martes, 1 de abril de 2014

Etapa 22 (264) Cala Santanyí-Colónia de Sant Jordi

Etapa 22 (264) 24 de junio de 2011, viernes.
Cala Santanyí-Cala Figuera-Cala Santanyí-Cala Llombards-Cala del Moro(sa Comuna)-Cala de s’Almoina(s’Almunia)-Cala Figuereta-Xaló des Mármols-Cap de Ses Salines-Platja des Caragol-Cala en Tugores-Colónia de Sant Jordi.


Hora de levantarse en Cala Santanyí
Hoy iniciaré el día retrocediendo, haciendo caso de lo que ayer me comentaron Mónica y George sobre Cala Figuera. A pesar de que he dormido mal, me levanto para las seis, aunque no tenga que correr delante de los toros de San Fermín. Aún faltan días para el 7 de julio. Salgo del saco desnudo y me doy el primer baño rápido del día. Hay una pareja en la orilla. Aunque ella dice que el agua está calentita, lo más que consigue de él es que meta los pies. Como no se bañan, cuando estoy saliendo del agua, se van.

El grupo de los incendiarios
Me seco con toalla, me visto, recojo y me acerco a lo que queda del grupo que quería quemarlo todo. No queda ninguna chica, todas han desaparecido. Solo están cinco o seis chicos. “¡Vaya nochecita que me habéis dado!”, les digo. Y añado: “Yo que quería estar descansado para dar la vuelta a la isla a pie”. También me quejo de lo que han maltratado y quemado del parasol y que gracias a que he protegido mis esterillas que, si no, también las queman. ¡Y la pobre palmera raquítica! Están cansados y poco sensibles a mis quejas, y salgo de la playa hacia Cala Figuera. Nada más coger algo de altura, saco una foto de conjunto de la playa de Santanyí con dirección a la bocana y, saliendo de la zona de casas, otra de la rada, donde se ve el acantilado por el que pasaré más tarde. Sobre el acantilado se ve que se ha ido expandiendo la parte urbana y se aprecian muchas casas unifamiliares. Ahora ya estoy retrocediendo.

Cala Figuera
Salgo al acantilado de Cala Santanyí y me encuentro con una bonita torre de base circular. Es una pena que la hayan reconstruido casi en su totalidad. 

 





Solo se conserva una estrecha franca vertical que parece pertenecer a la torre original. Al menos, la han dejado bien diferenciada, pues todo lo nuevo tiene distinta estructura pétrea y de color. 

Ya he llegado a la bifurcación que no cogí ayer para bajar a Cala Figuera, y comienzo el descenso por carretera, pero previamente he sacado foto del acantilado, el que corresponde al flanco derecho de la cala. El sol intenta asomar.

 



Cuando llego a la cala-puerto, saco foto hacia la bocana. En esta primera parte, hacia el mar, se ven muy poquitos barcos anclados. Tal como me había dicho Mónica, éste de Cala Figuera, es un puerto distinto a todos los que he visto hasta ahora. 

Ya en las primeras plataformas, se ve que es puerto pesquero, puesto que hay amontonadas muchas redes que, sobre todo las azules, me proporcionan una bonita foto colorista. El paseo por este lado del Sudeste, no es un paseo normal. Tiene subidas y bajadas ya que hay rampas que comunican con grandes portones donde se guardar las embarcaciones. 

 

 
Quizás esto sea lo que hace más interesante a este puerto y embarcadero. Para otras personas, es lo que lo hace incómodo. Al llegar a las rampas, hay que tener cuidado de que el agua no te moje el calzado.  


El paseo me está gustando, voy sacando fotos de los dos lados, aunque siempre desde el mismo en que estoy y así me voy acercando hacia el fondo del puerto. En estos finales se suele acumular la parte de porquería que va empujando el mar con sus olas pero, en este caso, no esta casi nada sucio o al menos, eso me ha parecido, menos sucio de lo esperado. Saco una foto desde el final del puerto hacia la salida pero, como es un entrante en curva, no se puede ver la bocana desde donde me he situado. Como ya lo he ido viendo, no hago recorrido por el lado paralelo y retrocedo hacia la rampa de acceso, que ya se ve muy bien en la última foto. Por el puerto no he visto ningún bar y, metiéndome por entre las casas, tampoco, así que queda bastante claro que no podré desayunar por aquí a hora tan tempranera. Tampoco hay nada abierto por la zona alta de Cala Figuera.

Retorno a la playa de Cala Santanyí
Como lo hago por el mismo lugar por el que he venido, y ya es la tercera vez que paso desde la tarde de ayer, no tengo mucho que comentar de este regreso. Pero esta vez me fijo en una araucaria que ni ayer, ni esta mañana, me había llamado la atención. Saco foto torcida y en casa la enderezaré con el PhotoImpression. Es la que os presento. El problema es que ahora está enderezada pero, en el proceso, la araucaria que estaba entera ahora ha perdido su ramificación más elevada. Lo que he mejorado por un lado, lo pierdo por otro. Ese es el tipo de dudas que me surgen siempre a la hora de decidir un encuadre o un formato. Mejorando la estética, siempre se pierde algo de información. 

Hay otra cosa en la que me fijo: el nombre de una calle. Llego al carrer Na Parra y, aunque aquí pueda significar “en la parra”, que no lo sé, a mi me lleva a mis orígenes. Soy navarro y en euskera es naparra, una “p” que adecuada a “f” hace que Navarra sea Nafarroa en euskera. Decía que no, pero aunque pases mil veces por el mismo sitio, siempre te fijarás en cosas diferentes. 
 

Se ve a muy poca gente por las calles. Bajo a la playa y las chicas de limpieza del hotel se quejan de cómo está de sucia. Les cuento lo de las esterillas salvadas de la quema y lo del parasol que se salvó a medias. Las esterillas se libraron porque eran mi cama y yo dormía (?) sobre ellas. Tendría que haber dormido sobre el parasol para salvarlo también. Pero me pregunto: “¿habría sido inmolado como un bonzo?”. Saco foto en la playa del lugar donde he dormido, ahora con buena luz de día, y un hombre llega con un gran carretillo que, probablemente retirará las esterillas sobrantes con los demás desperdicios que vaya encontrando. 

Hay mierda como para llenar varios carretillos. El parasol lo veo muy desvencijado, pero no lo fotografío. Sin salir de Cala Santanyí, encuentro un pequeño puerto embarcadero que, sin ser ni parecido al de Cala Figuera, también presenta algunos garajes con portón cerrado para guardar embarcaciones. Es un recinto semicircular pintoresco y con rampas adecuadas a las quillas de los barcos. Cuando estoy subiendo hacia el otro lado, con intención de marchar hacia Cala Llombards, ya hay bañistas en la playa que estoy abandonando.


