lunes, 19 de mayo de 2014

Etapa 40 (282) Porroig-Cala d'Hort

Etapa 40 (282) 12 de julio de 2011, martes.
Porroig-Cubells-Cala Cubells-Cala Llentrisca-Cubells-Torre del Pirata-Cala d’Hort.


Aunque no la visito, ni sé si es visitable, lo que más me va a impactar hoy desde el punto de vista geográfico, es la Illa Es Vedra, por su majestuosidad. Estaré gran parte de la tarde mirando cómo juegan las nubes con ella.

Amanecer en la barca de Porroig
Me despierto a las 6:15 y, con gran deseo de salir de tan incómoda postura en la barca, para las 6:30 h ya estoy en marcha. Subo a un pequeño peralte para poder sacar foto de la barca. 

El travesaño que sirve de asiento, me ha molestado bastante durante la noche, sobre todo en los cambios de postura, aunque tiene cierta altura. 

La posibilidad de darme un baño en un lugar con tantas piedras no me resulta grata y me voy sin bañarme. Antes de irme, descalzo la barca para que quede como me la encontré ayer. He apartado la piedra que la sustentaba. Salgo a carretera conocida y saco foto para que se vea el lugar donde está la barca para el recuerdo. Es la blanca más horizontal.
 
Subiendo por la carretera, veo un muro que me llama la atención, las piedras están muy bien ensambladas y da la sensación de que no tiene argamasa, ni cemento. Quien haya hecho este muro demuestra profesionalidad y artesanía. 

 

Cuando llego a la cima, saco foto del conjunto, con las casitas bajas de Porroig en la ladera y sobre el acantilado. Hoy solo fotografío ese lado, ayer, al bajar, los dos lados de la bocana. Prácticamente están los mismos barquitos, veleros y yates que estaban ayer por la tarde. 

Cuando ya estoy arriba cerca del cruce, al estar más alto, puedo ver la salida del sol entre árboles. 

 



En el cruce fotografío el cartel que me llevó a Porroig creyendo que me alejaba de Xarco y Jondal, cuando en realidad, lo que me estaba es acercando por Porroig de nuevo a Cala Es Xarco. Es cierto que por carretera están a unos 6-7 kilómetros de distancia, pero por donde fui y volví, entre árboles, no había ni cinco minutos.


De Vista Alegre a Cubells
Veo indicadores de recorrido para bicicletas y elijo las vías 12 y 7, pero no tengo ni idea de a dónde van. Cuando veo que empiezan a descender, lo abandono pues, de lejos, veo un coche en la carretera y prefiero ir a lo seguro. Me encuentro con una señora que es a la primera que oigo hablar de Es Cubells. Miro en mi mapa y parece que es costa, pero la señora me dice que no y ambos, señora y mapa, tienen razón. El tema es que Es Cubells está sobre un muy alto acantilado y, realmente, la parte construida y más poblada está muy alejada del mar, sólo las urbanizaciones de los nuevos colonos se van acercando a la costa cuanto el acantilado les permite. De hecho, la iglesia que veré está dedicada a Nuestra Señora del Carme, patrona de los pescadores, cuya fiesta se prepara. Encuentro una construcción que muy bien pudiera ser un bunker, un talayot (si es que en Ibiza también los hay) o, lo que pienso que puede ser más probable, un horno. ¿Para la obtención de cal?, me pregunto. Saco la foto del probable horno, y continúo hacia la carretera para seguir adelante. 
 

Siguiendo la carretera, que ya ha salido de interior y ahora va por la costa, aunque muy alejada de ella en altura, saco foto de unas construcciones, que aseguraría pertenecen a Vista Alegre a la vez que el mar se mete hacia tierra. Mirando hacia atrás, hacia Levante, todavía asoma la parte más Sur de la zona que es la Punta de Porroig. Avanzando y ya próximo a Cap Negret, ya se empieza a ver algo de Cubells, aunque los arbustos y las curvas de la carretera todavía me ocultan su geografía. 
 
Pero al fondo, a Poniente, ya descuella con nitidez el Cap de Llentrisca. Llegaré hasta la cala del mismo nombre que, justamente, se empieza a ver un poco desde aquí. La misma mujer me ha hablado del cruce de cala d’Hort, pero sin saber su grafía, entiendo Cala d’Or y me recuerda a la urbanización de Oropesa. Esto no tiene nada que ver con aquello. Cuando llego a un cruce veo señal de Caña d’Hort. Ahora ya sé cómo se escribe. Así llego a un bar.

