martes, 27 de mayo de 2014

Etapa 45 (287) Cala d'En Serra-Cala Mastella

Etapa 45 (287) 17 de julio de 2011, domingo.
Cala d’En Serra-Sant Joan de Labritja-Sant Vicenç de sa Cala-Cala de Sant Vicenç-Cala s’Aigo Blanca-Sant Carles de Peralta-Cala Mastella.

Amanece en Cala de’En Serra
Durante la noche el aire me ha rebozado de arena, me pueden freír como una croqueta, pero ha sido una de las noches más tranquilas de todo el viaje. Sin mosquitos, ratas, erizos, ni humanos. El perro no ha ladrado en toda la noche. No le he dado motivos, no ha habido merodeadores y no ha sentido necesidad de mostrarse vivo. 

 








Me despierto a las seis y cuarto y no habría sido extraño que hubiera visto el amanecer porque, aunque sigo en el Norte, la orientación de la playa ya es hacia Levante. Saco una foto hacia la línea del horizonte, que se muestra brumosa y nubosa, lo que no va a permitir que el sol se levante tan temprano. 
 
Doy un vistazo a la orilla pues los amigos del Beach Bar me dijeron que ayer aparecieron medusas por la mañana. Tras recorrer la orilla sin ver ninguna, vuelvo a mi sitio y me doy un chapuzón breve. Recojo todo, cargo las mochilas, y empiezo la ascensión. Como sé que es algo dura, me lo tomo con parsimonia. Al pasar por el bar, el perro no me ladra. Saco foto desde arriba del Beach Bar. Las mesas y sillas están recogidas, en la playa, las hamacas también, pero no me he dado cuenta de que el cubo para tirar los envases estaba caído y ahora no voy a bajar para ponerlo en pie. Ya lo harán ellos cuando lleguen, o algún nudista madrugador. Por mucho que quiera ser el primero, hoy le he tomado la delantera.

Ascensión parsimoniosa de Cala d’En Serra
Llego a una curva de la carretera-camino que ayer era descendente y que hoy debo subir. Luego paso cerca de las construcciones que ayer me parecieron algo fantasmales. Cuando las supero, observo que el sol supera la bruma y se dispone a enviar sus primero rayos, así que saco foto. Hoy, sin dejar de sentir lo mismo, con la luminosidad del día, no dejan de parecerme lo que son, edificios inacabados. 

Es probable que les cogiera la crisis o la ley de costas. Cuando la crisis se supere, que no va a ser nunca, nunca volveremos al desmadre de una sociedad a la que le exigen ser consumista y no le dan trabajo remunerado para que pueda consumir, una crisis que confirma la imposibilidad de un estado de bienestar dejando la iniciativa a la especulación privada sin poner leyes que la controlen y frenen su afán ilimitado de dominio, de poder, una iniciativa privada insaciable. 
 

Se escudan en que cuando la iniciativa es del estado, los funcionarios públicos no ponen interés suficiente en algo que no les enriquece. Yo creo que democracia debe ir unida a gestión pública del patrimonio, con legislación que prime lo social sobre lo particular. Un control mínimo del estado y educación para la participación ciudadana. Solemos decir, “la política es tan importante como para no dejarla sólo en manos de los políticos”. Menos militares, menos policía y justicia. Que se cumpla la ley y que se legisle con justicia.
 