Hotel Pinos Playa
He tomado la pastilla a las siete y, para las ocho, ya estoy entrando en la cocina del Hotel Pinos Playa, con intención de tomar mi desayuno. Es una de las construcciones que están en el acantilado sobre la playa de Cala Santanyí. Me dicen que el desayuno es de buffet y pregunto precio y me parece caro, pero lo comento con alguien y me dice que no encontraré otra cosa mejor. Me lo pienso de nuevo, decido entrar y pago los 9,60 € estipulados. Antes de comer voy al retrete a cagar, para hacer sitio. Tomo varios zumos: manzana, piña, naranja y manzana; embutido y queso; una raja de melón, tortilla de verduras, capuchino, café y leche con pinka de chocolate, plum-kake, bizcocho jugoso de chocolate y un plátano. Creo que he aprovechado bien lo que he pagado. Con este desayuno, me evito comer y el ahorro me lo gastaré con creces en la cena y el hotel en la Colónia de Sant Jordi. Hay que festejar que ya estoy en el Sur de la isla. Me despido de los camareros, que me desean buena continuación de viaje y subo a recepción para escribir el diario, puesto que en el comedor no lo podía hacer, lo tenían disponible para los siguientes clientes del hotel.

Recepción de hotel. Iñaki
La gente anda en Internet, pero yo no tengo ningún interés en conectarme a la red. Hoy no quiero caer en la red, no deseo que me pesquen. Con su portátil, se pone enfrente Iñaki, irunés que vive en Hondarribia. Está hospedado en el hotel con su mujer y un hijo de seis años. Un amigo tiene una casa cerca del hotel, pero ellos prefieren estar aquí, más libres y así al amigo lo tienen cerca. Hay un virus, y no informático, que ha hecho enfermar a toda la familia. Son las 10:10 h cuando bajo de nuevo al baño.

Repaso de mi estado físico
Hago un repaso de mis pies: Si antes se me había puesto negra la uña del “índice” del derecho, ahora ocurrirá lo mismo con la del izquierdo. La primera ampolla que se me hizo en la parte anterior del talón del pie derecho, cicatrizó hace tiempo y no ha vuelto a darme problemas. La otra ampolla que se me hizo en el arco de la planta del pie izquierdo, también reventó y se me mete mucha arena, pues se me desprendió la piel central y la arena se acumula en la parte anterior. A base de darme Aloe-Vera por las noches, esa piel gruesa y, sobre todo, la carne, va cicatrizando y ya me voy despreocupando del tema. La herida en la parte anterior del peroné, a la altura del maleolo, de la pierna derecha, está aún fresca, pues se me despostilló varias veces, va también con buen proceso de cicatrización. Ayer, mirándome desnudo en un espejo, me pareció como si el michelín izquierdo estuviera más hinchado, algo más consumido, que el derecho, pero pudo ser efecto de la luz, del lugar de donde procedía, que me iluminaba irregularmente.

Hacia Cala Llombards
Hecho este repaso de mi estado de salud física, no tengo ninguna necesidad de hacer lo mismo con la mental. Me encuentro a las mil maravillas. Salgo del Hotel Pinos Playa y, por carretera, llego hasta el camino que costea hacia Cala Llombards. Ya en el acantilado, encuentro una estatua hecha de piedras pero grandes y hecha con mucha enjundia. Parece un tótem mexicano, aunque aquellos suelen ser de madera y coloreado. 



El inicio del acantilado es magnífico. Una isla horadada, como si fuera el arco de un puente, se me presenta frontal. La fotografío y pido que me haga una foto a un miembro de una familia con la que he coincidido en el lugar. Cuando esté al otro lado del acantilado, fotografiaré la isla sin que se aprecie el ojo póntico. 
 
Tiene otra gracia. Saco una foto de la ensenada, hacia la playa de Cala Llombards pero, las mismas rocas del fondo central, no permiten que se vea la arena. En esa foto ya se puede apreciar qué peripecias tendré que hacer para caminar por la parte baja del acantilado más próxima al mar. Una casa que se ve a la derecha, está siendo reformada en su exterior. Un obrero está haciendo la reparación. 
 

Dos hamacas descansan vacías en plataforma cercana al mar. Una pareja está entre tumbada y sentada leyendo. Están con bañador. Me costará bajar de la casa en obras hasta donde está la pareja. El camino hace recorridos muy intrincados. Tendré que aferrarme a dos árboles para trepar a dos rocas, que dejan bastante indefenso al caminante. 

 

Estoy intentando llegar a donde está la pareja, por detrás. Faltan peldaños en las escaleras labradas en las rocas estratificadas de la parte baja. 
 

La pareja lectora ya ha quedado atrás. Pasado ese tramo, y casi mojado por el mar, hay un paso, como si fuera un corto túnel, entre las rocas. Veo una flecha, que el caminante agradece, indicando la dirección por donde se puede pasar. Una vez hecha esta operación, se avista bien la playa.

Platja de Cala Llombards
En casetas previas a la playa encuentro a dos parejas. Ellas y ellos hablan separados entre sí (tema diferente según sexo y género). Me dicen que la playa no es nudista. El socorrista está en la playa en el primer termino, en el lado Norte, muy cerca de la orilla. Veo un espacio previo muy bueno para mi baño, protegido por una roca. Dos mujeres hablan con él; están entretenidos. En el extremo contrario, familia con niños hacen sus juegos y, más cercanos, dos niños hacen construcciones de arena en la orilla. Como ya me conozco las respuestas que dan todos los socorristas, aquí cambio de táctica y ni me molesto en preguntarle nada y sólo le afirmo: “me voy a dar un baño antes de que venga más gente”. Me separo de él y las mujeres y me acerco a la roca que me cubre de su vista. Me desnudo y me baño. Una parejita se acerca a la orilla y dibuja corazones y escriben: “Pepe ama a Luisa” y se fotografían. Se les ve embebidos de amor y embobados. Están en otra galaxia. Creo que ni me ven. Al entrar al agua, sólo me han podido ver algunos que están sentados en la arena seca más próxima a la húmeda de la orilla. Las señoras que están hablando con el socorrista se desplazan al lado contrario de la playa para bañarse y, el socorrista, se va a hacer una incursión por las rocas del lado Sur. Desde allí, pienso que me puede ver desnudo entre mis rocas, tumbado mientras me seco al sol, pero ya no me preocupa. Me seco al aire.