Bar Mestre, desayuno
Pido tostada con tomate, que me sacan en cuatro trozos, y descafeinado con leche y, mientras escribo, bebo una tónica (5,15 €). La terraza está muy animada y con mucha variación: alemanes, franceses, italianos y dispone de un supermercado al que, cuando acabe de escribir, voy a entrar a visitar. Tras tres horas escribiendo, lo hago a las 11:15 horas. En el supermercado compro 2 melocotones, 2 plátanos, avellanas y pasas (6,20 €) que pago en efectivo. Así, por lo menos, dispongo de frutos secos para una eventualidad y si me quedo sin desayuno, comida o cena, puedo tener un recurso alimenticio a mano. Salgo a carretera y, como buen peatón, circulo por el lado de la izquierda, con vistas al mar.


Cubells
Pronto llego a la desviación a Cala d’Hort, que ahora ya la tengo localizada en mi mapa, que ya está a Poniente de la isla y a donde llegaré a dormir. Pero antes voy a dar una vuelta considerable. No sigo el indicador de Cala d’Hort, pero sí el de Cubells, cogiendo hacia la izquierda. Ya voy acercándome de nuevo a la costa. Lo más interesante que encuentro al llegar es la Iglesia. En mi mapa pone M. de D. del Carme. Es una hermosa iglesia muy encalada en su exterior. La fachada es muy sencilla, con pequeño campanario y una ventana rectangular en sentido vertical que, quizás, sea lo más sorprendente. Algunas luces todavía están encendidas. Me parece un despilfarro innecesario, que no se justifica ni siquiera teniendo en cuenta la proximidad de la festividad de la Virgen del Carmen. Entro en la iglesia y, por su interior no descubro nada que atraiga mi interés. Sólo me fijo en la patrona de los pescadores. Una señora que camina por el pasillo central y con la que coincido en la salida me dice: “merece la pena que te quedes a ver. La sacamos en procesión, la llevamos en barca por el mar, le echamos pétalos de rosas y otras flores y la volvemos a traer al sitio de donde salió”. Le digo que estoy de paso y, si tengo suerte, lo veré en otro lugar. Aunque el pueblo es pequeño, lo siguen celebrando al igual que en otros pueblos marineros de la península y tiene un público fiel y turistas que siguen viniendo a ver el espectáculo. Todavía faltan unos días para la festividad, pero el 16 ya estaré en la zona más Norte de la isla, en Portinatx.


Costa abrupta hacia Cap de Llentrisca
Empiezo a bajar por carretera hacia las playas de la costa. A tres chicos que trabajan en jardinería, en cuidado de plantas y limpieza de jardines, les pregunto: “¿Vuestro trabajo es dejar dinero?”. Y me responden: “No, nosotros trabajamos y nos pagan”. Han pillado mi broma y se enrollan. Se quejan de calor y yo, ¡cruel!, les digo que voy a la playa... si es que la encuentro. 

Uno de los jardineros me dice que nunca ha ido a la Cala Llentrisca, así que en poco, más bien en nada, me va a poder ayudar. Les digo que voy con intención de no volver, de pasar de la cala, por la montaña, a Cala d’Hort. Si no lo consigo, pasaré de nuevo por aquí, por Cubells. Así me despido de los jardineros que, al regreso, no veré. Camino por la carretera, al borde del acantilado. De lejos, las playas que se ven abajo parecen de piedras y rocas y difíciles de acceder. Las distintas carreteras que voy viendo, que se van desgajando de la principal, pasan por viviendas aisladas y produce la impresión de que son obstáculos añadidos para impedir llegar al mar. La carretera continúa descendiendo y llego a una carretera que se escora hacia la izquierda, donde un letrero anuncia bar Cubells. Esa carretera es la que lleva a playa Cala Cubells, pero como mi intención es la de llegar a Cala Llentrisca e ir a la de Cubells me va a suponer tener que bajar bastante, para luego subir, decido olvidarme de dicha desviación y continuar hacia adelante.

Urbanización con barrera
Si quiero continuar por la carretera, es necesario entrar en una urbanización que está controlada por vigía en garita y una barrera que impide el paso a vehículos que no pertenezcan al complejo. El caminante puede pasar, pero la barrera ya cumple función disuasoria. Dentro de la garita, la vigilante es una mujer, que se encarga de levantar la barrera tanto a vehículos que salen como a los que entran. Ella no sabe si por esta carretera se llega a Cala Llentrisca. 

Una pareja en moto se vuelve, pues les han dicho que llegar a la cala es difícil, y se van hacia Cala Cubells. Además de la barrera, con este tipo de información de dificultad y la desinformación que ofrece la vigilante, el efecto disuasorio se multiplica, para que dejemos tranquilos y no molestemos a los usuarios del complejo urbanístico. Así con su cuota, los clientes pagan el disfrute de su guarida y el derecho a su tranquilidad. Yo hago uso de mi derecho a pasar, ya que la carretera no es privada, lo único privado es la entrada de vehículos, ya que no hay ningún espacio para aparcar. Sólo entran los vehículos que ya tienen espacio propio en su vivienda.