Las leyes deben de ser acordes con la realidad social del momento y deben controlar el desmadre que están propiciando las nuevas tecnologías, con un trabajo sumergido casi imposible de controlar. Control de la propaganda engañosa de la sociedad de consumo, la incitación a consumir a cualquier precio. Consumir sí, pero con racionalidad, de acuerdo con las posibilidades de cada cual. Es necesario educar para el consumo eficiente. Exigir a los fabricantes que no generen tanto desperdicio… Bueno, vale de pajas mentales que, a este paso, no voy a ser capaz de llegar arriba. Vistos desde arriba los edificios, que me han dado pie a especular sobre el necesario cambio social, creo que habría que dar solución al tema. Si no están construidos en base a la ley, si el promotor se arruinó antes de terminarlas, si el coste de destruirlos y volver a dejar todo como estaba es demasiado elevado, lo que no se puede dejar es que esto se quede así para siempre. Un apoyo del Estado, de Diputación o del municipio y reconvertirlos en algo útil para turismo social, ocio de la tercera edad, colonias de verano, albergues juveniles, de lo que tanto carecen estas islas. En la Guía de Albergues juveniles figuran sólo tres en Baleares: Alcúdia, Palma y Ciutadella (datos ofrecidos por la Oficina juvenil de Irun con Guía editada en 2010). Bien sé que hay otros Refugis que no figuran en esa guía, como el de La Muleta, que utilicé y no recomiendo, el de Son Amer, en Escorca, que no vi, el de Pont Romà, en Pollença, que estaba en reparación, por no hablar de otros con menor capacidad, siendo los más grandes S’Arenalet y Binifaldó, todos en Mallorca. ¿Por qué no figuran en la guía de Albergues juveniles? Dejo esta pregunta en el aire y sigo subiendo que, si no, me van a dar las uvas. Llego por fin arriba, a la carretera que me va a llevar a Sant Joan de Labritja que, aunque viene de Portinatx, es menos directa y ancha que otra marcada en rojo. A mí me va mejor ésta, puesto que tiene menos circulación. Desde la cima saco una foto del conjunto, de las casas paradas sin terminar de construir que me han dado pie a especular sobre un deseado cambio en la sociedad. Cambio deseado por mí y por alguno más. Así como la primera la oriento hacia el mar y me permite ver la costa por la que no voy a caminar, la segunda es más de interior y, aunque se ve bien la playa, la terraza del chiringuito y el lugar donde he dormido, lo que me interesa destacar es que el paisaje es bellísimo, incluso, y es una lástima, hasta los árboles quemados, como si fueran de hoja caduca en otoño, con su color marrón rojizo, hacen un conjunto precioso en contraste con el verde de los pinos que se mantienen sanos.

Carretera ascendente a Sant Joan de Labritja
Ya estoy en carretera asfaltada. La primera indicación que encuentro me propone más de cinco kilómetros de subida. Es tan inclinada, que me costará Dios y ayuda para llegar a la cima. Veo unos racimos de uvas que aún no están maduras. Me habrían venido bien como tentempié. Les saco foto, ya que no me los puedo comer. No sé si porque ayer no cené, hoy voy medio zombi. 

 

Los bosques a los dos lados de la carretera están tan quemados como los de ayer por la mañana, pero estos no se quemaron en agosto del año pasado, sino que ardieron en el incendio de mayo de este año. Hay poca circulación y menos mal. Algún coche que vuelve de la fiesta de Portinatx. En algún momento me duermo de pie y me despierto al tocar el salva bordes metálico, el quita miedos. Menos mal que ha sido una milésima de segundo, pero si no, hubiera caído por el terraplén calcinado de los árboles quemados. Saco foto de los árboles quemados y me gustaría no tener que sacar ninguna más. 


Me propongo ir algo más despierto y veo un erizo de tierra recien fallecido. Está despanzurrado sobre el asfalto y tengo tan poca sensibilidad para ofrecéroslo con las tripas fuera. ¿No os da pena, el pobrecito? Aún no se han enterado ni las moscas de que tienen un exquisito desayuno dominical. Por fin, salgo de la montaña y diviso el valle que va hacia el mar. Al fondo, hacia el Sur, se ve otro faro muy similar al de Moscarter, al que no sé si iré o no. Tendré que estar atento a lo que me digan en Sant Joan. En la cima no pone metros de altura y el del Vista Alegre, que es donde voy a desayunar, me dice que 250 metros, pero no me ofrece fiabilidad.

Sant Joan de Labritja
Llegando al pueblo, me pasa un coche y el conductor me pregunta si english o español. Me dice: “que tenga buen día”. Le agradezco su buena intención y le deseo lo mismo o parecido: “que tenga un día muy feliz”. Menos mal que ha movido enseguida el coche, puesto que había parado en lugar inadecuado, cerca del cambio de rasante. 
 

Saco una foto del conjunto del pueblo entre árboles, en la que lo único que destaca es el campanario de la iglesia. Tengo que esperar paseando por el pueblo ya que, cuando llego, hacia las ocho y media, está todo cerrado. Es normal, teniendo en cuenta que es domingo. Dos extranjeros con dos niños con pantalones largos y jersey, que da calor sólo con mirarlos, esperan en el pretil de la iglesia. 
 
Los niños me recuerdan a los de la última película de Haneke, La cinta blanca. Los niños hacen sonidos como de campana ante la imagen de Mossen Vicent Ferrer i Guardia que, si no me falla la memoria fue un educador muerto en la guerra civil (Cuando reviso lo escrito en el diario, el Ferrer i Guardia al que yo me refería era de nombre Francisco, así que retiro lo dicho). Una señora me dice que vaya a pastelería, otra al Vista Alegre, otra al supermercado.