Reflexión sobre los socorristas
La parejita sigue con sus corazoncitos, que la ola borra y vuelven a reconstruir y, cuando me seco, esta vez sin pasear, me visto y voy hacia el socorrista, que ya regresa de hacer sus pesquisas. Le pregunto por dónde seguir para llegar a la cala de s’Almoina y, como él no la conoce, me dice que me acerque al bar, que lo lleva gente del lugar. El socorrista es “morucho argentino”, según me dice, “estoy aquí para ayudar y nadie me ha dicho nada para que prohíba a quien desee estar desnudo”. No deja de ser una novedad esto que me está diciendo. Es una excepción que confirma la regla. Dice que esa no es su misión y que cree que cada uno debe saber cómo debe actuar. Es el único socorrista liberal que tiene clara su misión en esta playa. En la medida en que no tenga que preocuparse de nimiedades, estará más atento a las demandas que la seguridad le exijan. Pueden estar contentos los usuarios de esta playa de tener un socorrista que vela por su seguridad. Este ejemplo me lleva a pensar que otros, en otras playas, son más policías que socorristas porque les gusta reprimir, son represores frustrados, y aprovechan esta oportunidad para ejercer en algo que no es su verdadero cometido. Supongo que los socorristas que practican nudismo serán más liberales que aquellos que son contrarios al mismo. Para tener una actitud, en un sentido o en otro, también la calidad de los usuarios puede ser un factor determinante. Me despido del “morucho” y me voy hacia el chiringuito. Una mujer, poco amable, me dice lo imprescindible: “inicialmente, sal a la carretera”.

De Llombards a s’Almunia, pasando por sa Comuna
Estoy intentando salir de la urbanización de Cala Llombards, pero no será tarea fácil encontrar el camino que me oriente hacia s’Almunia. Paso por una casa que está enclavada sobre una roca con recovecos donde un hombre cincuentón está barriendo. Las características de la roca no propiciarán que la tarea sea fácil. Está con dos señoras mayores y la están adecentando para disfrutar de la casa en las vacaciones que ya han comenzado. Se maravillan de mi viaje y, la señora mayor, me dice: “sigue la carretera hasta la última casa, antes de la rotonda, al llegar al cementerio, tira hacia la izquierda”. Agradezco y sigo mi camino.

Una moto busca Moro
No veo ningún cementerio y no acabo de salir de casas. Y vuelvo a preguntar. Un motorista que va con su copilota, para para preguntarme por la Cala del Moro y yo le digo que hay una urbanización que está en el Cap des Moro y se la señalo en su mapa, pero que allí no hay ninguna cala. Siguen adelante. Luego con el planito que me den en Poesía, veo que a la cala que aparece con el nombre de sa Comuna, también la llaman del Moro, pero será demasiado tarde para ayudar a los de la moto.

Poesía
Entro en una casa así llamada, y entro a preguntar y felicitar a la propietaria por el nombre dado al establecimiento. Le pregunto y me da un planito que parece muy bien realizado. Al menos alguien se ha molestado en dibujarlo, pero estará tan desproporcionado y con tantos errores que me servirá de poca ayuda. He interpretado que lo dibujado son manzanas de casas y, siguiendo el recorrido que yo me imagino, más que veo, acabo volviendo a Poesía. Es como si fuera un poema que comienza igual que acaba. Entro a Poesía por otra puerta, y encuentro a un argentino alto y joven que me dice que el plano que me han dado está diseñado para coches que, como voy a pie, que siga sin salir de la carretera y que llegue a una bifurcación y tire hacia la izquierda y que, enfrente, encontraré dibujado un corazón rojo (será rosa o rojo ajado, cuando lo encuentre). Con este segundo dato que me da el poético argentino, una corazonada, ya voy mejor encaminado.
El corazón y los coches me guían
Siguiendo la carretera me lleva al corazón. El corazón no es algo llamativo, sino muy simple. Está dibujado en el muro que rodea a una casa. Destaca un poco gracias a que el muro está con base de piedra y encalada  en blanco su parte alta. Como lo estoy buscando, lo logro ver. Si no, me habría pasado desapercibido. Al llegar a este cruce, me escoro hacia la carretera de la izquierda y ahora ya no necesitaré más señales, puesto que los coches que van pasando ya me sirven de guía. Los sigo con la vista hasta que se van perdiendo a lo lejos. Luego veo el lugar donde los aparcan y desde arriba del acantilado ya voy viendo cómo es la configuración de las playas que se avecinan.

Cala del Moro es sa Comuna
Llego al acantilado, me asomo y veo una playa. Desde la altura, desde la lejanía, da la impresión de que allí no se desnuda nadie, pero luego bajaré para verla de más cerca. Dentro del entorno que fotografío, de izquierda a derecha, está la playa con acantilado al Norte y a la derecha una montañita rocosa con gente que, por las sombrillas y otros detalles, me da la impresión de que estuvieran rodando algo. Luego me acercaré. 

Probablemente ésta es la playa que buscaban los de la moto. Me lo han preguntado después de estar con el hombre que limpiaba la roca de su casa con las dos señoras mayores; si me los hubiera encontrado teniendo ya el plano de Poesía, les habría dado la información exacta que me pedían. ¡Lástima! Continúo por la cima del acantilado y sigo observando la explanada con vegetación que, sin cuidar, da una apariencia de jardines de Versalles, por decir un nombre de jardín muy dibujado. Éste me gusta más por ser más natural, más acorde con el entorno. En la foto que saco, el equipo de rodaje evoluciona.

La Televisión alemana rueda una teleserie
Todavía en la cima, veo un tinglado con mesas protegido por toldo. Da la impresión de que allí dieran comidas. Me vendría bien saberlo para venir aquí a la hora de comer. Me acerco a preguntar y me responden: “es catering para el equipo técnico y actores que están abajo rodando una miniserie, una telenovela, para la televisión alemana”. Aunque no podré comer allí, les doy gracias por la información. 

Se han confirmado mis sospechas. Algo estaban rodando. Me voy hacia la escalera de descenso a las playas. Es una común para las tres zonas de baño y la plataforma donde se rueda. Antes de descender la escalera, me parece ver hacia la derecha la playa nudista que busco. Entre ramas, hasta me parece ver a alguien desnudo, aunque por mi deseo será más ficción que realidad. 



Cuando llego abajo, tengo dos opciones y, aunque opto primero por la derecha y veo un rinconcito precioso, como de un antiguo embarcadero y cuyas casitas-garaje han reconvertido y elevado a viviendas, o quizás adaptado casitas de pescadores. La verdad es que el lugar me gusta, pero no es idóneo para practicar nudismo y, de hecho, no hay ningún nudista. Allí se arraciman bañistas.
 

Podría haber seguido hacia la playa deseada de s’Almoina, pero prefiero echar un vistazo a la que he visto desde arriba de sa Comuna y, sobre todo, acercarme lo más que pueda al equipo de rodaje, más por curiosidad que por otra razón. Primero me acerco a Cala s’Comuna, que ahora ya sé que es la Cala del Moro que busqué ayer y que buscaban hoy los de la moto, y saco foto. 

Tiene muy buen aspecto pero, por su configuración, hoy sopla mucho viento que viene del mar, quizás sea viento de Levante. Imposible protegerse de él. Nadie desnudo. Como haciéndome el tonto, me voy acercando a la zona de rodaje. Preparo la cámara para disparar y lo hago en el momento que alguien me dice que está prohibido sacar fotos. Esgrime “razones de privacidad”. 

 

Hago como que no he sacado y que tengo interés en acercarme a la siguiente montaña rocosa para fotografiarla. Me dice: “espera un poco”. Consulta y me autoriza a pasar, saco foto de una montaña al mar, montaña que no me interesaba en absoluto y regreso por donde he venido.


