nueve de la mañana. Me habría apetecido el baño pero, después de la ducha fría con la que me he quedado tan a gusto, puedo prescindir de él y prefiero hablar con Daniel, de Buenos Aires. Empezamos la mañana compartiendo experiencias de vida. Lleva ya dos años viviendo aquí. Está contento con el trabajo que tiene. Hace de jardinero y de carpintero. Se vino de Argentina para desconectar y encontrarse consigo mismo. Su mamá tuvo un cáncer y falleció. 
 
La primera parte de la enfermedad, que le duró cinco años, todo se desarrolló con normalidad, bastante bien; la intervención, la quimioterapia (con la que no perdió pelo), todo iba perfecto. Él podía seguir estudiando y atendiéndola. Tenía su chica (su novia). Pero el cáncer se ramificó, (parece que “ramificó” es la palabra criolla para lo que aquí llamamos metástasis), tuvo que dejar los estudios y dedicarse en cuerpo y alma a su mamá. 
 

Dejó de estudiar, se puso a trabajar para costear los gastos de medicinas y otros derivados de la enfermedad y su chica no le aguantó. La madre falleció. Tenía una amiga en Sóller y le dijo que se venía. Llegó a Valencia y pasó a Mallorca. Aquí la amiga le quiere, tiene trabajo y está feliz. Es un encanto este Daniel. Se merece que la vida le sonría. 
 
Lo que tuvo que hacer en Argentina por su madre ya lo hizo. Ahora le toca vivir a él. Parece que ya se ha encontrado a sí mismo. Está tratando de conseguir de Argentina los papeles de los estudios realizados, para convalidarlos aquí y ponerse a estudiar. Le digo que yo lo hice a los 35 años, debido a mi insatisfacción laboral. “¡Así que es posible!”, le digo. Le acompaño hasta el lugar donde le van a coger en coche para acercarlo al lugar de trabajo. Cuando llega el coche, nos abrazamos y despedimos. Le doy mi viajedejavi y “¡Suerte con todo!”, le digo, y se va. Ha sido un bonito encuentro para empezar la mañana y ver el día con optimismo.

Playas de Sóller
La playa no es muy ancha, pero da su juego. Dos hileras de parasoles de vegetales secos, con sus correspondientes hamacas, son ocupadas por los veraneantes. Todavía es temprano y quedan muchos huecos libres. Ya hay bañistas, aunque pocos. Aún tengo que dar un rodeo para llegar al puerto. Paso por una playa de cemento y llego a otra de piedrilla. Ambas están vacías, salvo un pato que va feliz con todo el espacio para él. Al otro lado, en el puerto, se ven muchos veleros con altos mástiles. Un pequeño espigón, que no creo cumpla funciones de embarcadero, está muy descuidado. Se ve que los embates del mar han cuarteado el cemento de la base y no tienen intención de recomponerlo. Tres bancos invitan al descanso y a la contemplación. En esta mañana, uno de los asientos es para una gaviota nada contemplativa. A la derecha del espigón, se forma otra pequeña playita de cemento, que también puede cumplir la función de meter al mar alguna embarcación neumática o de menor calado. Todas estas playas, de arena, cemento o piedras, tienen en común con el puerto que todos comparten algo en común, y es la bocana de salida al mar. 
 
Cuando llego por el paseo a la frontal de la bocana, saco otra foto que contemple los dos faros. Arriba, en lo alto del lado Sur, está el de La Muleta y hacia el Norte el del Port de Sóller que, desde arriba, me ha parecido menor de lo que es. Cerca del faro hay un aparente castillo circular, con torreón que parece central. Continúo por el paseo marítimo y me meto en un bar sin saber que es el de un hotel. Las camareras hablan de otra mujer que a los cuarenta años ha tenido un hijo pero, aunque inicio la conversación arrancando con el mismo tema, una de ellas no está dispuesta a compartir conmigo lo que ella piensa de la madre tardía. Ella está sólo para servir al cliente y yo para ser servido. ¿Queda claro? “Acuarios”, pido, y la camarera cuestiona “¿naranja o limón?”. Como los que tomé ayer eran de naranja, hoy pido: “limón”. Me saca un botellín de cristal, pido un vaso y me dice: “pero no se lo puede llevar”. “No. Me lo tomaré aquí”. “No tengo de plástico”. “Mejor, prefiero de cristal”. 
 

No entiendo nada tanta sequedad, pero me adapto. “¿Quieres hielo?” y mi respuesta es negativa. Cuando acabo de beberlo, me voy. Al salir. Está abriendo una sombrilla en la terraza, le digo “adeu” y responde. He pagado 2,40 €. Ni tomo nota del nombre del hotel. Por el paseo marítimo, casi llegando al puerto, me supera el trenecillo que hace el recorrido Sóller-Port-Sóller y que también, como yo, se dirige hacia el puerto. Esta vez sí estoy atento para fotografiarlo. El último vagón va vacío, pero a lo mejor ya ha bajado la gente que ha venido a la playa.

Port de Sóller. Billete de barco. Oficina Turismo. Farmacia. Albatros
Entre las 9:30 h en que llego y las 11:00, hora en que embarcaré, estaré tranquilo disfrutando del puerto. (Ahora escribo en la terraza del Albatros). Compro, en un supermercado Fran, dos Acuarius de limón (4,20 €) y ya he bebido uno. He llegado al puerto y veo un trenecillo parado, al que están enganchando un tercer vagón. Pregunto al enganchador por el tren Sóller-Palma y me dice horarios de memoria 9:10/10:50/12:15/14:00/18:30. Sería mi alternativa para cuando acabe de recorrer la isla y, en lugar de hacer en autobús Alcúdia-Palma, podría hacer Alcúdia-Soller, en bus, que no sé si es factible, y Sóller-Palma en el tren. Bueno, al menos, ya tengo el dato y obraré en consecuencia. Me acerco a la taquilla para sacar billete de barco para sa Calobra. Elijo el primero que me ofrece y que sale a las 11:00 h con horario de regreso a las 15:20 horas. La taquillera es muy amable, me orienta, y yo elijo. No hay alternativa de otras compañías. Pago 23 € y no puedo hacerlo con Visa. Me informa de dónde está la Oficina de Turismo, y allí, otra mujer, me orienta para ir a Cala Tuent, cuando regrese por la tarde. El mapa que tiene sobre la mesa no me lo puede dar, cuesta un euro y no me apetece pagar. Me ofrece otro más sencillo, gratuito y que creo me servirá con las anotaciones que me ha hecho en el mismo. 