Vista Alegre
Una mujer limpia la terraza del Vista Alegre y me dice que abrirán a las nueve. Me siento en banco a esperar y, poco antes de las nueve, Tomás ya me está sirviendo el café con leche, un buen trozo de tarta de manzana y otro de tarta de ciruelas. Pongo el móvil a cargar. Cago. Escribo y, durante la escritura tomaré dos tónicas, lo que harán un total de 11 € a pagar a tocateja. Me llama mi hermana. Me dice que habló con Jokin y que le cantó el “Zorionak” a su osaba Eneko. Me dice también que hace frío. Como el móvil ya se ha cargado y ha vuelto a funcionar con normalidad, ahora pongo a cargar la cámara de fotos, que ya estaba dando señales de alarma. En el Vista Alegre hay mucho movimiento con desayunos variopintos. La gente habla de las fiestas del Carmen de Portinatx. Un joven dice que no tiene clavo y el joven de la barra le responde que él tampoco, pero se le cae una tónica. Sirve otra y, la que se le ha caído, se la bebe. Lleva gafas y, aunque parece despierto, al igual que Tomás, no sabe la altura del puerto de montaña que he subido al venir de Cala d’En Serra. Van a dar las doce del mediodía, el piloto de la cámara indica que todavía se está cargando. Ya he terminado de escribir el diario y no sé qué hacer para alargar el tiempo hasta que se cargue del todo. Según mi mapa, a San Vicente de sa Cala hay 6 kilómetros. 

El chaval del bar me dice que hay más de 7 kilómetros para llegar a Cala de Sant Vicenç. No son noticias contradictorias, sino complementarias. También me dice que en Sant Vicenç de sa Cala sólo hay una iglesia y una pizzería que es impresentable. No será necesario porque intentaré llegar a comer a Cala de Sant Vicenç. Con la cámara cargada, la batería a tope, ya me puedo ir con viento fresco. Visito la iglesia que me había limitado a ver por su exterior, pero están oficiando cuando entro, están después de la consagración, en el momento en que van a pasar el cestillo limosnero. Me parece que el altar, al fondo, lo preside San Juan Bautista.

Más incendios forestales
Salgo hacia Sant Vicenç de sa Cala y entre doce y media y la una volveré a pasar por carretera rodeada de incendios forestales. ¿No se van a acabar nunca? Ciertamente no solo arruinan el paisaje sino que también afectan a la moral y al buen humor del caminante. Me cruzo con unos cuantos ciclistas. “El incendio de mayo de este año fue un desastre, tan espeluznante o más que el de verano de 2010”, me dicen algunos. Luego la camarera de Es Gorch me dirá: “menos mal que no llegó hasta aquí”. 
 

Un ciclista viene andando, llevando la bici en la mano, pues se le ha pinchado la rueda trasera. Se le ha fastidiado su excursión mañanera. Saco dos nuevas fotos con el panorama nada animador. En algunos lugares al producirse el incendio en la vaguada, el efecto horno es más evidente y, efectivamente, la tierra blanquecina parece totalmente calcinada.

Sant Vicenç de sa Cala
A punto de dar la una y cuarto, llego a Sant Vicenç de sa Cala. El primero que veo es un edificio municipal, una especie de escuela con patio para deporte.  


Enseguida llego a la iglesia de Sant Vicenç. Su blancura y limpieza anima un poco, tras la negrura de los pinos requemados. Me resisto a creer que no haya ningún bar y, efectivamente, no encuentro nada. Una chica llega en un coche y lo aparca a la sombra de un árbol delante del muro lateral derecho de la iglesia. Me dice que cree que hay un bar por detrás de la escuela. Me doy una vuelta por allí y todo está cerrado, incluidas las duchas del recinto deportivo que, a falta de bar o restaurante, no me habrían venido nada mal. 
 

Hubiera sido genial haberme dado una ducha gratis y con jabón. Ha sido una pena que estuvieran cerradas. Un gato me maúlla. Salgo de nuevo a la carretera e intento entrar por la siguiente entrada, pero ésta me lleva de nuevo directamente hacia la misma iglesia. Vuelvo a salir y continúo bajando hacia la costa pero, sin terminar la recta, veo un establecimiento que parece hostelero y un coche que aparca. Me salto las defensas de carretera y penetro en un campo labrado preparado para ser sembrado. Llego y se trata de Casa Luna. Me supongo que esta era la pizzería no recomendada por el camarero del Vista Alegre, de Sant Joan de Labritja.