Cala de s’Almoina, o s’Almunia. 
Evelyn y Gaspar. Jose y tres más
Dos chicas comentan lo impropio de haber construido una casa arriba del que consideran magnífico acantilado. A mi me parece hasta bonita, que está suficientemente alejada de la costa y que no perjudica a nadie ya que deja pasar tranquilamente por arriba y por debajo. Les digo: “tendríais que haber visto aberraciones mayores”. A una de ellas le chirría porque, según dice, ha sido construida en paraje natural protegido. Otras muchas, a lo largo de mis 264 días de caminar grandes recorridos me han perjudicado mucho más que ésta. Luego comentaré con Jose sobre las casitas rehabilitadas del embarcadero, cuyo nombre desconozco pero que está en el mismo enclave frontal al de s’Almunia. El enclave es bonito pero es poco soleado por la propia estructura del entorno y orientación. Según voy llegando a s’Almunia, ¡mi gozo en un pozo!, no hay nadie desnudo y, lo que me pareció ver desnudo de lejos, probablemente, fuera el cuerpo de Evelyn, que está con bikini rosa y con su pareja, Gaspar, con los que hablaré entre baño y baño, hasta que abandonen el lugar para ir a comer a su casa. Cuando ellos se van, ocupo su espacio, pues me parece mejor que el mío. Seré el único que está desnudo durante más de dos horas, hasta que llegue Jose que es un nudista convencido, de los míos, y sin prejuicios y que nada más llegar y desnudarse, ya da pie a que iniciemos la conversación. Me dice que es de Palma y con playa al lado de su casa pero, a pesar de lo liberal que es, allí no le apetece. Sobre nudismo, compartimos y discrepamos en algunas cosas. Sobre las casas de pescadores rehabilitadas, que le gustan, dice que debieran mantener las existentes y destruir las posteriores a la Ley de Costas, las construidas después de ¿1986?, pero no estas otras, aunque hayan sido rehabilitadas con posterioridad y sido destinadas a otros usos. Jose ha venido con su chica, quizás su mujer y, con ellos está otra pareja. Él busca la sombra. También hablo con ellos, me invitan a un vaso de cerveza que me sabe riquísimo. 

A lo largo de las más de tres horas que  he estado en esta playa, me he dado varios baños y disfrutado de la tranquilidad, de la charla con los que se han ido y con los que se quedan. Un rato he estado en la roca secándome cara al sol. Una roca lisa que baja suave hacia el mar. Me despido del cuarteto y salgo por la parte trasera de la playa que me lleva a ascender por escalera y camino. Desde arriba, saco una foto de la playa para el recuerdo de una bonita tarde en s’Almoina.

De Cala s’Almunia a Cala Figuereta
Un bonito paseo por el acantilado tras una ascensión algo brusca después de tanto relajo. En esta subida me encuentro arbusto y matorral muy tupido, y empiezo a temer lo peor. Me viene a la memoria mi zozobra entre la Badia d’Alcúdia y la ermita de Betlem. 



Después todo quedará despejado, dando paso a un camino genial que acabará llevándome hasta el Cap de Ses Salines. Esta primera parte del camino, donde no voy a tener encuentros, se contaría mejor con una película documental, rodada por quien va caminando y con otra cámara aérea que nos fuera mostrando todos los entresijos del acantilado. Si además estuviera documentada con datos históricos que contaran la forma en que se extraían las piedras, y el sistema de obtención de las mismas, el trabajo de los canteros, el uso que se les daba, según voy pasando por las diversas canteras próximas al mar, tendríamos una mejor proyección de lo que os quiero narran en este blog. 


A falta del material histórico y de los audiovisuales requeridos, os vais a tener que conformar con lo que al viajero le sugieren y que irá relacionando con el poco conocimiento que tiene de algo que ya hicieron los romanos en Oiasso, en la desembocadura del Bidasoa. En la primera parte del acantilado, nada más salir de la Cala s’Almoina, ya encuentro, en zona próxima al mar, la primera cantera. 











Los cortes son perfectos y se aprecia fácilmente que no han sido producidos por la naturaleza. Aquí no sé que tipo de piedra se extraería pero me recuerda a la piedra arenisca que los romanos obtenían en las laderas más marinas del monte Jaizkibel, que eran deslizadas al mar por rampas que hoy aún se conservan y trasportadas a la ciudad romana de Oiasso por gabarras. Hay que decir que Oiasso está encuadrada en lo que hoy llamamos Irun (Gipuzkoa), muy próximo a la frontera francesa, Pirineos Atlánticos para los galos, Lapurdi para los vascos. Con aquella piedra arenisca se construía la ciudad romana y me pregunto, ¿qué se construía con estas piedras de aquí? Una duda que no voy a poder resolver. 
 
Ya estoy en los últimos acantilados del Levante Mallorquín y deseoso de cambiar de rumbo. Hoy tendré como premio una confortable cama, aunque todavía no lo sé. Al inicio del camino encuentro piedras pintadas con un punto rojo que, pronto, van a desaparecer y que no reaparecerán hasta poco antes de llegar al Far del Cap Ses Salines. Abandono la visión de la cantera, a la que no bajo, y me limito a observarla desde la altura. Ha sido como si la hubiera observado a vista de pájaro. Continúo por la cornisa y sobre el siguiente farallón veo que hay una construcción de piedra, una casa de una planta que, probablemente, sea refugio de pescadores (no refugio pecatoris, ni consolatrix aflictorum. Me quiero bien y no me siento ni pecador, ni afligido. ¡Que se aflijan los que tanto nos amenazaron con el infierno!). Pero aquí tampoco encontraré a nadie que me pueda aclarar para qué sirve este cobertizo elemental. Desde allí saco foto hacia el acantilado Sur y se aprecia un saliente importante hacia el mar. Probablemente sea la Punta des Baus. Hoy el mar está bastante tranquilo y no me hace recordar La Fura des Baus. Hacia la mitad, entre el refugio y la Punta des Baus, ya se vuelven a ver yacimientos pétreos, de donde se llevaron en el pasado más bloques. Luego veré otro pequeño entrante de mar, en donde se observan mejor y más cercanos los cortes dados a la piedra, hechos con gran destreza y perfecta horizontalidad. A mi me parecen preciosas esculturas del paisaje, que me vuelven a traer la idea del vacío existencial o del vacío como entrega (vaciarse en y para otro). Visto desde más adelante el mismo entorno, el resultado es más engañador, puesto que parece que forma un lago que, si no lo hubiera visto y supiera que es un entrante del mar, no dudaría en afirmar que lo es. Desde esta visión, el refugio ya va quedando lejos. En todo este camino, no me he encontrado más que con una pareja de extranjeros con perro, que ya no sé si es extranjero o nacional, puesto que no me ha ladrado.