En la farmacia, la farmacéutica, me pincha la ampolla del dedo con una aguja aséptica, que ha desprendido de algo mal envuelto. Voy al Albatros y pido una menta poleo por la que pago 1,65 €. Como no quiero tomar nada sólido esta mañana, al menos, quiero meter algo caliente al cuerpo. Faltando diez minutos para la salida del barco, recojo todo lo de la mesa, cargo con mis mochilas y me voy del Albatros.

Barco a Sa Calobra. María
He puesto en mi itinerario del inicio de la jornada Sa Calobra entre paréntesis, para que se vea claro que allí no voy andando, sino en barco pero, como regresaré a Sóller, mañana sí caminaré a pie por la carretera que corresponde a Sa Calobra y el Torrent de Pareis y que pasa por Escorca. 

De lo que se trata es de no hacer trampas y que vosotros no penséis que las hago. Lo que sí es evidente es lo relativo a “por la costa” pues, realmente, hay gran parte de la costa que no la recorro, bien porque no se puede hacer, porque se puede pero con mucha dificultad o porque no me apetece hacerlo en ese momento y, en otro momento que pudiera hacerlo, no me apetece retroceder. Dicho esto, subamos al barco. Cuando estoy haciendo cola, hablo con las personas que me tocan a mi lado pero, cuando empezamos a entrar en el barco, me aparto para sacar una foto a los pasajeros que suben al N. Cala Tuent, que será el barco que nos va a llevar a Sa Calobra. Una vez montado en el Cala Tuent, acomodado en mi sitio, sin que todos los pasajeros estén en sus asientos y antes de que zarpemos del puerto de Sóller, saco esta foto de damas con sombrero de paja. 


Puntuales, salimos hacia nuestro destino. En pocos minutos enfilamos hacia la bocana, desde donde puedo ver más de cerca la doble torre circular y el faro del puerto de Sóller. Los edificios aledaños corresponden a la Zona Militar de la Armada. He cogido sitio en el lado derecho de cubierta, descubierta, y tengo por compañera de asiento a María, que va acompañada de su amiga Katy. 
 

Antes solía ir con el Imserso, con una cuñada o una prima, no recuerdo bien, pero como la amiga se quedó ciega, ya no va con nadie, y sola no le apetece ir. Pasamos por Punta Llarga, un alto farallón, pero muy inferior a los que nos esperan. 

 

 



 Pasamos s’Illeta y bonitos farallones de rocas muy labradas por la erosión y la climatología. 






Algunos 
muestran unas cuevas en sus paredes y todas tienen su encanto. En el folleto que me han dado en taquilla, aparece por esta zona el nombre de Roca de la Calavera. De vez en cuando, María hace esta excursión a Sa Calobra. Es algo que le encanta. María me cuenta con emoción en qué lugar solía pescar su padre. Era un buen pescador. 

“También el mío, pero de río”, le digo. Pasamos por Faz de la reina Victoria, Cabeza de caballo y la Gruta de las tres damas. Seguimos disfrutando con el paseo, con la charla y con lo que estamos viendo de naturaleza en la costa. Unas veces se acerca más, y otras menos a la costa, el barco que nos lleva. Hemos doblado el Morro de Cala Roja, donde el folleto indica Nidos de Águilas. 



Nos estamos acercando a Sa Costera. Es curioso cómo las tonalidades del agua van variando en función de los fondos marinos. Si éstos son de rocas, la tonalidad es más azul marino y si son de arena, el azul es más claro y más brillante, da la sensación de que el agua se vuelve más translúcida. 
 


Les digo que por la tarde tengo intención de dormir por allí y añado que en la oficina de turismo me han dicho cómo acceder a esta zona. Lo que no sé es si bajaré a Sa Costera o a Cala Tuent. De momento, me voy fijando en Sa Costera que es por donde estamos pasando ahora. 

 


 Nos hemos acercado mucho a la costa. Aquí los fondos marinos tienen que ser de arena, puesto que el agua es de un azul claro casi transparente. Una roca plana en el fondo, ofrece una protuberancia que aflora a la superficie.  

Nos adentramos en lo que es Sa Costera, donde una motora está anclada y en la costa ya no sólo se ve obra de la naturaleza, sino que también hay factoría humana. Una escalera con baranda desciende al mar y una construcción, que puede ser casa o refugio asoma por la parte alta de la playa que, de lejos, parece de rocas, sin arena. No se ve a nadie por la zona. Todos mis proyectos que estoy contando para esta tarde, no se llevarán a cabo. Haré el recorrido de otra forma. Saltos de agua, indica el folleto. Mientras pasamos por allí, María me dice dónde podré encontrar el manantial de agua que hay en Sa Costera. 
 

Mañana veré que se refiere a la Font des Verger. Se quedó viuda hace cuarenta años. Su marido trabajaba con los americanos en el observatorio astronómico del que, desde el barco, a ratos vemos una gran esfera. También aquí el folleto indica Fábrica de electricidad de 1942. Posiblemente sea el edificio que hemos visto al pasar. Seguimos y después de Sa Costera, nos vamos acercando hacia el Morro des Foret. La costa continúa siendo muy bonita. 
 
 Pasamos muy cerca de un cono casi perfecto que se adentra en el mar y me vuelvo para fotografiarlo a agua pasada y porque de ese lado más iluminado por el sol, me parece mucho más bonito. Pasado el Morro des Foret, ya nos adentramos en la bocana de la Cala Tuent. 
 