Baño entrando por finca privada
Camino bastante rato por carretera y encuentro un acceso que baja hacia una subestación eléctrica de Cubells y veo unas escaleras bastante empinadas que siguen bajando. Desciendo por ellas y me llevan a otro tramo de carretera que finaliza allí mismo, en finca y casa particular. El portón de doble hoja está abierto de par en par y veo a trabajadores de la construcción haciendo tareas de reparación y puesta a punto de la vivienda y de la zona ajardinada. Les pregunto por Cala Llentrisca y no me saben decir por donde se va, pero me indican que por dentro de la finca hay un acceso al mar, que los dueños de la casa suelen utilizar para baño, aunque es de piedras y rocas. El acceso está preparado para uso privado, pero no está demasiado bien y da la impresión de que poco uso le dan sus dueños para baños pues, si no, pienso, lo tendrían todo en mejores condiciones puesto que es un lugar totalmente exclusivo, ya que no hay otro acceso. Venir por las rocas es complicado y arriesgado y la opción mejor sería llegar por barco, pero no tiene sentido venir en barco hasta aquí habiendo sitios con mayor atractivo. Llego, me desnudo, doy un baño, me seco al aire y saco fotos en los dos sentidos. La primera hacia Cubells, que no se ve y el Cap Negret y la otra hacia el Cap Llentrisca que, tal como se ve, ya lo tengo muy próximo. Es cuestión de salir por el portón por donde he entrado y buscar el acceso a la cala que busco que ya no tiene que estar muy lejos. En la segunda foto, hacia Llentrisca, unos chavales juegan a tirarse al agua desde un barco que tienen anclado por allí cerca. Una vez seco, me visto y asciendo hacia la casa y la salida a la carretera. 


Saludo a los operarios y agradezco que me hayan facilitado la entrada y, aunque el baño no ha sido extraordinario, al menos me ha servido para refrescarme. Ya de nuevo fuera del recinto privado, decido no subir a la subestación por escaleras tan empinadas, y sigo hasta el cruce. Así sé que estoy en calles con nombres que homenajean a pintores clásicos de fama universal. Por la que voy viniendo desde la finca del baño recibe el nombre de El Greco, que se encuentra con Velazquez. Sigo ésta y llego al indicador de calle cortada y el letrero con el nº 12, que es el número correspondiente al itinerario 12 para bicicletas y que finaliza al lado de una casa. Este número ya me lo había encontrado saliendo de Porroig. Desde arriba saco una nueva foto del acantilado y las casas diseminadas de la urbanización.

Cala Llentrisca
Me da la impresión de que los ciclistas, en este tramo, deberán bajarse de la bicicleta, pero para el caminante es un sendero muy agradable que, una vez pasada la casa, empieza a descender. En la primera curva hacia la derecha, ya puedo contemplar la Cala Llentrisca, con sus embarcaderos y garitos para guardar las barcas. Un velero está en la rada con vela en la botavara. Saco una foto con el cabo al fondo. 
 

Sigo descendiendo y, desde un punto en que la playa se define al completo, saco foto con el sendero por el que estoy bajando. Hacia la mitad de la playa hay un embarcadero más volátil, como una especie de largo trampolín, y en su extremo una parejita de jóvenes simula movimientos de folleteo. 

 


Ambos están con bañador. Sin llegar a donde están ellos, saludo de lejos, me desnudo y me intento dar un baño, pero toda la zona está llena de algas marinas y el único sitio libre de ellas está por donde está la parejita así que, sintiéndolo mucho y sin ánimo de molestar, me acerco y se lo digo. 
 

Me meto en el agua y nado un poco. Tras un ratito en esta zona con fondo de arena, salgo del agua y me vuelvo a mi sitio. Saco foto del lugar donde me he acomodado, muy cerca han dejado unas redes recogidas listas para ser cargadas en algún barco pesquero. Punta Llentrisca, al fondo. Saco otra de la playa, donde los jóvenes no dejan de juguetear con sus cuerpos. Tras un rato de descanso, me seco y me visto. 
 
Me llaman al móvil un 1400, pero no logro ponerme en comunicación. Me vuelven a llamar más tarde. Es Lagun-Aro invitándome a una reunión en un hotel. Les digo, “no podré ir, estoy en Ibiza”. Antes de marcharme, fotografío desde la playa algunos de los habitáculos más cercanos, diseñados para guardar pequeñas embarcaciones. El camino ascendente se adivina, más que se ve, por encima y lo cogeré pronto de regreso a la casa, donde está la moto de los jóvenes de la cala, lo haré en 5 minutos.