Una fita o un límite geodésico. Cala Figuereta
A punto de llegar a otro pequeño entrante de mar que, si hubiera tenido un final de arena, me habría animado a darme un baño, ¡tan translúcidas, límpidas y azuladas son sus aguas!, me encuentro con una fita. No es como las fitas que pude ver en la Badia de Alcúdia, más altas, con balcones o sin ellos, y que me recordaron a los obeliscos de la reina egipcia, como el de Londres y el de París. 
 
Ésta, más que una fita de aquellas, me recuerda a los límites geodésicos visto a lo largo de todo el contorno peninsular y que delimitan todo lo que pertenece al patrimonio adscrito a Costas. Algunos suelen ser bajitos y otros, grandes, como éste que nos ocupa. Aquí, quien se encarga de estas fitas es el Consejo de les Illes Balears y la llaman: “Fita d’enfilació de la Reserva Marina”. Ya sabemos otra cosa más. Es la primera vez que leo la palabra "Fita".


La fotografío de cerca, aunque no sea una obra de arte, y seguiré sacando alguna más de mi alejamiento. Avanzando hacia el pequeño entrante de mar, a donde no pienso bajar, me acerco al otro lado para disfrutar de las transparencias marinas que sí me resultan atractivas. En alguna de las asomadas al acantilado, el aire proveniente del mar me resulta francamente grato. El límite geodésico va quedando atrás. Las chicharras están achicharradas y sus élitros emiten ese canto característico que, ya solo escucharlo, produce calor.

Caló des Màrmols
Enseguida de abandonar el entorno de Figuereta, ya aparece un entrante de mar mayor y que, de lejos, me permite ver la playa. Se ve que hay alguien y se acaba este largo tramo en solitario. Suben de la playa al camino dos ingleses. 

 

Una chica de la playa, según me dirá luego, me ve en lo alto del acantilado como si estuviera volando. No me importaría nada volar, aunque mi vida cambió por un vuelo truncado, como conté a mi paso por Santiago de la Ribera (Murcia), por la Academia General del Aire de San Javier (ver la penúltima etapa de mi viajedejavi.Sur.blogspot.com y en viaje de javi Levante.blogspot.com en la primera etapa). 


Sólo suelo volar en sueños y, casi siempre, haciendo pequeños vuelos rasantes. Siempre que vuelo es por propia voluntad y, casi siempre que lo intento lo consigo. Soy la admiración del mundo mundial. ¡En sueños, claro! La chica se sorprende de la velocidad con que voy. Quizás la visión de la playa de arena me haya acelerado. Un sendero lateral, me va llevando hacia un camino de tierra que, desde arriba, veo que baja casi vertical hacia la arena. En principio, no veo a nadie desnudo. Es inaudito que, en un lugar tan alejado de la población, la gente se siga comportando como urbanita. Bueno, decir nadie es excesivo. Una chica lo está, tumbada, pero su acompañante, con bañador, se sienta estratégicamente delante, tapando lo que no quiere que los demás veamos. Como diciendo: “mi chica es sólo para mí. Que nadie la mancille con mirada libidinosa”. Un egoísta, exclusivo, que se niega a compartir. Bueno, no sabemos si es cosa de él, que está haciendo de parapeto, o es ella la pudorosa, que le ha pedido el favor. 

En realidad, no sé que está desnuda. Lo sabré cuando coja el camino hacia arriba al marcharme de la playa. Sólo un visto y no visto, y seguiré casi vertical por el acantilado hacia el Sur. Pero no me voy a marchar antes de llegar. Descargo mis mochilas y me desnudo. Cerca de mi sitio hay dos parejas. La chica que más se enrolla es a la que he sorprendido por mi velocidad de bajada a la playa. Lástima que ya se están preparando para marchar y, ni tan siquiera, les pregunto los nombres. Soy agradecido porque se han mostrado generosos ofreciéndome su agua fresquita. Les quedaba más de un litro y, vaciando parte en mi botellín, les ahorro peso para su regreso. Mi agua todavía conserva un ligero regusto al limón de La Terraza, donde comí los langostinos de la nit de Sant Joan, aunque ya no le queda nada del sabor a ginebra del gin-fizz. El resto de agua que no me cabe en el botellín, me lo iré bebiendo por el camino y, el envase, lo depositaré en el primer contenedor que encuentre antes de llegar al Faro de Cap Salines. Es algo molesto llevarla, sobre todo cuando ya está vacía pero, “sopas y sorber, no puede ser”. Yo me he dado un baño nada más llegar y vuelvo a hacerlo después del ratito de charla con los cuatro, aunque, como ya he dicho, la que más interés ha mostrado ha sido una de las chicas. El grupo se va en la dirección que yo he traído pero, en vez de seguir hacia el acantilado, se van hacia el interior donde, me supongo, deben de tener el vehículo. 
 

La orilla del agua no está demasiado limpia. Restos de posidonia se sumergen en el fondo, sobre la arena, pero la sensación en el agua es de total pulcritud. Quizás por ser el entrante de mar ancho y por haber poca profundidad, el agua refresca menos que lo que yo hubiera deseado, pero se está muy bien aquí. Estaré un rato paseando por la orilla y secándome al sol pero sin nadie con quien compartir, pues a la pareja no la quiero molestar, me iré ascendiendo, como ya he dicho, por el lado del Sur. Entre bajar a la playa del Caló des Màrmols y subir, habré estado poco más de media hora. Cuando estoy subiendo, la nudista y su parapeto se empiezan a vestir para emprender la marcha.
Ibiza me juega malas pasadas
Será un preámbulo de lo que me va a ocurrir allí pues, empezando bien, acabó bastante mal, en especial por el lado Este de la isla. Lo que me ocurre ahora es que veo un cabo, que me hace pensar en Ses Salines, pero todavía falta bastante para avistarlo. 


Al fondo, empiezo a ver otro cabo, pero me parece muy alejado para que sea Ses Salines. Si es aquel, no podré llegar hoy hasta tan lejos. A veces, la niebla es engañosa. No saldré de la duda hasta que, más cerca del cabo y faro de Ses Salines, vea totalmente aislada lo que inicialmente pensé que podía ser cabo. Es entonces cuando me acuerdo de que Ibiza existe. La tenía olvidada, puesto que aún me quedan muchos días para recorrer Mallorca y prefiero no acordarme de lo que va a venir a continuación. Ibiza vendrá por sí sola, sin que nadie la llame. De todas formas, ver la isla de Ibiza, me da pie para saberme cerca ya del faro y el cabo, que son mi objetivo más inmediato. Pero no será Ibiza, sino el archipiélago de Cabrera.