 










El barco se vuelve a arrimar a la pared Sur del acantilado. Desde la distancia, se aprecia ya la playa de la cala y ésta tiene apariencia de ser de arena, pero tendríamos que habernos acercado mucho más de lo que lo vamos a hacer para poderlo asegurar.


El acantilado Sur se suaviza y va perdiendo altura en la medida en que nos vamos acercando a la playa. Todo el terreno está muy poblado de árboles y arbustos. Nos acercamos más a la playa y ya se puede apreciar la carretera de acceso, alguna embarcación y gente en la playa, aunque desde nuestra posición no se observa edificio alguno y, si hay carretera, seguro que los hay. 
 

El barco va abandonando la cala marchando hacia el lado Norte para proseguir hacia el Morro de sa Corda. Pasamos dos farallones más que caen verticales al mar y ya avistamos a lo lejos el Morro de sa Vaca, que ya queda fuera de nuestro viaje. 

 





No veo vaca por ninguna parte, pero es impresionante. Es como un triángulo isósceles cuyo lado menor cae también vertical en el mar, el horizontal forma ángulo de 90º con el otro y la hipotenusa va descendiendo paulatinamente hacia el interior. El Cala Tuent ya ha iniciado su acercamiento a la Cala de sa Calobra y ya no nos queda más que esperar a que vaya haciendo las maniobras necesarias para llegar y amarrar en buen puerto. 
 

Desde la bocana, no parece que al fondo haya puerto alguno. Antes de atracar, pasamos por la playa de piedras que ha ido creando con su arrastre las bajadas de agua del Torrent de Pareis, donde ya se ven muchos playeros y bañistas. Viajeros y turistas que vamos en el barco, disfrutamos del paisaje y lo plasmamos en nuestras retinas, naturales y artificiales. 
 
Para muestra esta foto de la llegada del barco, mientras hacemos la maniobra para entrar a puerto. La última que saco desde el barco es la de la playa del Torrente de Pareis, con los bañistas que disfrutan. Otro gran barco parece como que nos quisiera embestir. Una vez amarrado el barco, lo abandonamos hasta la hora asignada para el regreso.




Sa Calobra. Bañito en rocas
Ya desde el barco, veo un lugar que me parece va a ser factible bañarme en bolas. Ya se verá. Atravieso la playa, el bar, me meto en terreno de bajada de barcos y desemboco en las rocas deseadas. 

 

Un hombre lee tumbado en una roca y traslada sus pertenencias a zona más segura para darse un baño. Cuando va a meterse al agua, recibe una llamada al móvil y lo pospone. 

 








Me baño mientras el hombre habla por su móvil. Me doy un segundo baño y me seco tumbado al sol en roca cómoda. Por la parte alta, empiezan a llegar y aparcar autobuses. Los viajeros se bajan y asoman a las balconadas y miradores para admirar el paisaje. Una forma de liberación, conociendo como conozco el arriesgado puerto de montaña que han tenido que bajar desde Escorsa, con sus endiabladas curvas, donde los conductores de los autobuses deben maniobrar para cogerlas adecuadamente y, en ocasiones, dar marcha atrás. Los viajeros que van en los asientos delanteros de la parte derecha, sufren y temen caer dando vueltas y revueltas y precipitarse acantilado abajo. Aunque las ruedas delanteras vayan pisando firme con margen, la parte delantera del autobús produce la sensación de volar como si de un ala delta se tratase. Como ya conozco esa sensación, no me sorprende el jolgorio y la estampida con que bajan del autocar. Como ya me he refrescado y no voy a pasarme aquí la mañana, ya seco, me visto, cargo con las mochilas y me voy hacia el Torrent de Pareis.

De Sa Calobra hacia el Torrent de Pareis
Para recorrar viejos tiempos, me dirijo a lo más interesante de la excursión. En una de las terrazas me encuentro con Katy y María, mientras comen un tentempie, antes de bajar a la playa para bañarse. Va a ser la última vez que les veo. Salgo de la zona de playa y de los chiringuitos y pasando por el puerto donde hemos atracado, me voy hacia el torrente. 

 


Cuando llego a una zona alta, donde se aprecia muy bien la playa y la zona de rocas en que me he bañado, saco foto para el recuerdo. Se está llenando de gente, muchos se bañan y creo que he elegido buen momento para alejarme de allí. 
 
Hay que recorrer un bonito tramo que me va ofreciendo la visión de la bocana de la Cala de sa Calobra. Siempre en el lado derecho, destaca la forma cambiante del Morro de sa Vaca. 

 





 Desde esta posición de interior no vemos su lado más sorprendente que es la verticalidad de la pared que da al mar, pero no deja de producir una estampa interesante, aunque yo siga sin ver la vaca. El camino sigue siendo bonito pues, casi todo el tiempo ofrece imágenes no demasiado alejadas del mar. En un declive, entre rocas, se puede ver parte de la cala que, estando algo alejada de la playa, es lugar idóneo para que echen su ancla las embarcaciones. Veo algunos yates y algún velero con las velas recogidas. 
 
Pronto el paisaje va a desaparecer porque para llegar a zona en que se pueda ver la llegada al mar del torrente, tenemos una gran roca que nos lo impide, para lo cual ha habido que hacer un túnel, bastante estrecho, y que tenemos que atravesar a paso de tortuga. Por la estrechez, la oscuridad y por los caminantes en dos direcciones. Mis mochilas no ayudan mucho para poder hacer más rápida la travesía. Cuando llego a la boca del pasadizo, ya se está formando cola. Los que van por delante, enlentecen la marcha. Antes de entrar al túnel he visto a la derecha una euforbia gigante, que inmortalizo en foto. Destacan el rojizo de sus hojas con el verde imperante de árboles y arbustos y el gris de la roca cuando no se reviste de verde también. 

 



Llego al túnel peatonal, donde la cola se disipa y se vuelve a formar. 