Retorno a Cubells
Ya en la cima, intento ver por dónde va el camino del itinerario nº 12 para bicis, pero no logro localizarlo. Me resisto a creer que no haya un camino que atraviese la montaña de Llentrisca hacia Cala d’Hort. Como no lo encuentro, tardo unos 15 minutos en llegar a las escaleras de la subestación eléctrica y otros 15 hasta la barrera. Desde arriba del acantilado, saco una nueva fotografía hacia el mar, entre pinos. La encargada de levantar la barrera está comiendo y, para que lo sepa, le digo cómo se llega a Cala Llentrisca. Ni toma nota, ni muestra ningún interés, así podrá seguir no informando a los que pregunten por la cala. Aprovecho la ocasión para criticar a los poderosos que construyen altos muros para que no les veamos y, a la vez, nos ocultan el paisaje que es patrimonio de todos. 

Podrían poner verjas translúcidas y no muros de piedra y cemento. No es nada sorprendente que la sociedad de consumo haya hecho agua por su línea de flotación. Paso el bar de Cala Cubells y no hago ni mención de acercarme. Saco una foto de una casa con piscina preparada para unos cuantos, sólo una persona está en uno de sus cubículos arrellanatorios. Pasa por carretera en su coche uno de los jardineros y me pregunta cómo me ha ido. Le digo que he encontrado el acceso a Cala Llentrisca, pero no un camino que me lleve hacia Cala d’Horts. “Me gustaría hoy dormir a Ponent”, le digo y se ofrece a llevarme, pero ya sabe que mi camino es a pie y no insiste.

Restaurante Llumbi
Al pasar le había echado un vistazo y ahora entro para ver si como aquí. Está próximo a la iglesia del Carme. Como una ensalada mixta y el filete más exquisito que nunca he comido hasta hoy. Me lo han servido sangrante, como a mí me gusta la carne. Llega acompañado de patatas fritas riquísimas. Se confirma que la mejor manera para apreciar una comida es llegar con hambre. Bebo dos cervezas. Me obsequian con un chupito de hierbas de tomillo. Me lo sacan con hielo y es cierto que tiene sabor a tomillo. Pago 19,80 € con Visa. Escribo. Una cuadrilla, una quincena de ingleses, está comiendo al fondo. El camarero tiene un toque gracioso, no sé por qué pero en algo me recuerda a mi amigo Sergi. Se pone a hablar con un gitano de esoterismo y del efecto 2012. Todos los calendarios coinciden en la fecha e indican que el 20.12.2012 se va a producir el fin del mundo. También los Testigos de Jehová insisten con la misma matraca. Ya vendrá cuando nosotros los humanos hagamos alguna majadería definitiva, de las que el agujero de ozono, puede no ser más que una mínima muestra. 
 

De momento, lo único que me preocupa es que Rajoy me baje demasiado la pensión. Exprimo el limón, que me han sacado con el filete, en la botella y la voy a llenar de agua. Cuando la beba por la tarde sabrá horrible, pero hago de tripas corazón y me imagino que bebo agua con sal y bicarbonatada. Al menos me evitará la deshidratación. Hoy debiera haber comprado agua en el Supermercado del Bar Mestre, pero ya es tarde para lamentarlo. Espero que la calidad del agua mejore según asciendo hacia el Norte. Mientras estaba escribiendo, han aparecido dos negritas, habría que decir mejor, dos negrazas, a las que les han estado haciendo un reportaje fotográfico. 
 

Ellas han posado en mil posturas distintas y yo aprovecho para presentar dos instantáneas que completen y alegren un poco mis imágenes del viaje. Aquí os las ofrezco. 

 





Como despedida saco foto del Bar Restaurante Llumbi que, a lo largo de estas primeras horas de la tarde, se ha venido animando mucho, y para que no se me olvide la exquisita carne que he comido. Aunque hace un calor bochornoso, tengo que salir si quiero llegar a dormir a Cala d’Hort. 
 
Desde la parte delantera del Llumbi, me asomo al acantilado y saco una foto de todo el panorama por el que he caminado está mañana hasta llegar al final de la cala Llentrisca que, desde donde estoy y con la neblina marina, apenas se ve. Es la última foto que tendré del Cap Llentrisca desde el lado Sur. La siguiente ya la sacaré en el entorno de la torre del Pirata, desde Poniente. 


Ya en marcha, paso al lado de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen y saco una foto más interesante que la de esta mañana, puesto que aquella la saqué demasiado frontal. Al mantener los contrafuertes con la piedra y la argamasa naturales, ofrecen un contraste curioso con el encalado general tan blanquecino.