Recolectores de sal cocó
El camino continúa, se va volviendo más pedregoso, con piedras sueltas que exigen mayor atención visual al caminante. “¡Mira bien dónde pisas!”, avisa el sendero al viajero. El acantilado ha ido perdiendo altura. Los altos farallones se acabaron poco después de salir del Caló des Màrmols y ahora la altura hasta el mar es menor y con una inclinación suave. El sendero se vuelve algo tortuoso, con curvas y meandros, que obligan a andar más que lo deseado. En algunos tramos se mete por arbustos, no demasiado molestos, pero que hacen perder perspectiva. Saliendo de la zona de arbustos que no me ha proporcionado mal camino, vuelvo a zona más próxima al mar, donde el acantilado casi ya está a la par de la marea alta. De hecho, la subida de la marea permite que el agua marina se deposite en pequeñas salinas naturales. Yo ya había avistado el faro, así que me dirigía hacia él, pero veo cerca de la orilla a gente que está recogiendo algo. Abandono el camino y me acerco a ellos. 
 
Se trata de cuatro recolectores de sal. No sé si a ésta se le podría llamar flor de sal como la que obtienen en las salinas de Chiclana de la Frontera. Es un cloruro sódico casi puro, aunque tiene algo de calcio, hierro, potasio y yodo. Estas sales son especiales para ensaladas, aliñar patatas y tomate natural. Me paro a hablar con los dos primeros recolectores. Los otros dos están algo más alejados. Les saco foto y al de mi derecha lo sitúo junto a un depósito salino natural. Uno va con sombrero y el otro con visera y ambos llevan un cubo donde depositan la sal que les va regalando el mar. La recogen con una espumadera, sin rebañar fuerte para no acompañarla de impurezas. Pruebo un poco y me parece demasiado salada. Así que, con muy poco, se puede salar gran cantidad de comida. ¡Y yo con hipertensión! Sin embargo, uno de los dos recolectores me dice: “es menos salada que la que se comercializa, más natural y yodada. Aquí es muy apreciada”. Me lo confirmará Marcos cuando me lo encuentre al final de la siguiente playa. Me despido de los recolectores de sal, agradecido por la información. Me dicen que a ésta le llaman sal cocó. 


También me han aclarado mi incorrecta interpretación de la isla que he empezado a ver: “No es Ibiza -me dicen- sino el Archipiélago de Cabrera”. Yo no creía que Cabrera fuera tan grande. Mañana patearé la isla de Cabrera, pero será parcialmente, y rodearé algo del archipiélago en barco. Contaré 13 entre islas e islotes. Pero eso ya os lo contaré mañana.

 

Cap de Ses Salines. Far de Cap Salines
Ahora sí. Abandono la costa y recupero el camino que, espero, me acerque al faro. Por delante no puedo continuar y, por detrás, se vuelve bastante intrincado, pero consigo ladearlo, aunque me obliga a alejarme mucho por el bosque y consigo colocarme al otro lado. Al recinto del faro no está permitida la entrada, sólo se puede ver lo que permite la tapia exterior. He sacado una foto del faro desde el Este. 


¡Ya estoy en el Sur de Mallorca! He tardado diez días desde que salí de Alcúdia. En una puerta lateral al faro, me encuentro con una pareja. Me dice que al otro lado, enseguida, encontraré una playa. “¿No será nudista?”, les pregunto. Y su respuesta: “¿por qué, no te gusta?”. “Me encanta”, concluyo y me dicen que la parte final es nudista y de arena. Lo que no me dicen es que tiene mucha posidonia en la entrada, pero todo no vamos a pedir. Les agradezco la información y se ahondan en la espesura. Luego veré en mi mapa que se trata de la platja de Caragol. Saco una foto del faro desde el lado sur y otra con el cartel que explica sus características y la historia.

Punta des Mila y Punta Negra
Saliendo del faro, me encuentro con playas de rocas. En una de ellas el deporte por excelencia es que cada uno haga la torre más alta que pueda, poniendo piedra sobre piedra. No valen ni pegamento ni ningún tipo de cola. Hay que ser habilidoso y pacienzudo. Yo hoy me quiero bañar en la platja des Caragol y llegar a la Colònia de Sant Jordi, así que, aún sobrándome paciencia, no tengo el tiempo necesario para hacerlo todo. Lo dejaremos para otra ocasión. 
 

En la playa de rocas, ya se empiezan a ver los primeros nudistas, pero yo no quiero rocas nudistas, lo que quiero es playita de arena que permita no dañar mis preciados pies pero, si aquí hay personas desnudas, ya es buena señal. Es muy probable que, al final de la playa de Caragol, también las haya. Llego a zona natural. Tras los veinte minutos calculados por la pareja del faro, empiezo a ver la playa anunciada.

Platja des Caragol. Eva y Marcos
Ya he entrado en la playa y es de arena. Por lo menos, empieza bien. A lo largo de Caragol voy viendo más textiles que nudistas. Un guarda vigila desde su verja, pues todo el recorrido está delimitado por una alambrada que separa la costa de la enorme finca de los March. Los todopoderosos de la banca. En muchas ocasiones el camino va colindante con ella. Finalizando des Caragol, veo a una pareja desnuda y, aunque hay posidonia, decido darme el baño aquí. Lo comento con Eva y Marcos. Son amigos sin compromiso. Eva me parece preciosa, una belleza, y Marcos es un chaval encantador. Algunas mujeres, estando sólo con braga ya se consideran que están desnudas. Es el caso de Eva. Marcos, en cambio, no lleva bañador. A gusto me habría pasado lo que queda de la tarde con ellos. Pero, tras uno o dos baños, tengo que marcharme. No he comido nada desde el potente desayuno y me conviene llegar a cenar a Colònia de Sant Jordi. En el camino, seguramente, no tendré nada para saciar el hambre. La experiencia Ciutadella-Ferreries, me da tranquilidad. Ya sé que si tuviera que quedarme en el camino, con una barrita energética o dos, podría aguantar hasta mañana. Con Eva y Marcos, hablo de la distinción que hacen los portugueses entre amigos, enamorados y novios (según me contó Sergio Nunes, profesor en la politécnica de Tomar, en relación a su relación con María, profesora de Pilates en Porto); es una relación similar a la que mantienen ellos dos que son más que amigos y menos que novios, puesto que no mantienen un compromiso de futuro. Ellos viven el momento, el día es genial, están a gusto juntos, en un espacio natural, son jóvenes y guapos. ¡Sería un gilipollas si, dándose todas esas características, estropease un día así! ¡Carpe diem! Me dice Marcos: “aunque no sufrí una educación católica, soy consciente de que me hicieron sentirme mal cuando me masturbaba”. Le respondo: “lo mío fue peor, tenía tan asumido lo pecaminoso del acto, que no conocí la masturbación hasta los 35 años. Fue coincidente con mi iniciación al nudismo”. Al recordarlo, me viene la imagen de que la primera vez que me desnudé en la playa lo hice en mi viaje de novios en Formentera. Yo tenía 26 años y lo tenía olvidado. Pasaron nueve años más hasta que lo recuperé y cogí el gusto, pero no sin sufrir la consecuencia de mis dudas. En esta concepción del nudismo como pecaminoso, no es ajena mi educación con los claretianos, aunque con el equipo de baloncesto, tras los entrenamientos y los partidos, nos duchábamos desnudos con toda naturalidad. Está claro que lo de Formentera fue una experiencia aislada y en solitario. En cuanto a la masturbación tan tardía, no lo digo ni orgulloso, ni con sentimiento de culpa; constato una realidad derivada de una errónea educación católica basada en el sufrimiento y en la evitación de lo mejor que nos ofrece la vida. Llegué al matrimonio con una experiencia nula de mi sexualidad. Como suelo decir: “llegué limpio de polvo y paja”. Y no fue nada meritorio sino, más bien, fue una carencia. Eva y Marcos hacen una pareja genial, pero se ve que ninguno está dispuesto a perder esa parte de libertad que exige una relación más profunda. En ello están. No quiero ser Celestino, pero les digo que ese emparejamiento, de conveniencia mutua, es difícil que tenga continuidad. “¡Vaya Celestina! –me dice Marcos- que llega a la playa, se pone a nuestro lado, se desnuda y baña y nos quiere casar!” . Pues sí, una Celestina muy particular. 
 