 

Otra de las razones que no he mencionado es la lentitud con que disparan fotos, flashes, abren y cierran diafragmas. Es para exasperar a cualquiera. También lo hacen dentro del túnel con total impunidad. Yo, como disparo las fotos sobre la marcha… ¡así me lucen las de interior!




Torrent de Pareis
Ya he salido del túnel y bajado por escalones a la playa de cantos rodados que fueron arrastrados por el torrente y aquí se depositan formando una interesante playa enmarcando el mar por dos altos farallones pétreos, tanto el horadado de la izquierda, entre el que he pasado, como otro macizo a la derecha. 

Y, al fondo, en la bocana, como llevo un rato señalando, asoma el Morro de la Vaca. Como se puede apreciar en la foto, la mayoría de la gente se agolpa en este espacio que, por su estructura, ofrece sitio para todos y más que quisieran venir, aunque el acceso al agua se vuelve cada vez más problemático, en la medida en que los que no se bañan van tomando posiciones en la playa que, al igual que la zona próxima que vemos aquí, también es de cantos rodados. 

Dependiendo de la hora del día, esta playa ofrece sol y sombra. Lo que no sé es cómo se produce la puesta de sol. Me da la impresión de que el morro de bocana al Sudoeste impedirá verlo, pero no lo puedo asegurar. Como ya me he bañado hace un rato, en lugar más tranquilo, ahora ni me acerco a esta playa y me voy adentrando en lo más bonito que es este Torrent de Pareis. Empiezo a caminar. Llego a un pequeño lago de agua estancada que está bastante sucio. Allí están una pareja de madrileños. Olvidé tomar nota del nombre de él. Ella se llama Sara (imposible de olvidar), pero la conversación es corta e intranscendente. Paso por un lugar con un árbol de generosa copa y que ofrece las dos posibilidades. Una chica en bikini lee tomando el sol sentada sobre su toalla. El resto se oculta del sol. 
 
Unas veces a un lado y otras al contrario del torrente, se forman pequeñas balsas de agua, creadas cuando llueve o bajan las aguas crecidas del torrente. En la época en que estamos, y con la poca lluvia que ha caído en los últimos días, es muy probable que sus aguas estén apestosas y, al atardecer, plagadas de mosquitos. Procuro no acercarme mucho a ellas. 

En la medida en que voy profundizando hacia el torrente, las paredes pétreas también se van acercando, pareciera que se quieren hermanar las de un lado con las del otro. Al final, el espacio se volverá tan angosto que, si quiero continuar, tengo que escalar o meterme entre rocas fijas y sueltas, como si fuera por un desfiladero. Es la una del mediodía cuando decido parar. Una pareja baja muy satisfecha después de haber recorrido con éxito todo el torrente. Lo han empezado desde el lugar señalado en Escorca. Mañana veré el lugar y me enteraré de más cosas. De las normas, de las prohibiciones. Me coloco en un lugar discreto, algo separado del camino, en zona de rocas pero con sol pues, para falta de sol, ya tenemos el invierno del Norte, me desnudo y empiezo a hacer un dibujo en mi cuaderno. El tema lo enfoco hacia la bocana. Haré un lado completo, pero el segundo farallón se me queda inacabado por falta de tiempo. 
 
Me visto pues no quiero andar corriendo y llegar a última hora, pero primero quiero subir un pequeño tramo del torrente. Saco una foto para que se vea cómo va el camino, las rocas que lo interceptan, las maniobras que hay que hacer para poder continuar. Tras unos minutos, emprendo el regreso. Una familia con jóvenes se cruza conmigo. No llevan material adecuado, pisan con chancletas, no irán muy lejos en su incursión.

Regreso del torrente
Me pongo en marcha para coger el barco de las 15:20 horas y voy desandando el camino de la venida. Pronto oigo voces en la montaña y me fijo en una gran caverna, donde veo a una persona que, en la distancia no distingo, pero que supongo será joven, colgada de cuerdas, haciendo escalada. 

 
En la foto que saco es poco menos que una cabeza de alfiler. Veremos si lo véis en la ampliación. 

 




Me voy acercando a la playa de cantos rodados y saco una foto de, aproximadamente, lo que he dibujado en mi cuaderno, pero que, como me lo robaron, no lo puedo presentar aquí. Es impresentable. 
 
 







Llego así a la playa y ahora me acerco un poco más para que comprobéis la cantidad de gente que hay. Yo he estado mucho más tranquilo cerca del camino de inicio del ascenso torrencial. 

Desandando, me vuelvo a meter en el túnel y saco otra foto en el interior, con incierto resultado y otra ya con la boca de salida. Como llego con tiempo suficiente al barco, me acerco a un chiringuito y pido un Acuarius. Me lo sirve un marroquí de Meknes. “Entre Chefchauen y Fez”, le digo. “¿Conoses?”, me dice, comento algo con él de aquél viaje por su tierra, pero me clava 3 euros. 
 
 








Como sigo teniendo tiempo, y desde allí controlo la llegada del barco que me devolverá a Sóller, vuelvo a bajar a las rocas donde antes me he bañado y lo vuelvo a hacer. Está allí la pareja madrileña y a él le pido que me saque una foto para el recuerdo. Me parece que ha salido bastante discreta. 
 
Todavía me queda algo de tripita. Al fondo, asoma el Morro de sa Vaca. Le enseño el dibujo inacabado de hoy y se lo enseña a Sara. Hablamos de Mojacar y se van. Tras el baño y una vez seco, me visto y, faltando 10 minutos para la salida del barco, voy caminando hacia el muelle de atraque, para hacer cola. En el camino, saco esta foto de la playa para el recuerdo. También esta playa es de piedrecillas. Mucho espabilado que no hace cola y se cuela, pero encuentro asiento en segunda fila de la izquierda, el lado donde ahora va a quedar el acantilado.