Casa Luna. Comida francesa
Se trata de un restaurante, algo especial, que está regentado por franceses. Pido el plato del día: una coca de espinacas y salmón, que me resulta súper empalagosa. De primero he comido aros de cebolla con fuerte rebozado (si al menos hubiera sido tempura) y dos salsas. Una de ellas es roja, de chile que, pareciendo la que más, es menos picante que la verde. Bebo un bote de cristal con zumo de naranja, limón y zanahoria, una Shandy y una cerveza de botellín, ambas de 20 cc. Como tomo un té verde de Pompadour, me paso de los veinte (20,30 €). El té me ha sentado bien, aunque flojito, calienta y produce una sensación de mayor frescor exterior en contraste con la temperatura ambiente. ¡Sabios son los árabes en este aspecto!  

Al pagar me he dado cuenta de que Casa Luna pertenece ya a Cala de Sant Vicenç. Comento a los franceses este viaje que comenzó en 2006 en Saint Palais-Sant Jean Pied de Port y que el año pasado finalizó en Collioure. El chico que me ha atendido conoce las dos villes francesas y me desea buena continuación de mi viaje. Para no tener que volver de nuevo campo a través, pregunto si se puede salir por carretera más adelante, y me responde que sí. “Bon jour”. Al poco de salir del restaurante, encuentro un depósito de agua, poco limpia que, como tiene cítricos flotando, parece sopa de limón.


Cala de Sant Vicenç
Continúo carretera descendente y, dos kilómetros después, llego a playa familiar. Saco foto hacia el mar antes de llegar al pueblo. Tiro hacia el Norte, hacia Punta Grossa, paso por garitos y rampas de embarcaderos de pescadores y me acerco a un lugar tranquilo donde me baño desnudo. Un padre con hijos se tira al agua, nada a unos diez metros de mí y bucea con gafas por la zona. 
 
Al rato se asoma otro y desaparece. Luego un hombre baja por las escaleras, se desnuda y también bucea durante unos diez minutos, sale y trata de acomodarse en una roca, pero está incómodo y acaba pasándose al otro lado, aunque allí la ola salta y le remoja. Intento reducir a la nada mi papiloma del meñique del pie izquierdo, sin conseguirlo, pero sí consigo eliminar una mancha oscura, casi negra, incrustada. Una pedicura me pide 30 € por trabajar mis pies. ¡Ya se arreglaran a mi regreso! Me seco, me visto y me voy.

Es Gorch
Allí, en el bar, un gin tonic de Beefeater me costará 6 €. Me dicen que Figueral, que está hacia el Sur, y lo estoy viendo, pertenece ya a Sant Carles de Peralta. Son las 17:30 h y hacia allí me dirijo. La camarera del Es Gorch me dice que tuvieron suerte con el incendio de mayo porque, al menos, los de esta zona de la isla, no sufrieron las consecuencias. La señora que me ha atendido al principio es de Mallorca y se sorprende porque le hablo mal de los caminos de la Serra de Tramuntana. Le doy toda clase de explicaciones y razones de mi disgusto y el desacuerdo entre privados e instituciones. Me recomienda para dormir Cala Mastella: “un sitio tranquilito”, me dice. No sé si llegaré hasta allí, pues me gustaría pasar antes por la Torre d’en Valls. 
 

La señora me dice que va a ser difícil que la pueda ver porque esta en espacio con muchos terrenos privados alrededor. Efectivamente, será esta última la torre que no veré. Me despido de la señora agradecido de sus orientaciones. Antes de marcharme del lugar, saco foto de la playa desde el lado Sur, que ofrece un bonito semicírculo y de las rocas donde me he bañado. Se ven al fondo los embarcaderos y el camino que he seguido por las rocas hasta llegar al lugar apropiado para el baño. Los barcos fondeados cerca no han sido ningún obstáculo.


Hacia Es Raig
Voy hacia Figueral, con una idea bastante clara de llegar al menos hasta allí, pero el camino me va a ir cambiando continuamente los planes. Primero porque llego a una bifurcación que indica Aiguas Blancas. Un italiano que sale de allí con su furgoneta, me dice que la playa es bonita y que tiene una roca espectacular. Me recomienda que coja carretera en dirección a la derecha pero, cuando llego al aparcamiento, la gente de allí me dice que vaya hacia la de la izquierda. Desde la costa de Es Raig se ve ya a lo lejos la isla de Tagomago.