Ya lo he dicho: Me habría quedado con ellos lo que queda del día. Estoy tan a gusto, tan jóvenes, tan guapos, en conversación tan agradable, en ese punto crucial de decidirse por lo que se quiere y temer la pérdida de libertad. Todo no se puede tener. ¿O sí? Los dos envidian mi viaje, pero toca decir adiós. Beso a Eva y a Marcos, me despido y continúo mi camino. Marcos es nacido en Barcelona y Eva en la isla. Él llegó aquí con sus padres teniendo nueve años, así que se siente más isleño que catalán. Eva no tiene ese problema, se siente de donde es. ¡Adiós, hasta siempre!


Cala en Tugores
Ellos se van al agua y yo asciendo por la parte final de la playa que, de lejos, me había parecido de arena, pero resulta ser de piedra lisa horadada de arenisca y me tengo que calzar para proseguir. Saco una foto, en la distancia, con la pareja de amigos en el agua. ¡Que seáis felices! Os lo merecéis. 
 
Enseguida el camino vuelve a ir junto a la alambrada de los March y la parte del mar vuelve a ser de pedruscos. Parece que Sant Jordi ya está más cerca, pero se trata de una visión sesgada, puesto que todavía me falta mucho para llegar. Tendré aún una bahía que rodear. En este tramo del camino, muchos conejos salen y corretean por delante de mí. Veo más de una docena. 
 

Me cruzo con una pareja que, en un momento de duda, me orienta por dónde continuar. Así llego a Cala en Tugores. De lejos, me parece que tiene unas grandes rocas en la orilla y, según me estoy acercando, me doy cuenta de que es posidonia, con una formación muy similar a lo que ocurría en la Badia de Alcúdia, en la playa más próxima a la Finca de Son Real, donde me bañé bajo montañas de posidonia muy parecidas. 

Es aquí, de nuevo, cuando las sigo encontrando bellas. Son como esculturas redondeadas, muy femeninas. Un velero con velas arriadas está anclado muy cerca de la orilla. Aquí el acceso para darse un baño es mucho más dificultoso. Rodeo esta playa de Cala en Tugores y paso al otro tramo, donde de lejos, ya veo la Platja de ses Roquetes. En alta mar, hay ancladas muchas embarcaciones.

Platja de ses Roquetes
Llego a esta playa y me encuentro con el letrero tumbado por el viento. Sin llegar todavía a la zona de arena, el sol se está poniendo por Colònia de Santa Jordi, aunque todavía falta un buen rato para el ocaso. No me resisto a sacar foto de esta vista ya que, cuando esté más cerca, la propia ciudad me lo tapará. Para mí esta es casi mi más bonita foto de ocaso solar, y ahora que estoy en el Sur y han pasado tantos días sin verlo, disfruto con la visión. Caminando ya por la arena, por la orilla del mar, saco una segunda foto de ocaso. 


Al fondo de esta playa, que casi se une con la platja des Carbó, el sol lanza sus últimos y efímeros rayos entre el mar y la arena. Colònia de Sant Jordi, queda algo desvaída y, aunque ya es muy tarde, aún me faltan kilómetros para llegar allí. 

 

A derecha, entre los pinos de los March, veo una construcción. Se trata de algo que me ha dicho Marcos, que me podría servir de refugio para dormir. Normalmente, en esta época, nadie lo vigila. Dudo, pero me inclino por continuar adelante. Ahí nadie me va a ofrecer cena. Cuando llego a la frontal, saco una foto para el recuerdo de un lugar que pudo ser mi refugio, pero que rechacé. Como no me acerqué siquiera, tampoco sé si el acceso era fácil o complicado.

Platja des Carbó. Enric y Rosario con Franc
Saliendo de la de ses Roquetes, camino sobre posidonia a la platja des Carbó. Delante de mí van Rosario y Enric. El padre lleva en su mochila al pequeño Franc (libre, franco) que va a cumplir dos años. Caminan tan rápido como yo, puesto que en el atardecer, ya nos empiezan a acribillar los mosquitos. A ellos, el repelente ahuyentamosquitos, no les está dando buen resultado. Yo ni me lo he dado, ni me lo daré ya. Mato el primero, pero después de que ya me ha picado en el brazo izquierdo. Mato otro de un manotazo en una pierna y me deja los dedos de la mano ensangrentados. Comento a Rosario la posibilidad de un contagio de Sida y me responde que es imposible, pues absorben sangre, pero no la transmiten al siguiente que pican. Su respuesta me hace pensar en que su profesión sea sobre temas de salud. Me confirma que es farmacéutica de oposición y que trabaja para la Consellería. No recuerdo a qué se dedica Enric. Ni sé si me lo ha dicho. Rosario va tras su marido y su hijo, espantando los mosquitos para que no le piquen al pequeño Franc, que balbucea palabras y no sabe decir aún “dos”. Son los años que va a cumplir. Me parece un matrimonio muy majo, aunque las condiciones en que vamos, en nuestra huída de los mosquitos, no son las más idóneas para conocernos y tener una conversación coherente. Enric va cómodo descalzo y Franc se ha dormido a pesar del balanceo de la mochila o, quizás, gracias a ello. Padre e hijo, llevan sobre sus cabezas, revoloteando, un enjambre de mosquitos. Se forma como una aureola. Por fin vamos entrando en la ciudad.