Regreso en barco a Sóller
En el viaje de vuelta, que no recuerdo si ha sido en el mismo barco de la venida o en otro, no hablo con nadie. ¿Os lo creéis? Ni yo mismo me lo creo ahora que lo escribo. Si hubiera hablado con alguien lo recordaría. Como a la ida ya he sacado suficientes fotos que ilustran esa costa, que no voy a poder ver andando, entre Sóller y Sa Calobra, ahora, al regreso, me limito a sacar cuatro. Con el cambio de posición y la tan distinta iluminación de la roca en relación a esta mañana, ahora me llama la atención un gran peñón en el que se puden observar rocas horadadas en forma de cuevas propicias para habitáculos de trogloditas.
 
No lo podría asegurar, pero es muy probable que esta roca sea la que el folleto denomina como Faz de la reina Victoria o Gruta de las tres damas. En la zona superior hay una grande de alta bóveda. Me parece que con acceso dificultoso, aunque quizás lo tenga desde la cima de la montaña. 
 

Las otras cuevas menores, aparecen en descenso hacia el mar. Se puden ver cuatro o cinco más, cuyo acceso es menos incierto. Otra de las fotos es de la parte baja de las rocas bañadas por el mar. Hay un pequeño entrante, una pequeña bóveda, pero nada comparable a Cala Blaua de Cabrera que es, por buscar alguna similitud con aquella, por lo que la he sacado. ¡Nada que ver! Para que se vea que no estamos parados, que el barco surca los mares, saco foto del agua que nuestro barco levanta al romper la superficie del mar con la proa. Proa que no lleva mascarón. Una boya que protege al barco en el momento del atraque. 

Por fin enfilamos hacia el puerto de Sóller, hemos pasado Punta Llarga, nos aproximamos a la bocana y saco foto de nuevo, aunque en posición invertida a la de la ida, del faro del puerto, la torre con torreta cilíndricas e instalaciones de la Armada: Military Zone Navy, para que lo entendamos bien los hispanos. Para las cuatro y media ya hemos llegado a buen puerto.

Puerto de Sóller. Maharaja Mahal
Me parece una hora tardía para comer y estoy dispuesto a lo que se me ofrezca. No he vuelto a hacer ninguna otra deposición. Si algún virus me atacó ya salió y me ha dejado limpio. Tengo que arriesgarme, pues sin comer no me puedo aventurar a hacer mucho recorrido. Hoy, con Sa Calobra, el día ha sido tranquilo. No sé lo que ma va a deparar la tarde. Me meto por entre calles. El camarero del Maharaja Mahal está en la calle y me dice que me puede dar de comer. Le digo cómo estoy y me prepara un arroz herbido. De segundo me ofrece pechuga de pollo Masala. Nunca pido pechuga de pollo, siempre me resulta muy seca. Del pollo lo que más me gusta son las alitas, lo que más hueso tiene, para mí es lo más sabroso y para colmo, la salsa lleva curry, que es un sabor que no me agrada, sobre todo, cuando se abusa. Un toque de curry lo tolero. Bueno, pues esta pechuga Masala no está nada mal. Es una salsa hecha con curry, almendra y tomate que, si no fuera porque está muy fuerte, me sabe rica. Pasa por delante de la terraza una china que acuna a su nieto en la sillita, tratando de que se duerma. 
 

Se muestra sonriente y le canta una salmodia inacabable que me recuerda a la música que nos pone Eneko, en algunos momentos de la relajación, en clase de Tai-chi-chuan, una especie de mantra. El camarero me atiende bien. Son vecinos. Ella del restaurante chino que está un poco más arriba. Lo más caro es la copa de vino clarete que bebo. Un té exquisito, tanto como el trato recibido, completa mi comida. Tenía temor, pero la teína no me perjudicará para dormir en Cúber. Pago la cuenta 17,65 €, agradezco y me voy. No sé por dónde tengo que salir del puerto hacia Sóller y una conversación muy interesante con un grupo. 
 
Aunque cada uno me dice una cosa distinta, sintetizo, y consigo coger el camino correcto hacia la rotonda. Voy siguiendo la dirección de los raíles del trenecillo y comparo uno que viene con otro que está listo para partir y compruebo que son trenes distintos. El que viene de la playa tiene una estructura más metálica y, en el segundo, predomina la madera, como ocurría con el que he visto por la mañana. Los tranvías tienen sus troles que contactan con la catenaria que va elevada por postes y de donde reciben la energía eléctrica que los mueve. ¿He descubierto algo nuevo?

Serra de Son Torrella
Tras la rotonda, la bifurcación. Abandono las vías de tren y me armo de valor, puesto que sé que debo subir hasta la cima de las montañas que tengo enfrente. No exactamente las que veo, pero sí otras similares del lado izquierdo. Cúber, si llego hasta allí, está entre las sierras d’Allabia y la de Son Torrella, ambas en el conjunto de la Serra de Tramuntana. 

 ¡Corage!, me dirían los franceses. Empiezo por la carretera Puig, que es la que me ha marcado esta mañana la chica de la Oficina de Información y, el siguiente referente, que me ha escrito a mano, hacia Tuent, es el Mirador Ses Barques. Cuando llegue allí, tomaré la decisión. Por lo que indica el mapa, el nombre de Puig, parece que se puede referir a Puig Major y esta carretera por la que voy es la que me va a llevar a Sa Calobra (sólo será al cruce, puesto que a Sa Calobra no tengo ninguna intención de volver a ir), Lluc y Pollença. 
 