S’Aigo Blanca
Como por el lado de la derecha que me han recomendado indica apartamentos, desoigo la recomendación del italiano y retrocedo hacia el Norte. Estando en la playa, me doy cuenta del error. No podré ver la roca espectacular anunciada por él. No me apetece deshacer lo andado. Pero, tal como veo la configuración de la playa, intuyo que hay más posibilidades de hacer nudismo al Norte que al Sur, así que continúo hacia Es Raig. Llego a una roca que penetra en el mar y que hace de divisoria natural de una zona que tiene todas las posibilidades para ser nudista. Las olas rompen y salpican contra el saliente roquedal. Aunque en el primer tramo no veo a nadie desnudo, luego ya será otro cantar. Tampoco me va a importar mucho estar desnudo aunque esté yo solo, pues el lugar está poco frecuentado. Para pasar la roca, me tengo que quitar el pantalón y el calzoncillo y voy con ellos en la mano hasta el otro tramo de la playa. No hay mayor dificultad para efectuar el paso. Pronto veo algún desnudo así que, sin vestirme, avanzo y me sitúo entre desnudos y textiles. Algunos ya se empiezan a marchar. Después del baño, pasearé por la orilla hasta los dos extremos de las dos playas. En la segunda playa, un padre va por las rocas, dejando atrás a su hijo que ha optado por ir por el agua. El padre le manda que vaya hacia el camino, pero el niño, desobedeciéndole prefiere continuar por el mar. Pienso que el padre debiera haberle esperado. Al llegar al final, una mujer nudista me saluda al pasar. Tiene un gran manchón en un costado, bajo el pecho. Cuando regreso del extremo, me vuelve a saludar. Un amigo que le acompaña ha ido a ponerse barro. La mancha que le había visto a ella no es otra cosa que eso, barro, que se ha puesto porque en el agua ha sentido un latigazo, probablemente de alguna medusa, al tirarse al agua desde una roca. El barro parece que le alivia. El amigo parece que me podría dar información de la zona pero parece que no encuentra el barro buscado y no acaba de volver. No le voy a esperar. Regreso al tramo de mi playa, donde están mis pertenencias, las cojo y, sin vestirme, voy con todo hasta el otro lado de la roca saliente. 
 
Pasada la roca me visto. Cuando me estoy vistiendo, pasa una mujer desnuda con su bolsa bajo el brazo y ni se preocupa por ir así por zona tan familiar. Chapó por ella. Nadie le dirá nada. Al final de la siguiente playa, puedo ver la roca espectacular que me había anunciado el italiano. No voy a ir a verla, pues el camino, en vez de llevarme hacia Figueral, me va a encaminar hacia Sant Carles de Peralta. Se ve que tengo ganas de llegar a Navarra. También me quedará la duda de si en la zona de esa preciosa roca se practica nudismo o no. Por lo menos, en la zona en que he estado, he podido estar desnudo y a gusto.


Sant Carles de Peralta
Salgo de la playa de s’Aigo Blanca por el mismo aparcamiento por el que he llegado y deshago el camino hacia la carretera principal. En la bifurcación hacia Figueral, decido olvidarme de la costa y me inclino hacia el interior, hacia Sant Carles de Peralta. En el cruce indica también otras playas: Des Lleó, Boix, Mastella. Si hubiese ido por allí, habría visto la Torre d’en Valls, pero como me voy hacia Sant Carles, no la veré. 

Me supongo que será otra torre cortada por el mismo patrón como las que llevo viendo en los últimos días. Al ver la dirección Sant Carles de Peralta me acuerdo que alguien me dijo que allí se hacían los mejores licores de hierbas ibicencas, que las hacen artesanales y me hace pensar que será posible dormir allí en alguna pensión barata, al estar en el interior. Hay que tener en cuenta que en toda la isla de Eivissa no he dormido ni una sola noche en cama. Una pareja sudamericana me dice que Sant Carles está a unos dos kilómetros. Llego a un segundo cruce con indicadores hacia las mismas playas de antes. 
 