De Cubells a Cala d’Hort. Asoma Es Vedra
Continúo por la carretera con intención de llegar al cruce, donde ya indicaba la dirección a Cala d’Hort. En una finca, encuentro a un chaval de Tetuán, que tiene familia en Ibiza desde hace muchos años, y que está haciendo la tarea de quitar hierbas con un aparato de mango largo. Hablo un poco con él y le cuento el recorrido que estoy haciendo. Cuando me despido me desea suerte y me dice: “Agur”. Le había dicho que era del País Vasco. Estos africanos se las saben todas, tienen facilidad para aprender idiomas, en muchas ocasiones, fruto de la necesidad. Sigo caminando y oigo voces por detrás en esta carretera sin arcén, voces extranjeras. Se trata de dos chicos que vienen de algún lugar cercano, donde están hospedados. Ellos vienen sin peso y siguen hacia Cala d´Hort. 

Empezando a divisar hacia el Norte algo de Cala d’Hort, me sorprendo con una imagen insólita, me resulta algo fantasmal. Es como una montaña que surge por detrás de la montaña Llentrisca que está a 413 metros de altura. Pero luego veré que no se trata de ninguna montaña, sino que es una isla, se trata de Illa Es Vedra, que tiene una altitud de 381 metros. 
 

La primera foto que saco de esta isla ya me ha impactado y, a lo largo de la tarde la fotografiaré varias veces. Lo que más me llama la atención es cómo va variando la posición de su sombrero de nubes. Va a ser difícil verla sin él. (Escribo esto mientras espero la cena en Cala d’Hort y con las dos islas delante). Cuando saco la primera foto estoy llegando a una encrucijada. La carretera continúa hacia la derecha, hacia Cala d’Hort, y el camino ancho de la izquierda ofrece varias posibilidades: subir al punto más alto de Llentrisca, descender hacia la Torre del Pirata, que otros llaman Torre del Savinar, asomarse al Cap des Jueus o bajar a la Cala Atlantis. Llego a un lugar donde aparcan coches. Un chico con una chica negra acaban de llegar, han aparcado la moto, me preguntan de donde vengo y les digo “he venido en motora” y me río de la ocurrencia, no vaya a ser que se lo crean. Les digo que voy hacia la Torre del Savinar, o del Pirata, y ellos me dicen que van hacia la playa.
Torre del Pirata y Atlantis alucinógena
Luego veré que la playa es el borde de la plataforma en donde estamos. Lo primero que hago es ascender a la montaña y saco foto de la Cala Atlantis. Lo que más me interesa no es tanto la cala, como tener una foto del Cap Llentrisca desde este otro lado, después de haber estado tan cerca de él esta mañana y no haber encontrado camino para acceder y haberme ahorrado tanta vuelta con el regreso a Cubells. 


Por otra parte pienso que me habría perdido tan rico filete y tan agradable atención. Un catamarán con alto mástil y sin desplegar velas y una motora que llega de Llentrisca hacia Es Vedra, completan el paisaje. Esta es la última foto de un Sur que ya empieza a ser Oeste ibicenco. Katy me dirá algunas cosas referentes a Cala Atlantis. Siempre se llamó Cala Pedrera, pero vinieron los hippies y le cambiaron el nombre. Algunos dicen que desde allí se ven Ovnis y otras luces extrañas, pero Katy sabe que es como consecuencia de lo que fuman y beben.  



Un extranjero, que está con su hijo, me dice que la mejor manera para bajar a Cala Atlantis es acercarse hasta la torre del Pirata, subir a ella, y dejarse caer en vertical. “Llegas rápido”, me dice. Tanto la foto de Atlantis con Llentrisca, que acabo de comentar, como las cuatro siguientes las saco prácticamente desde la misma altura. Hacia el Cap des Jueus, saco foto de la Torre del Pirata, ya comentada. El camino no es muy bueno, y no me acercaré mucho más. Esta torre está también muy rehabilitada y será de la primera que tendré oportunidad de ver su terraza. Por la posición privilegiada en que estoy para poderlo ver, puedo colegir que no tiene acceso por el interior, aunque no tengo certeza absoluta, puesto que no veo toda la superficie de la terraza. También asoma en el mar un extremo de Illa Vedranell.

Empieza el Poniente de Ibiza. 
Illas Vedras
Otra foto la dirijo hacia las dos islas Illa Es Vedra e illa Vedranell que por la niebla, la hora y la orientación hacia Poniente, produce de Es Vedra una sensación más fantasmagórica que la foto primera. El casquete de nubes y la luminosidad imponen al visitante, que está predispuesto a dejarse conquistar por esta isla. Habrá que dejar pasar el 18 de julio para que la vuelva a ver desde Formentera. 
  