El mapa sólo me va a servir para arrancar, puesto que es sólo de dimensión urbana, lo puedo guardar, pero no debo olvidar el mirador de Ses Barques. Como ya he visto Cala Tuent desde el barco, voy pensando que no me va a convenir subir hasta el mirador, bajar hasta el mar, y volver a subir mañana, pero tengo carretera y tiempo para irlo madurando. De momento, no lo descarto. Todavía voy casi llaneando pero, cuando empiezo a subir, voy entre sol y sombra. Alcanzada cierta altura, ya puedo sacar una foto de Sóller


Cartera y guarda forestal
Cuando llego a la indicación Son Blanco, en el kilómetro 49,400 con la ciudad de Sóller que se ha ido quedando abajo a mi derecha, encuentro una cartera tirada en la cuneta. Está casi vacía. Sólo contiene unos céntimos. Esparcidos por el lugar encuentro fotos y documentación que recojo como puedo y lo que puedo. Creo que no dejo nada. Enseguida encuentro señal de ermita hacia la derecha. Si no hubiera que bajar mucho me animaría, pero no me quiero arriesgar, no me lleve hasta Sóller y luego tenga que volver a subir todo lo que ya llevo ascendido. Llega un ciclista y para. Me dice que la ermita está a unos 20 metros pero, cuando me está dando las indicaciones, intuyo que será bastante más y no me animo. Le digo lo de la cartera y se la doy para que él la entregue a los municipales o a su dueño si concluye por las fotos y la documentación quién puede ser. Me parece recordar que era un extranjero. Le cuento que creo que voy a Cúber, pues lo de Tuent está en el aire, y me dice que es mejor que vaya por la otra ladera del monte, que tiene mejor camino y que la carretera me obliga a dar demasiadas vueltas. “Por el camino son menos kilómetros y te lleva directo al albergue de Cúber”, me dice. Aunque desde arriba se aprecia bien el trazado del camino, ya no me animo. Si me lo hubiera encontrado estando en Sóller es probable que me habría dejado convencer, puesto que este hombre me da confianza y lo que me dice tiene visos de ser fiable. ¡Lástima! Le digo que si bajo, desde el lugar en que ya estoy, lo que voy a ganar por ser mejor camino, lo voy a perder con el retroceso. Parece que me entiende y comprende que no quiera hacer lo que me recomienda. Este ciclista es, además, guarda forestal. Me da la clave de GR-221 que es el que me dice me va a llevar al albergue de Cúber, pero no lo encontraré hasta muy tarde, cuando ya la luz diurna ha desaparecido y la del móvil apenas me ayuda. Pero no adelantemos acontecimientos. Me dice que él se encarga de canalizar para que la cartera y los documentos lleguen a su dueño. Me despido del guarda forestal ciclista, agradecido por su interés en hacerme más fácil mi camino. Le gusta el recorrido que estoy haciendo. ¡Hasta otra!
 
Mirador de Ses Barques. 
Zumo natural de naranja
Continúo avanzando por la carretera que sigue ascendente. En un momento en que la foresta me abre un hueco, saco foto hacia la loma de la derecha, la que, según el guarda lleva el camino correcto y, si no lo veo realmente, al menos, lo intuyo. En algún momento en que carretera y camino se aproximen, voy con intención de intentar cogerlo, aunque si esa circunstancia fuera a producirse, creo que ya me lo habría dicho el forestal. Sóller ya ha quedado atrás, a la derecha. 
 

Con intención de localizar el camino, no desisto de encontrarlo en ocasión de llegar a un edificio bajo, sin ventanas, que puede ser refugio, albergue, para ganado o para aperos de labranza. Me puedo hacer la película que me dé la gana. Llevo más de una hora en esta carretera. Ahora parece que ha dejado de subir. Un indicador avisa a los coches la posibilidad de nieve y peligro de deslizamiento. 
 
Yo pienso que el peligro de deslizamiento será más por hielo que por nieve, pero doctores tiene la Santa Madre Iglesia. Pero lo más importante de esta foto no es el anuncio de peligro, sino que el pilón de la izquierda, por el que estoy a punto de pasar, me está indicando que estoy en el Km 45 y en mi lista de refugis, aparece que el de Cúber está en el Km 36. Al menos sé que estoy a 9 kilómetros del refugi y que, calculando que voy subiendo, puedo llegar en dos horas. Si son las ocho, llegaré para las diez. En la siguiente curva, saco foto para que se compruebe no sólo la ausencia de arcén que, aún siendo un peligro para el caminante, se compensa con la escasez de circulación. ¡Menos mal! Pero la razón de la foto es que, no sólo la falta de arcén, sino que al peligro se añade que la pintura de los límites del trazado, se va quedando oculta por la púa del pino. 

Poco después de esta curva llego al mirador de Ses Barques. Saco una foto de la vista desde el lugar, desde donde compruebo que no he avanzado mucho, puesto que se ve perfectamente el Port de Sóller, el faro del refugi donde pernocté ayer y no veo la carretera que desciende hacia Bàlitx de Baix, que sería la que me comunicaría con Sa Costera pero, como lo que he visto de Sa Costera desde el barco no me ha interesado nada y Tuent, que me podría interesar algo más, no veo claro que se comunique con Sa Costera, ni me molesto en buscarla. Tiene un interés mayúsculo esta parada. Ofrecen un zumo natural de naranja, de naranjos amigos, que no me resisto a perdérmelo. Está riquísimo y pago 1,50 €.

Deseando llegar al Túnel de Montnàber
Durante mi recorrido por la carretera me van anunciando el túnel de Montnàber y lo estoy esperando como agua de mayo, pero no acaba de aparecer. Quiero pasarlo antes de que anochezca. Llego a un lugar donde hay corderitos que, al verme llegar, se asustan, salen a la carretera y se quedan parados en medio de la calzada. Un coche aminora su velocidad, espera a que pasen, y continúa. No ha pasado nada, todo dentro de la normalidad en esta Serra de Tramuntana. La conductora era una chica precavida. Suspiro por llegar al túnel y me encuentro con uno que horada la roca. Me quedo satisfecho porque lo he pasado con normalidad, pero pronto encuentro que me lo siguen anunciando. ¡Mi gozo en un pozo!El rtúnel que acabo de pasar no es el de Montnàber.


Pronto veo a la derecha de la carretera una montaña de piedra y pienso que ésa puede ser la que el túnel horada. Creo que no acierto exactamente, pero no voy muy descaminado, puesto que por allí estará el túnel al que ansío llegar.