Colònia de Sant Jordi. Hostal Playa
Llegamos a paseo. Como ellos deben ir en dirección contraria al centro, me orientan y nos despedimos. Me dicen que vaya por el paseo marítimo a una calle, donde encontraré un restaurante que también alquila habitaciones y que está frente a la iglesia. Agradecido y adiós. Antes de llegar a lo que busco, veo Viajes a Cabrera, pero la chica ya está cerrando la oficina. Luego estaré con ella, puesto que, aunque ya es muy tarde, va a abrir la otra oficina que está más adelante, por la calle por donde voy. Veo también, al pasar, que hay una cabina telefónica; me acerco y observo que es de monedas. La ficho para luego. Lo malo será que las monedas que me van a sobrar, también se las va a tragar. Llego a la Fonda Colonial, pero tienen todo completo. Me dicen que lo intente en el Hostal Playa, que está al final de la misma calle, hacia la costa. Me piden por la habitación 48 €, pero no me quedan muchas opciones. En la ciudad prefiero dormir en cama y no quiero continuar, puesto que mañana quiero ir a Cabrera y los barcos salen de aquí. Decido quedarme y, cuando digo que mañana quiero ir a Cabrera, me pregunta la recepcionista: “¿tienes billete?”, y al decirle que no: “gestiónalo lo primero, cierran a las diez”. Como faltan diez minutos, corro hacia la agencia, que también he visto al pasar. Llego en el momento en que están apagando las luces. Al entrar, la chica las vuelve a encender. “Ya no tienes mucho donde elegir”, me dice. No sé si Jose, Marcos o Enric, me habían recomendado un barco lento, porque dejaba más tiempo para recorrer la isla a pie, pero ya está completo y lo tendría que coger en otra oficina. “Aquí sólo damos billete para las Zodiac rápidas y sólo queda una plaza para la una". Es el ticket que pillo. Quería haber salido más temprano pero, al menos, lo he conseguido para la Zodiac de la mañana. Me dice la chica que no tienen el aparato para pagarlo con Visa pero me da la reserva confirmada para que mañana lo pague en el puerto. Allí me enteraré mejor del recorrido y lo que puedo hacer en la isla. Con la reserva ya hecha, vuelvo al Hostal, pago la habitación con Visa (46 €). Me han rebajado 2 euros. Me dan la llave y han pasado de las diez cuando subo a la habitación. Cuando volvía de Marcabrera, aunque no la he visto, oigo las campanas de la iglesia cercana. Sin lavar ropa, ni asearme, ni nada, bajo para cenar en la terraza del Hostal Playa. No me gustaría terminar demasiado tarde.

Cena en el Hostal Playa
Va a ser cena de altos vuelos. Un error hará que sea aún más cara. Pero no todos los días se dobla el Cap de Ses Salines. Pasar del Este al Sur de Mallorca, bien merece un premio. Y me lo doy. Menú no es posible y se producirán varios despropósitos. Ya cuando me traen la carta veo que no voy a poder comer nada barato. Pregunto a la camarera “¿qué es el Trampó Mallorquín?” y me dice: “una ensalada de tomate y otra frutas”. La pido, pero le añado: “por favor, no le pongáis alcaparras”. De segundo, pido rodaballo y pido, como acompañamiento, verduras asadas (las otras opciones eran ensalada -y no iba a repetir- o patatas fritas). Una vez hecho el pedido (la comanda), salgo al teléfono público y hablo con Josu. Los niños ya han terminado la ikastola y Sara también. Entre hoy y mañana colocarán los luceros nuevos en el tejado, empezarán la gran obra y se irán a Altsasu (1,95 €) y me ha tragado los 40 céntimos que sobraban. Me traen la ensalada y, ¡cómo no, viene con bien de alcaparras! En vista de lo cual y por no decírselo a la camarera, que parece que está a otra cosa, más que para atenderme bien, me dedico a buscarlas y comérmelas de una en una. Siempre suelo comer lo que menos me gusta al principio. Así no me desvirtúan el sabor del resto. Me parecen menos malas que el recuerdo que tengo de las que comí hace muchísimos años, pero siguen sin agradarme. La única ventaja es que ahora ya sé algo más sobre alcaparras, tras la experiencia de Punta Nati, en Menorca. El resto del trampó tampoco me dice nada de especial, puesto que predomina el tomate y el resto de frutas pasan desapercibidas. Cuando lo he empezado a comer, me parece que tiene poco sabor, así que pido aceite y vinagre. ¡No ha empezado demasiado bien esta cena! Cuando me traen el segundo plato, yo no sé cómo trocean el rodaballo en este restaurante, pero lo que me traen me parece más rapé que otra cosa. Hago un gesto a la camarera para que se acerque y, antes de tocar el pescado, le digo a ver si lo ha pedido otra persona, pues yo había pedido rodaballo. Me dice: “Usted ha pedido rapé”. Le insisto en que no. Retira mi plato y se lo lleva. Regresa para decirme: “No hay rodaballo”. “¿Si no había por qué lo ofrecían en la carta?” Y le digo que me vuelva a traer el rapé, que está muy rico, pero con un coste bastante más alto que el del rodaballo que había solicitado. Su precio me parece una pasada. No pido postre. No sé lo que me habrían obligado a comer. Uno de los aspectos más divertidos de la cena, ya que el comportamiento de la camarera no me ha divertido en absoluto, ha sido el sistema para cazar moscas y mosquitos que tengo junto a mí, sobre el murete que separa la terraza del paseo, desde donde veo la playa. Observo el comportamiento de la camarera y lo que cuenta a otros clientes. Su problema es la zozobra que está pasando para obtener el carnet de conducir. Le digo que yo lo saqué hace más de veinte años y que, desde que lo obtuve, nunca he conducido. “¡Pues yo sí pienso conducir!” es su respuesta algo chulesca. Son inútiles mis esfuerzos para lograr un pacto de no agresión. Esta chica da poco juego. Me tarda en cobrar los 51,50 € de la cena, que pago con Visa, y a las 23:45 h, por fin, firmo el papelito y subo a mi habitación.

Noche en cama después de la de Artà
Ya en la habitación, me desnudo, quito la colcha, ni toco el aire acondicionado y, con sólo la sabanita, dormiré bien. Lavo la ropa y la cuelgo de tres perchas; lo mismo hago con la toalla y el pañuelo. Sobre la otra cama dejo preparada la ropa que me pondré mañana. Cago, me ducho, me doy Aloe-Vera, sobre todo en el agujero de la ampolla, y a dormir. Creo que me lo he ganado. Hoy ha sido el día más caro y la cena no ha guardado relación calidad-precio. Dormiré sin estrellas sobre mi firmamento.

Balance del día que he pasado del Este al Sur
Para mí es lo más destacado del día en cuanto a recorrido, el haber doblado el Cap de Ses Salines. En cuanto encuentros, ha sido precioso el que he tenido con Eva y Marcos en Caragol. También con Rosario, Enric y su hijo Franc, en mochila, pero ha transcurrido sobre la marcha. Con Jose en Cala s’Almunia. Rincón bonito el de la mañana, el del puerto pesquero con embarcadero de Cala Figuera. El buen desayuno de Hotel Pinos Playa de Cala Santanyí y la coincidencia con Iñaki, irunés que vive en Hondarribia. A nivel cultural, los recolectores de flor de sal cocó del Cap de Ses Salines y el socorrista liberal de Cala Llombards.


1 comentario:

  1. eres un muermo contando esperiencias, ya me joderia vivir todo eso y tener tan poco arte contandolo
    vete a cenar rodaballo!!!!!

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