En la siguiente meseta, donde hay una construcción en color terroso, que tiene la virtud de confundirse con el paisaje, el acantilado, quizás por estar orientado hacia Poniente, se configura con unas características muy diferentes al resto de acantilados que vengo viendo por el Sur. Éste es más terroso, menos pedregoso, y la vegetación también crece de forma diversa. Luego bajaré y hablaré allí con la pareja de la moto que toma el sol. Él está muy moreno, pero ella le supera, parece de ébano, puesto que es de raza negra. La quinta foto ofrece ya una visión hacia Cala d’Hort. Entre Cap Blanc y Païsa d’En Marc se amplía la meseta que he presentado antes y hay parcelas con mucho arbolado donde crecen algunas casitas que parecen de calidad. En la playa que vemos en la primera ensenada dormiré esta noche.


Kim
Empiezo a descender hacia la explanada por caminos inciertos y me encuentro con Kim, inglés nacido en Malabi. No tiene nada de africano, puesto que tiene toda la apariencia de un inglés. Me acompaña en la bajada. Kim no ha querido subir a la cima y se ha quedado sin ver la torre. 


“Me interesa más lo de abajo”, me dice. No sé si se refiere a Atlantis, la plataforma, o Cala d’Hort. Le cuento a grandes rasgos mi paseo por las islas. Llegamos a la plataforma donde toma sol la pareja de la moto, nos saludamos y Kim me pide mi apellido. Me parece que se refiere al nombre, se lo digo, nos despedimos y seguimos cada cual hacia sus intereses. Saco una foto de Illas Vedras.

Un buen consejo
Mi intención es seguir la plataforma, por el borde cercano a la costa, y atravesar por entre las construcciones que he visto desde arriba de Llentrisca. Un hombre, que está en esa terraza o meseta natural, con su madre, me dice que si no conozco bien el lugar que me abstenga de ir por ahí, que hay muchas propiedades privadas, que me voy a perder y no voy a adelantar nada. “Yo te recomiendo que salgas a la carretera por la que has llegado hasta aquí”, me dice. Saco foto de Illas Vedras. Como no me apetece retroceder para llegar a la carretera, no abandono mi primera intención y me las veré y las desearé para salir del atolladero donde me meto. 

 


La costa está complicada y, finalmente, me meto por un camino antiguo, del que se ha apropiado en parte una casa. Me veo obligado a entrar en el recinto de la casa y acabo saltando un pretil bajo, junto a la puerta. Todavía tendré que hacer varias idas y regresos hasta que, ¡por fin!, consigo salir a la carretera. ¡Ay si hubiese seguido el sabio consejo del hombre! En este camino saco foto de la montaña que ha quedado atrás con la torre que asoma y la cima de illa Es Vedra que ahora se ofrece despejada por primera vez para mí.

Cala d’Hort
Ya me voy acercando a mi objetivo de hoy, y saco fotos a la bahía que se va asomando. En la primera, no se ve la arena, sólo las casetas del embarcadero. Todavía tendré oportunidad de ver, un poco más adelante, la playa al completo, con las casetas al fondo. Yo dormiré en el último tramo de arena, en una especie de cueva, pero sin meterme muy adentro, puesto que no tiene profundidad.  

La cabeza estará bajo techo, pero todo el resto de mi cuerpo quedará a la intemperie. Estando durmiendo tendré una visita inesperada que me abandonará rápidamente. Una vez llego a la cala, me acerco al restaurante para mirar la carta. Me parece una oferta cara, y todas las noches no puedo permitirme el lujo de un cabracho o similar, así que me limito a pedir una cerveza. Pago 2,30 € y bajo a la arena.



Baños en la platja de Cala d’Hort
Como es playa familiar, me voy al extremo, hacia la zona del embarcadero y, junto a la cueva, veo dos toallas blancas con ribete azul, que me hacen pensar que los propietarios son usuarios de algún hotel, de los que suelen indicar explícitamente que no se saquen toallas a la playa. 
 
La ropa la tienen arrebujada y las toallas no están bien extendidas. Indago dónde pueden estar los dueños de la ropa y creo que pueden ser de una pareja que se está bañando en la zona límite de separación, donde están ancladas o amarradas las embarcaciones de recreo. Luego se confirmará, cuando les vea salir del agua. 
 

Me desnudo y me doy un baño. No me paseo para secarme, sino que me siento dentro de la cueva. No hay nadie desnudo en toda la playa. Mientras tanto no hago más que observar illa Es Vedra y todo su juego de transformaciones. Saco varias fotos, que serán las últimas de mi reportaje del día. Cuando ya estoy seco, me tumbo sobre mi toalla, que se va llenando del cascajo que cae de la pared. El viento ha cambiado y el día ya no está tan pesado. 
 