Área recreativa de Fornalutx
Un tejón, una garduña o algo que se les parece, atraviesa la calzada parsimoniosa, con elegancia. Parece que está en su terreno, pero que se ande con ojo con los coches, pues también los conductores consideran que están en su terreno. 
 
Quizás fuera una comadreja. Llego a un área recreativa. Pertenece a Fornalutx y saco foto. Es un lugar con mesas y, si no hubiera estado tan próximo a la carretera, a lo mejor me habría quedado aquí y no correr riesgos al anochecer. Por fin el sol se ha ocultado. Si hubiera venido por el camino de Sóller, lo habría tenido todo el rato a mis espaldas o en el lado izquierdo. En ese sentido, creo un acierto haber cogido la carretera. El que no se consuela es porque no quiere. Pero ahora que se está echando la noche encima, soy un peligro para mí y para los conductores.

Túnel de Montnàber
Por fin aparece el túnel de Montnàber. Va a ser la última foto que saco y, aunque es pésima, la colocaré en el blog, para recuerdo de lo que paso y de lo que me espera todavía. Aún no está totalmente oscuro el día y voy entrando con cierta tranquilidad. El túnel no está iluminado por dentro. 


Cuando voy avanzando, la poca luz del día ya no ilumina nada y lo que trato de hacer es no perder el único referente que me queda que es la escasa luz que me llega de la boca de salida. Se trata de seguir recto hacia ella. Por un lado quiero que vengan coches para que, con sus faros potentes, iluminen donde piso pero, por otro lado, prefiero que no venga ningún coche que, si no me ven, corro mucho peligro. A la entrada pone que tiene una largura de 400 metros. Del lateral enrejillado no me fío un pelo. Durante unos 300 metros voy así, con la vista puesta en la salida. Parece que no me escoro demasiado. Faltando unos 100 metros, aparece un coche de frente, que me deslumbra, pero alumbra lo suficiente como para comprobar que allí la rejilla está sana y me pongo sobre ella. Subo y, cuando pasan, bajo y continúo. Poco antes de salir, aparece otro coche por detrás, pero éste ya no me preocupa porque todavía no ha oscurecido tanto como para no ver.

Embalse de Cúber y Zona Militar
Nada más pasar el túnel, veo uno pequeño y el gran embalse de Cúber, así que ya tengo que buscar el refugi. Estoy en el Km 36, pero no veo indicación alguna. Llego a Zona Militar. Un gran portón de entrada y pido auxilio al militar que está en la garita de vigilancia. Le pregunto por el refugi de Cúber y me quiere ayudar, pero no sabe cómo ayudarme. Tampoco sabe muy bien en qué kilómetro están ellos, parece ser que en el 35, lo cual indicaría que el camino de acceso ya me lo tenido que pasar. Me dice que va a mirar en Internet. Yo ya conozco Internet y cuando le preguntas algo te manda por los cerros de Úbeda. Puedes pasar horas buscando para que te diga lo que no quieres saber. Por lo menos me da dos datos que serán claves para mí: Uno, que el refugi está al lado contrario del embalse, visto desde la carretera y, dos, que encontraré el acceso por la derecha, puesto que dispone de una carretera sin asfaltar propia. Agradezco la información y continúo ya de noche. Además me conviene ir por la derecha para que no me pase la desviación y tendré que hacer maravillas, de cruzar de un lado al otro, si aparece algún coche. Cuando aparece un coche, me tiro a la cuneta. ¡Antes morir que perder la vida! Hay piedras blancas y se ven bien en la noche. Muchos corderos por la calzada, que se asustan. ¡Y yo también! Algunas ovejas, sin pelar, dan la sensación de que sean salvajes o estén enfermas. Sin pelambrera blanquecina, que se ha vuelto marrón en los flecos que les cuelgan, hace que parezcan sarnosas. En el Km 34 aparece un conjunto de señales a la derecha. No consigo leer bien. Es la primera vez que uso el móvil como linterna y, aunque mal, me sirve para ver que los letreros hablan de embalse y de refugi. ¡Suficiente! El móvil ha cumplido este objetivo. La puerta de acceso a vehículos está tancat, pero puedo pasar por la lateral. Otra vez uso el móvil para ver un cartel y me indica la dirección del refugi. Tengo suerte de que la luna esté lo suficientemente crecida como para iluminarme el camino, que es bastante ancho. Ya no es el filetito de anteayer y permanecerá el tiempo suficiente para llegar al albergue. Poco después de acostarme, desaparecerá tras una montaña. Pero, desde la perspectiva de mi búsqueda nocturna no me sirve para ver alguna de las señales que me podrían venir bien.