En la cima hay un bar que también es tienda de comestibles y funciona como autoservicio. Bebo una cerveza. Pago 2 € y será el último gasto del día. Pregunto por si tienen habitación para dormir y me dicen que no. Me dicen que llegue al pueblo y que doble en la primera casa y pregunte por Anita. Saco una foto panorámica de Sant Carles de Peralta y hago lo que me han dicho los del bar. Aunque no son todavía las ocho, ya está todo a tope de gente. Consigo que un camarero me haga caso y me dice que ellos no tienen camas para alquilar, que a Anita ni la conocen, y que no saben de nadie que alquile. Salgo a ver el pueblo, hago un pequeño recorrido por la iglesia, la rodeo y fotografío en dos posiciones y entro en otro restaurante. El dueño me dice que vaya a Es Canar, que allí hay mucha oferta hostelera. Me dice que salga por una rotonda.
¿Es Canar o Mastella?
Pero al llegar a la rotonda, veo de nuevo indicador hacia Cala Mastella. Ya es la tercera vez que los indicadores me orientan hacia allí y, a la tercera será la vencida, esta vez les hago caso. Además compruebo que Cala Mastella está en el número uno del circuito Sant Carles – Sant Carles, así que me supongo estará bien señalizado. 


Pero siguiendo esa dirección, me equivoco y hago una mala interpretación de la misma y, sin querer, voy en dirección a Es Canar. Como voy muy inseguro, en la primera ocasión vuelvo a preguntar. Una pareja que pasa en una moto, les grito mi pregunta, y paran un poco más adelante. Me dicen que debo retroceder y seguir la señal que he abandonado. Agradezco a la pareja y les pido perdón por haberles interrumpido la marcha. He tenido suerte porque pertenecen al grupo de extranjeros a los que les gusta ayudar. La carretera que me va llevando a la playa no tiene casi arcén y, el poco que tiene, lo ocupan las malas hierbas que salen del pretil hacia la calzada. No estaría mal que de vez en cuando hicieran una limpia. Todavía es de día pues el sol de ocaso no ha caído del todo, pero no me conviene andar por carreteras de estas características al anochecer. El último tramo lo hago por entre un bosque de pinos muy bonito. La púa del pino adorna los bordes de la carretera. Tras alguna nueva duda, consigo llegar a la cala buscada.

Cala Mastella
Cuando llego, el restaurante ya está cerrado. Pregunto por la playa a un hombre que está en la terraza, y me dice que, por donde voy, voy bien. Al llegar a la playa, quedan dos parejas. Luego me doy cuenta que en la zona de rocas hay otra. Me desnudo y me doy un baño que me refresca lo suficiente, pero no me gustan las piedras que hay en el fondo. Todos se van a ir marchando mientras me seco al aire y hablo con la pareja que queda. Son dos vendedores ambulantes de objetos artesanales hechos por ellos. Ella es cántabra y él malagueño. Les cuento algo de mi viaje y alguna de las últimas anécdotas, pero no tendremos tiempo para charlar de sus provincias y de mi paso por sus costas. Son las 21:30 h y a ellos se les hace tarde, pues han venido de Cala Llenya, que está algo más al Sur y mañana pasaré por ella, después de un día aciago en que no han vendido nada.

Anochecer en Cala Mastella
Ya se han ido los vendedores. Yo tampoco les he comprado nada, para que tengan el día completo. Me quedo solo y monto mi cama junto a las hamacas apiladas y encadenadas. En el cañaveral cercano pulula algún mosquito. Unas cañas que también me van a ocultar la Osa Mayor. Como prevención, me doy repelente y un buen masaje de Aloe-Vera en los pies y espero hasta ver cómo la luna, casi llena pues ya está menguando, va apareciendo por el fondo, entre los árboles. Al inicio de la noche había asomado una nube grande, que cubría casi todo mi cielo, pero la montaña de enfrente se la ha ido comiendo, volviendo a quedar todo despejado. La segunda vez que me levanto a orinar, el firmamento se ha vuelto a cubrir de nubes oscuras. Pero tengo suerte y no llueve en lo que queda de noche.

Balance de una jornada completa por el Este
Hoy ha sido el día de todo Baleares que más recorrido he hecho por interior, algo semejante a lo que me ocurrió anteayer. A pesar de ello he aprovechado todos los lugares de baño posibles: desde primera hora en Cala d’en Serra, hasta la última en Cala Mastella, pasando por Cala de Sant Vicenç, en las rocas y s’Aigo Blanca, en playa nudista. Bien el desayuno en el Vista Alegre de Sant Joan de Labritja y la comida francesa para olvidar. Sin encuentros interesantes y, para uno que hubiera podido serlo, llego demasiado tarde donde los vendedores cántabro-andaluces. La cala Mastella me la han recomendado en Es Gorch, donde he tomado la tónica con ginebra y me han atendido bien. No es muy interesante, pero ha sido un lugar tranquilo para pasar la noche.

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