Las nubes del casquete de la isla, aparecen, la rodean como sombrero de plumas, y se disipan. Resulta un juego divertido. Siempre dispone de una aureola, más o menos, diáfana. La pareja que se bañaba en el límite, regresa, y se va hacia el embarcadero. Allí, en uno de los malecones, continúan la charla. No tengo certeza si el malecón era para que las barcas carguen y descarguen personal o es una especie de trampolín para lanzarse de cabeza al agua. 
 

Es la misma duda que me ha quedado de Cala Llentrisca, donde jugueteaba la parejita de esta mañana. Al cabo de un rato, vuelven a mi sitio, se visten sin cambiarse el bañador húmedo por algo seco y se llevan las toallas que he pensado eran de hotel. Me doy un segundo baño y me seco de pie dentro de la cueva, así no me cae encima el cascajo que se desprende de la pared de arriba, y me permite estar oculto. La playa ya se está vaciando. Cuando me estoy vistiendo para marchar, llega una mujer joven con su niña desnuda, se desnuda también la madre y se meten las dos al agua, cuando yo ya me estoy marchando. Me sirve para saber que no sólo yo he estado allí desnudo. Han llegado con un churrito, de los que se usan en piscina para afianzar y que floten los niños que aprenden a nadar, que siempre le va a dar un plus de seguridad para que, en un momento de descuido, no se le ahogue la niña.

Restaurante Cala d’Hort
Como en el primer restaurante ya he visto la carta, ahora me quedo en el más próximo a la playa. En la carta de éste, ofrecen spaghetti boloñesa a precio razonable. Una buena ración de hidratos de carbono me lo agradecerá el cuerpo. Completo la cena con huevos fritos con patatas fritas. Al camarero le parece que he pedido mucho para cenar, pero no sabe él lo que hoy he caminado. Como todo muy a gusto, pago con Visa 19,25 €, donde veo que Cala d’Hort sigue perteneciendo a Sant Josep de sa Talaia, y me pongo a escribir el diario. Es curioso saber que, desde que salí de la capital, salvo en el territorio que pertenece a Cubells, por donde me he movido gran parte del día de hoy, el resto pertenece a este vasto municipio de Sant Josep de sa Talaia. Los restaurantes La Escollera, Es Xarcu y Cala d’Hort, así lo constatan. Eso ocurrirá hasta que mañana no llegue a Cala Vadella. Si adelanto hoy el diario, mañana tendré menos para escribir a la hora del desayuno. El lugar es propicio, puesto que he cenado, el local no está lleno, dispongo de una mesa para mi solo y, luego, no tengo problema puesto que ya sé dónde voy a dormir. Confío en que nadie me quite la cueva, aunque no haya puesto el cartel de “reservado”. A mi lado, en la terraza, ha cenado un chico taciturno que, en realidad, ha fumado más que cenado. Se supone que el humo también llena o, al menos, produce sensación de saciedad. Se ve que el muchacho tiene problemas difíciles de resolver, pero no sabe que si no come, va a tener problemas añadidos. Dos italianos comen una hermosa paella. Una palmera muy sana me oculta parcialmente mi isla favorita, pero ya la he visto en demasía toda la tarde y no va a pasar nada porque ahora nos demos un descanso.

Eva y Aurora con tacones
Han llegado dos chicas, una de ellas con tacones finos, y se han sentado junto a una mesa en la terraza, en primera línea de playa y mar. Dejo pasar un rato, acabo de escribir el diario con todo puesto al día, pero no me apetece ir todavía a dormir. Al pasar al lado de Aurora, le comento: “un calzado muy apropiado para venir a la playa” y, aunque me podía haber dicho: “y a ti qué te importa”, la señorita está bien educada, es su primer día de vacaciones, probablemente no ha detectado agresividad en mi comentario, y su respuesta da pie a conversar. “Llegamos ayer noche de Valencia y nos han metido en un hotel, con música a tope, y nos hemos escapado en taxi porque aquello es insoportable”, dice Aurora. Dicen que están en la capital, pero yo intuyo que están en la playa d’En Bossa. Como me da la sensación de que podemos estar un rato charlando a gusto, les propongo que me acepten una invitación y, al ser afirmativa, pido tres cervezas por las que pago 6,45 €. Dicen que la música potente de su hotel está orientada hacia jovencitos. Les sorprende que, siendo amiga la de la agencia de viajes, les haya recomendado un hotel de esas características. Ayer visitaron la ciudad amurallada y les gustó y hoy, queriendo escapar del hotel, les han aconsejado la puesta de sol de Es Vedras. Por eso han venido en taxi, pero no han podido ver la puesta de sol. “Ni yo tampoco”, les digo, puesto que es verdad y para que no sufran. En realidad no creo que haya habido puesta de sol. Dentro de dos tardes veré la más bonita desde Punta Galera. Aurora y Eva, todavía tienen que regresar en taxi. Lo pedirán cuando decidan marchar. Les hablo de mi viaje y de lo que más me va gustando de lo poco que he visto de Ibiza, que ha sido sólo el Sur de la isla. Nos ponemos a hablar de mi paso por la Albufera, mi comida en el Hotel Sidi y se sorprenden de que no me dijeran que podía comer en los chiringuitos de la isla de la albufera, que ofrecen paella. Les cuento anécdotas de mis viajes. En mi diario leo: “Aurora se ríe con lo de Eugenia” y ahora mismo no sé qué le pude contar de Eugenia ni de quien puede ser tal señora. También Eva cuenta de una experiencia con su marido por un baño en bolas en las frías aguas del Norte, en Lekeitio. “No nos atrevíamos, pero como veíamos coches aparcados en sitios abruptos de la costa…” Aurora es la que más énfasis pone en expresar la envidia sana que le produce mi viaje, en especial porque “yo, jamás me atrevería”, me dice. Nos hemos bebido las cervezas, y hemos brindado por nuestras vacaciones. Seguimos muy a gusto con la cháchara. Ya ha oscurecido. La luna permanece oculta entre las nubes. Caen unas gotas, así que nos levantamos y nos despedimos. Les doy mi blog para que me hagan algún comentario. Eva tiene amigos en Bizkaia y va de vez en cuando. ¡Hasta otra!