Refugi de Cúber
Paso por un edificio construido en la propia presa, está herméticamente cerrado, y un camino que baja hacia la torrentera me crea nuevas dudas. Es entonces cuando recuerdo las palabras del militar: “al otro lado del embalse”. Así que ese camino que baja no puede ser, debo continuar a ras del embalse. Las piedras claras me parecen casas, también alguna construcción inacabada u obsoleta. El camino se adentra en el bosque. ¡Qué mal!, me digo. Oigo, más que veo, mucho animal suelto, que huye del caminante. Mejor que los sonidos propios de los bichos, oigo el repiqueteo de sus cencerros y campanillas. ¡Por fin aparece algo que pudiera ser un refugio! No quiero ir hacia él haciendo campo a través, pero me dan ganas cuando el camino coge otra dirección pero, finalmente dobla y se orienta hacia el bajo edificio. El móvil, de nuevo, me da la clave de que he llegado al refugi. Calculo que son más de las diez y media. Estoy más cansado por la incertidumbre, la zozobra y la noche, que porque haya realmente andado mucho hoy. Prácticamente, sólo he caminado por la tarde y del Port de Sóller he salido bastante tarde. Como era de esperar, el refugi está vacío, sin gente y cerrado a cal y canto. Bueno, tiene una cadena y un candado, pero ¿dónde están las llaves? Matarilerilerile… Habría sido un alivio encontrarme con gente, aunque no fuera más que para sacar mis demonios y alegrarme con otros por haber llegado a buen puerto. A pesar de todo, estar junto al refugi me da seguridad. ¡Refugio de pecadores! ¡Ruega por nosotros! Decíamos en las jaculatorias cuando rezábamos en el colegio el Santo Rosario. Como las reses están sueltas y no me agrada que por la noche me asusten con un lamido cariñoso, decido no ponerme en el suelo, cerca de la puerta, y lo hago sobre una mesa que está en su frontal. Es lo suficientemente amplia como para estar cómodo sobre ella y una cabra o una oveja tendría que subirse o alargar mucho el cuello para darme un lametazo. La noche está estrellada. Los balidos graves, roncos, de las madres ovejas contrastan con los débiles, agudos de sus corderillos. Será una sinfonía que durará hasta altas horas de la noche, pero lo prefiero al barullo de un botellón de madrugada, en el barrio, bajo el balcón de mi dormitorio. Sobre mi cabeza, la Osa Mayor también me da tranquilidad, paz y sosiego. Algo de viento, a ráfagas, me resulta grato y mueve con cierto brío el álamo temblón que tengo a mi lado. ¿Es un álamo temblón?, me pregunto, pero es lo que me ha salido. El militar me ha dicho que les llame si necesito ayuda. Pero, ¿a dónde les voy a llamar?, ¿al acuartelamiento? No cojo el número de teléfono y “Dormiré en cualquier sitio”, le he respondido.

Balance de una jornada atípica
Aunque ya cogí barco para ir a Cabrera y Dragonera, con regreso a Colònia de Sant Jordi y a Sant Elm, respectivamente, y aquí es algo similar, puesto que he salido de Sóller y regreso a Sóller, la diferencia con mi visita a las dos islas mencionadas está en que aquellas las pateé y aquí, apenas he caminado un cuarto de hora de ida hasta el Torrent de Pareis y otro cuarto de vuelta. Por esa razón lo denomino como atípico. Además, mi estado corporal me lo aconsejaba. Volviendo a replantearme mi decisión de hacer este tramo como lo he hecho, si tuviera oportunidad de volver por aquí en alguna otra ocasión de lo que queda de mi vida, me informaría bien antes de si hay camino entre Bàlitx de Baix y sa Costera y si también lo hay entre sa Costera y Tuent, porque si los hubiera, me olvidaría de ir a Sa Calobra en barco y lo planearía de la siguiente forma: Como hoy por la tarde, saldría del Puerto de Sóller hasta llegar al mirador de Ses Barques y haría lo que no he hecho: Bàlitx de Baix-Sa Costera-Cala Tuent-Sa Calobra-Torrent de Pareis-Escorca, todo a pie. A Escorca llegaré mañana. Siempre que la subida por el torrente fuese en día no amenazante de lluvia. Si alguien ha hecho este recorrido, agradeceré que me lo diga, pues así facilitará esa información a otros de mis lectores que lo quiera hacer. Después de haber escrito lo anterior, veo que la ruta nº 10 de mi FI-19, la ofrece como yo la había planeado. Reconozco mi error por no haber mirado mejor mi relación de diez itinerarios. Éste último me habría venido a pedir de boca y me habría evitado barco a Sa Calobra. La ruta nº 10 se plantea así: Bàlitx d’Avail (que interpreto como otra grafía de Bàlitx de Baix)-Coll de Biniamar-Torre de Na Seca-Sa Costera-Fábrica de electricidad-Font des Verger-Coll de na Polla-Es Vergeret-Fra Puig-Cala Tuent. Desde Tuent llegaría a Escorca de la forma que había programado antes. En cuanto a la Guía de Refugis, debieran ser más exquisitos al dar la información. En Cúber, donde pone km 36, debiera poner km 34. Me habría evitado complicaciones y pérdidas de tiempo. Menos mal que los militares me dieron valiosa información. En el folleto viene la foto del refugi y de la mesa sobre la que duermo. También de La Muleta donde dormí la noche pasada. Lo que me da más rabia, a agua pasada, es que llevaba mejor información en mis itinerarios del folleto FI-19 pues el nº 1, Puig de Sa Rateta, a 1.113 m de altitud, el recorrido pasa, entre otros, por donde he entrado a la finca del embalse de noche, y por el refugi tan buscado y, además, aparece el recorrido por carretera que he venido haciendo: Túnel de Montnàber-Embalse menor-Base Militar-inicio en la entrada de la finca del embalse. Si lo hubiera mirado y no hubiese sido de noche, habría acertado y me habría evitado tanta zozobra. Pero esta información la veo a agua pasada y ya no tiene remedio. Lo que ha ocurrido, pasado está y no he fenecido en el intento. La misma información la tengo en el itinerario nº 6 L’Ofre des de Cúber. Si no quieres taza, taza y media. A pesar de todo lo expuesto, el balance del día ha sido bueno. Bonito el paseo en barco a Sa Calobra, con la buena compañía de María que, después de 40 años, tanto se acuerda de su difunto marido. Bien los baños, aunque en rocas y regular el dibujo desde el Torrent de Pareis. Bonito encuentro mañanero con el bonaerense Daniel, que me ha hablado de su mamá, de sus padecimientos por su enfermedad y que está contento trabajando en Mallorca y con ganas de retomar sus estudios. Después de toda la mañana con una menta poleo y muchos Acuarius, la comida en el Maharaja Mahal me ha sentado muy bien. Lo necesitaba para abordar lo que me esperaba por la tarde. El encuentro de la cartera ha propiciado otro más bonito con el guarda forestal que me ha dado información valiosa pero que, por el lugar donde me he encontrado con él, no he podido aprovechar. Rico zumo de naranja en el mirador de Ses Barques. El doble encuentro con los madrileños, Sara y su pareja, me ha permitido tener una foto mía en Sa Calobra. Impresionante el paisaje desde el barco. Me acordaré de María cuando vea mañana el observatorio astronómico de los americanos.

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