Noche con rata en Cala d’Hort
Eva y Aurora han ido a pedir un taxi. A estas horas no hay otro medio para volver a Eivissa capital y menos a d’En Bossa. Bajo a la playa. Hay hamacas en cada sombrilla, pero me apetece más dormir sobre la arena. Las gotas que han empezado a caer han sido una falsa alarma, ya no caerán más en toda la noche. Aunque la cueva me apetece poco, no hay mucho margen con arena seca y, con luna casi llena, temo que esta noche suba un poco más la marea en la pleamar. Antes de acostarme, como el melocotón que me quedaba de la fruta que he comprado. Sólo me queda un plátano. Al rato de estar acostado y casi a punto de dormirme, noto bajo mi cabeza, que está apoyada sobre esterilla y almohada, un movimiento, como de algo que se remueve bajo la arena. Me incorporo y veo cómo una hermosa rata sale corriendo, alejándose, hacia la zona de hamacas y sombrillas. Por lo visto me he puesto a dormir en la salida de la madriguera. Como también es la entrada, confío en que no le apetezca volver. Toda la noche ha estado cayendo cascajo del techo y de la pared del acantilado bajo que hay sobre la cueva. Es molesto aunque no caen grandes trozos pero, ¿y si caen? Por la noche, sale la luna y se ve bastante. También ilumina Illa Es Vedra y a su compañera más bajita y menos espectacular, Illa Vedranell. Los dos bares y sus terrazas ya se han ido quedando sin clientes y veo al último coche que se va. “A lo mejor es el taxi que lleva a mis amigas valencianas”, pienso. No puedo dormir y como el plátano que me quedaba. Dejo la piel algo alejada sobre roca exterior, donde también he dejado antes el hueso del melocotón, por si es comida atractiva para algún animalejo, y para que no venga a buscarla entre mis posesiones. Después de tanta cerveza, me tengo que levantar tres veces a orinar. En una de las micciones, observo que la luna ya se ha escondido, el horizonte está brumoso y el cielo despejado pero no veo a mi amiga la Osa Mayor.

Primera noche en el Poniente de Eivissa
Hoy he celebrado el final del Sur. Salvando Sant Antoni de Portmany, que es como otro d’En Bossa, como otro s’Arenal, como otra Cala Agulla, los días que voy a dormir a Poniente van a ser los más bonitos de esta isla. Del día de hoy no me puedo quejar. Nada que decir de desayuno, comida, ni cena, puesto que se han ajustado a precios razonables y han sido de calidad. Bonito el encuentro con las valencianas de última hora. Ha sido demasiado breve el encuentro con Kim, creo que podíamos tener algo en común, en el gusto por viajar. Buena la información de la señora de Cubells y su entusiasmo por el paseo que dan a la Virgen del Carmen, que me ha invitado a conocer. El recorrido a Cala Llentrisca, demasiado protegido, demasiado oculto, para que la gente no moleste a los inquilinos de la urbanización. No he sabido buscar conexión entre Llentrisca y Cala d’Hort y creo que tenía que haberla. La mayor sorpresa del día en cuanto a geografía ha sido la aparición de Illa Es Vedra que, al ser tan espectacular, eclipsa a su hermana menor Illa Vedranell. Tanto el baño en Cala Llentrisca como el de Cala d’Hort, no han sido tan buenos como me hubiera gustado. En Cala Comte y en Punta Galera el nudismo será más generalizado.

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